Alonso Moleiro | El cierre del Congreso de la Patria

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El pasado miércoles fue 13 de abril y la clase dirigente chavista quiso cerrar la efemérides de los sucesos del año 2002 con la celebración de los actos de cierre del denominado Congreso de la Patria. 

La burocracia oficial apalancó voluntarios de sus propias nóminas, y la dirigencia revolucionaria celebró, en cadena nacional, un acto político que pareció haber congregado al conjunto de fanáticos de una secta que espera la inminencia del fin del mundo. La religión del chavismo.

Nicolás Maduro, la plana mayor del PSUV, los artistas, los intelectuales, los periodistas, los humoristas del Gobierno. Pudo ser visto Fernando Buen Abad, conocido ícono del chavismo gafo internacional. En un abarrotado Poliedro de Caracas, aquel quiso ser, frente al país, el acto del músculo social del chavismo. José Vicente Rangel, Cilia Flores, Diosdado Cabello, Elías Jaua. Aristóbulo Istúriz, Darío Vivas, Jorge Rodríguez. En el mismo pozo. Héctor Rodríguez y Hermann Escarrá. Los operadores y el equipo político que ha controlado todos los tentáculos del poder en Venezuela, país al que han convertido en una pocilga saturada de necesidades, tomada por completo por la delincuencia y la ilegalidad.

No había entre aquellas personas, por ejemplo, pesar, rubor, inquietud, ante la dramática nacional existente en alimentaria y de salud. Muy por el contrario: entonaban de forma tesonera el Himno Nacional, aplaudían sus consignas con entera convicción y, en líneas generales, daban por completamente ciertas reflexiones que le ofrecía el presidente Maduro para explicarnos el actual estado de cosas.

Por televisión se veía de todo. Rostros sin nombre, feligreses de la política, buscándole soporte a su dogma. Artistas y gente del espectáculo que tomaron la disparatada decisión de anclar su futuro laboral a la existencia del actual régimen político. Políticos y jueces endebles, devorados por su propio narcicismo, que recuerdan a aquella frase de Groucho Marx:

Estos son mis principios.
Pero si no les gustan, por acá les tengo otros

Músicos y humoristas extraviados: este tipo de tontos ambulantes que se conduelen con pesar de la realidad que viven naciones víctimas del capitalismo, como Chile, Perú o Colombia.

Había también, por supuesto, nombres protuberantes, corruptos de toda laya, grandes negociantes regionales, expertos en la matraca, que bloquearon investigaciones parlamentarias, que desviaron recursos, que triangularon con divisas, que sobrefacturaron importaciones, que colocaron a sus familiares en todas las ramas del Estado, que han hecho del peculado de uso y la corrupción administrativa un hábito institucional. Que hicieron todos los negocios posibles y arruinaron por completo el patrimonio de Venezuela.

Unos y otros, culpables e inocentes, se mezclaban en aquel acto, el Congreso de la Patria. Bajo aquellas desencaminadas convicciones, en manos de estos dirigentes, gracias a su manera de concebir y desplazarse en los resortes del poder, tenemos a Venezuela en el estado actual. Sin comida, sin industrias, con todos sus recursos humanos emigrados; tomada por la delincuencia, en un estado general de empobrecimiento y anarquía.

El ambiente del Poliedro era el opuesto. Era un ambiente muy combativo y autosatisfecho. Los precios se disparan, el hampa aumenta, no hay comida, no hay medicinas. Los cimientos morales de la nación se disuelven. Los niños se mueren en los hospitales.

No hay vacunas. Tampoco hay debate, diagnósticos, nobles, respuestas, moral, liderazgo. No se convoca a nadie. No se dice nada. No se entrega la pelota.

La sociedad venezolana, agonizando, tuvo que contemplar en cadena los contenidos autolaudatorios, desconectados, adolescentes, completamente superficiales del chavismo en delirio. Los contenidos de aquel acto demente e irresponsable.