ALONSO MOLEIRO ||| El chavismo: epílogo del fracaso
Sábado 21 de Marzo de 2015|TalCualScreen Shot 2015-03-21 at 1.02.31 PM

La historia de la crisis venezolana actual, o el menos la del capítulo que transcurre desde que asumió la presidencia Nicolás Maduro, será juzgada, me atrevo a pronosticarlo, de una forma mucho más diáfana y sencilla de lo que el gobierno y los venezolanos de esta hora se están figurando.

El tinglado propagandístico en torno a la guerra económica, ahora ha mutado hacia la retórica antiyanqui, se desarrolla procurando esconder el nudo en el cual tiene su seno el verdadero debate que han sostenido los chavistas con el resto del país durante todos estos años.

La discusión venezolana es la misma que ha tenido lugar en casi todo el mundo en estos casos: la dimensión ética, los alcances y la viabilidad de los modelos de propiedad.

El alto mando bolivariano, con o sin su líder, tuvo a su disposición todo el dinero, el mandato popular y el control de los factores de poder en Venezuela para ejecutar la encomienda que tenía en la cabeza. Dejar atrás la corrupción, la impunidad, la traición a la esperanza popular.

El chavismo pudo dominar a sus anchas la escena parlamentaria; ha podido legislar por decreto en varias ocasiones; creó varios fondos nacionales para los excedentes petroleros y llevó adelante, no sólo un insólito plan de expropiaciones, sino que usó su popularidad y vigencia antes las masas para malponer al sector privado frente al país, tomando sus estructuras de forma integral y controlando arbitrariamente todos sus pasos.

Se suponía que, liberado de los escollos, Chávez y sus ayudantes podrían concretar la puesta en marcha de la nueva economía: esa en la cual el grueso de la gestión iba a descansar sobre la propiedad colectiva, de carácter solidario y complementario. La nación iba a quedar liberada de la “irracionalidad” neoliberal para asentarse en los plácidos dominios de la economía planificada.

Pasó en Venezuela lo que en todos lados. Lo que le advirtieron reiteradamente economistas, agentes financieros y observadores internacionales a los actuales moradores del Palacio de Miraflores. La gestión colectiva no paró en nada; no se pudo concretar modelo productivo alguno; el dinero de los excedentes petroleros se esfumó en componendas entre empresarios de maletín y funcionarios chavistas, y la crisis de productividad le abrió las puertas al vórtice de un endemoniado proceso inflacionario, del cual, al parecer, no hemos visto la peor parte. Los precios no los coloca la “mano invisible” del mercado, sino otra, bastante visible, la de los funcionarios corruptos, causante de la escasez de bienes y la sangría de recursos.

La gravedad de la crisis que está planteada en Venezuela tiene dos caras. Porta un costado estructural: un proceso de descomposición que estamos transitando desde los años 90, que se expresa en la debilidad institucional y la terrible decadencia del debate político. Una crisis social que los chavistas no han logrado detener, sino que, muy por el contrario, han agravado aún más con sus equivocaciones.

La esperanza nacional está sepultada, también, gracias a claves coyunturales.

Mora hoy en los sórdidos dominios del control de cambios y en la podredumbre que éste trae al remolque. Ahí está cavado el hoyo en el cual estamos ahora, gracias a una nueva secuencia de estupideces administrativas y decisiones disparatadas impuestas por el actual elenco dirigente.

Tenemos, pues, ante nosotros, como lo propone Manuel Caballero, la existencia de toda una crisis histórica: una crisis social, política, económica y moral gravitando sobre nuestras cabezas al mismo tiempo. No comenzó ayer: tiene poco más de 20 años de duración.

No damos con un modelo político que honre las demandas ciudadanas; no hemos logrado acordar en los fundamental para respetar la letra de la ley; no hemos hallado las claves para poner a crecer la economía sin inflación. No hemos podido consolidar instituciones dignas, que eduquen a la ciudadanía y la preserven del soborno, el chanchullo, y la rapiña. No lo logramos, ni con Lusinchi, ni con Pérez, ni con Caldera. Muchísimo menos con Chávez o con Maduro.

Los chavistas tuvieron todos los medios a su alcance, elecciones mediante, para hacer las cosas tal y como les había dado la gana. Lo único que hicieron fue agravar más el problema. Hoy el país está igual de pobre, y es tres veces más violento; tiene destruido su parque industrial y transita una enorme crisis de confianza entre sus ciudadanos.

Venezuela no está condenada a fracasar de forma continua. La crisis nacional no es el resultado de una tara estructural o un bache educativo irremediable, como con alguna frecuencia lo insinúan en esta hora algunas mentes simples.

Esta sociedad está intoxicada con un modelo de gestión que, en todo momento, está emitiendo estímulos negativos desde el poder. El fracaso de esos dos experimentos institucionales, ­el de Punto Fijo y la Venezuela Bolivariana- no deben hacernos perder de vista que, durante buena parte del siglo XX, fue esta una nación amigable, con éxito económico y moneda fuerte, que había sido capaz de hacer la tarea de la democracia.

Parece quimérico imaginarse al progreso, pero no lo es. De hecho, la estabilidad y el desarrollo económico es, en este momento, la moneda corriente en América Latina. Los países de la región siempre celebraron las ocurrencias de Chávez y procuraron tenerlo de amigo. Ninguno de ellos, sin embargo, habría cometido la tontería de estar copiando los disparatados postulados económicos que le animaron.Screen Shot 2015-03-21 at 1.02.18 PM