ALONSO MOLEIRO | La minería ilegal, el general Padrino y el Ministerio de la Defensa

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Reviste una enorme gravedad la dimensión de la de la minería ilegal en el sur del país. Entre otras cosas, delata el estado de descomposición y de la crisis moral de la Venezuela de hoy.

Una vez que el gobierno de Hugo Chávez decidió retirar la concesión a las empresas extranjeras que operaban en la extracción de oro en el sureste del Estado Bolívar, en el año 2007, sobre el entorno de los pueblos de la región se ha apropiado, de forma literal, la ley de la selva.

El estado venezolano, la autoridad de la ley, se ha disuelto a un punto tal, que en este momento las parcelas de producción y la seguridad de las personas son encargadas a bandas armadas de carácter anónimo, coordinadas por pranes, que se encargan de regular la vida de los demás. La realidad del entorno minero es prostitución, delincuencia y vacunas.

La extracción del oro en Venezuela, con su grave impacto ambiental, el daño patrimonial a los pueblos indígenas y la destrucción cultural de la población con el encanallamiento y la riqueza fácil, grafica, como pocas casas, el estado de colapso y anarquía de los años de Nicolás Maduro. Un país sin gobierno.

En las dimensiones de la gravedad de la minería ilegal está comprometida, además, dolorosamente, la integridad de las Fuerzas Armadas.

Las dimensiones de la Unión cívico militar, la concepción miliciana de la actividad castrense, asentada en la tesis pueblo en armas, el trasiego de armas de la población afincándose en presunciones políticas desencaminadas y discutibles, está creando, sencillamente, a los ojos de todos, una sociedad paramilitar. Una sociedad en la cual los delincuentes obtienen granadas y armas de guerra y son perfectamente capaces de matar, incluso, a los mismos efectivos militares.

La periodista Valentina Quintero, una comprobada conocedora de la realidad política de la región del sur de Guayana, ha denunciado reiteradamente los graves estragos de la minería ilegal en el Parque Nacional Canaima; pero, sobre todo, el absoluto control que tienen los militares de la zona con el monopolio del combustible.

Tengamos en cuenta que una situación como ésta habría producido un escándalo mayúsculo hace años en Venezuela. En los años 80, una declaración incorrecta de un político sobre el Golfo de Venezuela, por ejemplo, generaba de forma habitual incordias en el Ejército; incluso rumores de malestar. El ambiente, los tesoros nacionales, nuestros indígenas, los límites territoriales. Son criterios tradicionalmente muy sensibles en el mundo militar, el cual siempre ha sido educado en torno a la venezolanidad, sus mitos fundacionales y sus potenciales.

La fiebre anarquizada del oro y el diamante produjo la espantosa guerra civil de Liberia y Sierra Leona. El tema es un muy grave, y sobre él los venezolanos debemos debatir, conocer y saber la verdad. El General Vladimir Padrino López, Ministro de la Defensa, debería asumir una vocería sobre el tema, porque es la máxima autoridad nacional al respecto. De las entrañas del Ejército, por alguna parte, se están colando las armas sobre la cual está parada, en un polvorín, toda la población. En Venezuela escasean las medicinas, la leche y los pañales, pero no las motos, las armas y las granadas.

Son éstos, finalmente, los verdaderos objetivos de una cartera militar en su dimensión política y de estado. De eso es que deben hablar y ocuparse, pienso, los militares. No andar diciendo que son chavistas y que lo que andan haciendo es una revolución. Con eso no vamos a resolver nada.