AMÉRICO MARTÍN @AmericoMartin | De amnistías

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Permítanme, mis estimados lectores (ociosos los llamaba Cervantes) una anécdota personal que creo ilustrativa de lo que aquí se va a decir. El 7 de julio 1969 salí tranquilamente del Cuartel San Carlos donde viví durante 2 años y medio. 

Por decreto pacificador del presidente Caldera volvía a la calle, libre de cárceles y conchas.

Quedaban algunos presos, lo que me convirtió en portador de sus esperanzas.

Rodeado de amigos, periodistas y con mis dos pequeñas hijas enredadas en mis piernas, cumplí el encargo.

Solo guardo los recortes y fotos de Ultimas Noticias, los demás se extraviaron en medio de amargos o divertidos avatares. Transcribo parte del escrito de Jesús Petit Medina.

El ex presidente de la FCU Américo Martin exigió que el Congreso dictara una ley de amnistía porque la lucha por la libertad de los presos políticos no debía limitarse a pedir indultos presidenciales.

El problema, pensé entonces y sigo en lo mismo ahora, es el miriñaque de distinguir cuáles de los políticos estaban encausados por violar leyes, que supuestamente serían delitos no políticos.

Era un ardid para no abrir rejas por temor a la opinión adversa.

El viejo tema de la libertad ciudadana con su elenco de derechos consagrados como tales por una larga historia.

El derecho de pensar, el de hablar, el de escribir, el de transitar y manifestar sin la réplica ominosa de la censura, la peinilla, el fusil, el gas del bueno.

La Amnistía es medida de justicia pero sobre todo es expresión de inteligencia política.

Escuchar a quien reclamaba la amnistía de Chávez y sus compañeros del 4F, considerarla ahora una peligrosa forma de impunidad, da una medida de la pobreza intelectual y moral de estos disparatados gobernantes. Esgrimieron pendones, no aceptaron que los suyos fueran calificados como delincuentes o asesinos.

Para ellos eran presos políticos movidos por un proyecto en nombre del cual se alzaron ­armas empuñadas- contra un presidente constitucional, consciente de la independencia de los tribunales y de la función contralora del Congreso. Mataron, dispararon, desplegaron blindados, y con todo se les liberó con el argumento de que hicieron eso movidos por una razón política.

Repetía Caldera la exitosa pacificación de su primer gobierno. Ex guerrilleros, ex policías de la dictadura como el terrible Miguel Silvio Sanz recuperaron su libertad en medio de una sinfonía de calurosos aplausos. Alguno podrá argüir, de cara a lo que estamos presenciando, que nunca segundas partes fueron buenas, pero sin dudar que, bien formulada, Amnistía equivale a pacificación de los espíritus. Mienten a sabiendas cuando hacen de López un asesino, todo para negarle el beneficio de la libertad, calumniar la noble causa de la Amnistía y posar con aire ofendido porque no se les sepulte para siempre en ergástulas. El juicio que se ha seguido a López, así como los de Ledezma, Rosales, Ceballos y los muchachos y los policías metropolitanos sañudamente maltratados, ha sido universalmente tachado de falaz y tendencioso.

¡Y que nadie les mencione la generosidad que liberó a su convicto y confeso demiurgo, antes de la culminación del proceso! Además de su sentido humano, la Amnistía ­insisto- lleva una carga política. Bajo la tormenta, la violencia, el despojo del estado de derecho, y la propensión a la justicia con la propia mano, puede ser un gran gesto destinado a cimentar la paz, el diálogo sincero y la confluencia de factores para levantar a nuestro abochornado país de la tumba en que pretenden sepultarlo.