ALONSO MOLEIRO 25 años de Berlín
MUTATIS MUTANDIS Sábado 8 de Noviembre de 2014|TalCual

Screen Shot 2014-11-08 at 1.29.17 PMHace 25 años, Alemania Oriental, de lejos la nación europea más desarrollada del Pacto de Varsovia, celebraba sus 40 años de existencia con una imponente parada militar.

Erich Honecker, el longevo dictador, y Mijail Gorbachov, el por entonces incómodo “compañero” que promovía la transparencia informativa y las libertades públicas en la Unión Soviética, cuchicheaban sobre temas intrascendentes mientras contemplaban aquel armamento colosal transportado en perfecta formación.

Ni ellos dos, ni los presentes en la parada, ni los televidentes, podían siquiera apenas imaginar lo que estaba por avecinarse, en sus vidas, y en la historia de Europa, apenas pocas horas después. La Alemania Socialista, el paraíso obrero de mayor acabado en todo el mundo, el sueño pulido de cualquier proletario, se estremecería tras una incontrolable secuencia de protestas ciudadanas multitudinarias de carácter pacífico que demandaba libertades civiles y derechos ciudadanos conculcados.
Screen Shot 2014-11-08 at 1.34.35 PMEn unos cuantos días, el Muro que dividía a la ciudad desde la postguerra, símbolo por excelencia de la represión comunista, sería derribado por partes. Sus habitantes se reencontraban luego de estar separados por décadas, provocando una severa crisis en el gobierno del Partido Comunista. En esta ocasión, a diferencia de lo que ocurrió en Checoslovaquia, ni Gorbachov ni sus aliados podían hacer demasiado por ellos. El patriarca Honecker y su esposa saldrían del gobierno, y poco después del país. Egon Krenz, su delfín, asumiría las riendas de la nación prometiendo proteger el legado socialista y el mandado del partido.

Meses más tarde, es el propio Partido Comunista el que decide abandonar el monopolio del poder. La ciudadanía le había perdido el miedo a la tiranía. Una Alemania Oriental camino al pluripartidismo empieza a perder contenido existencial como nación. Es conducida por Lothar de Maziere en 1990 para convenir con su homólogo de la Alemana Federal, Helmuth Kohl, los términos de la reunificación, que tendría lugar ese mismo año.

Dos años después, la “gloriosa Unión Soviética”, el eje del imperio comunista en el mundo, triunfadora frente a Hitler, hogar de unas cuantas ojivas nucleares, que había conquistado el espacio y dominaba la mitad del planeta, se derrumba luego de un confuso y tenso alzamiento militar que fracasó. La verdad es que la URSS se vino abajo sin que mediara un solo tiro y sin que nadie saliera a defenderla. En diciembre de 1992, Boris Yeltsin le mostraba al mundo la enseña nacional de la vieja Rusia: el águila bicéfala y el tricolor. Adiós a la hoz y el martillo.

La caída del Muro de Berlín demostró, una vez más, una de las máximas de la dinámica de la política en los tiempos de crisis: su capacidad infinita para segregar contrapuntos inesperados y circunstancias que nadie podía haber previsto. El “cisne negro” al que alude el universo probabilístico.

Una de sus consecuencias directas es que produjo una corrección interpretativa fundamental dentro del campo del progresismo en torno a lo que se entiende es el pensamiento de la izquierda. El día que cayó el Muro de Berlín, no murió Marx, como tantas veces se pensó: a fin de cuentas, el pensador alemán sigue siendo reinterpretado en espacios académicos, aunque la influencia de sus postulados ha declinado notablemente en la gestión pública mundial. La verdadera víctima fue Lenin: sus postulados teóricos, sus principios organizativos y sus propuestas de ingeniería social se consumieron en las entrañas de la ira popular. En Berlín murió el marxismo-leninismo.

La verdad es que, en el ejercicio del gobierno, el comunismo en todo el mundo resultó ser tan retrógrado, represivo, normativo y repugnante como Francisco Franco. Quedan muy pocos ciudadanos en la Europa actual que sientan nostalgia de aquel entramado policial de delaciones mutuas, cerco económico, escasez, chantaje y opresión que ofreció el comunismo en Europa (pero no sólo en Europa). El alemán, a fin de cuentas, es uno de los pueblos más civilizados del planeta, aventajado alumno de los postulados de su compatriota Karl Marx.

Nadie debe olvidar que, en sus primeros planteamientos, el comunismo fue una corriente que encaró una enorme promesa, con una magia y una legitimidad que enamoró a muchos intelectuales, artistas y activistas. Cuando León Trotsky pudo entrar a Moscú en 1917, lanzó una proclama que estremeció al mundo: “A los pobres: a quienes lloran su vergüenza detrás de las puertas, hoy les anunciamos que los obreros llegaron al poder”.

Con el comunismo se consolidó en el planeta, sobre todo en el Tercer Mundo, la movilización de las masas, un aporte fundamental a la cocción de la democracia y la justicia en la modernidad. Parte de su sabia, en su celo igualitario y su preocupación por la causa popular, fue absorbida por el mundo democrático con honestidad, a través de los aportes de la socialdemocracia, desprendimiento natural de la izquierda democrática. Eso obligó a la Iglesia a presentar encíclicas papales con mayor contenido popular para no perder su influencia: nació, en respuesta, la Doctrina Social de la Iglesia. El Socialcristianismo. Noruega, y la actual Alemania, son infinitamente más justas y desarrolladas de lo que fue alguna vez Alemania Oriental.

Camino a dividirse para fundar otra Internacional, los precursores de la socialdemocracia Rosa Luxemburgo y Karl Kaustky, polemizaron largamente con Vladimir Lenin en torno al Estado obrero, los derechos democráticos y las libertades públicas.

En su gestión de gobierno en todo el mundo, en cambio, el comunismo terminó constituyéndose en uno de los ejercicios de poder más mezquinos y miserables que haya conocido la humanidad. Sus aportes al progreso del hombre son muy inferiores al del universo capitalista que tanto desprecian. Al capitalismo le pertenece el progreso: mapas del genoma humano, redes sociales, visitas a Marte y tratamientos contra el cáncer.

Pyongyang, La Habana, Luanda o Berlín. Como habitualmente son ateos, los comunistas se aproximan a las posibilidades de la política y la legitimidad moral de sus objetivos con la pasión dogmática de un religioso. Enrique Krauze afirmó una vez que Fidel Castro era “el teólogo de la política más viejo del hemisferio”. La rigidez de sus pensamientos, su renuencia a refrescar sus postulados, se expresa en vocablos que usan ellos mismos, y que se describen solos: el “revisionismo” y el “desviacionismo”, vicios casi siempre aparejados a una sospecha de espionaje. No hay postulado marxista que deba revisarse. La diferencia da asco. La duda es el demonio.

Eso los convierte, no sólo en personas indescriptiblemente tozudas, sino en sujetos perversos, fermentados anímicamente, que siempre prefieren los estadios de opacidad informativa y el control social de las personas; capaces de mentir el tiempo que sea necesario y que jamás ofrecerán siquiera una disculpa luego de los habituales desastres que ocasionan.