AMÉRICO MARTÍN @AmericoMartin | Unión de dos mundos

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Por el momento no son dos sino tres los mundos homologados

El pueblo que derrocó a Pérez Jiménez, tenía sus necesidades primarias satisfechas

Hemos sido cómplices y partícipes de cómo la caterva de funcionarios públicos se beneficia reiteradamente de las políticas del Estado Aporrea. No es frecuente la confluencia en un sólo torrente de los avatares de la política y los tormentos de la cotidiana vida social y económica que se perciben como dimensiones separadas y a veces excluyentes.

Teóricamente se puede sobrellevar con tranquilidad y paz el diario vivir aun cuando esté rodeado de una operación sistemática de destrucción del estado de derecho. Que en lugar de democracia se entronice la dictadura no necesariamente significa que la gente comerá menos. Frecuentemente ambos mundos discurren en forma separada, los políticos con sus quejas que pueden ser más bien ajenas a la gente en la calle, con las suyas.

Vladimir Dudinsev, nacido un año después de la revolución acaudillada en 1917 por Lenin y Trosky, escribió una curiosa y no muy valiosa obra que, sin embargo, fue un éxito mundial por la pertinencia del tema y por haber sugerido la palabra “libertad” en la sombría Unión Soviética de Lenin, Stalin y sus sucesores.

El título puesto a su libro por Dudinsev ganó tanta popularidad que terminó convertido en un lugar común: No sólo de pan vive el hombre. Para la hermética sociedad comunista aquella audacia fue, junto con “El Deshielo” de Ilya Ehrenburg, el coro sinfónico de la aureolada apertura iniciada por Nikita S. Jruschov que parecía iniciar la paz y una migaja de libertad.

Más que la pobreza del pueblo, tan opresiva como resignada, el impacto de estos escritos y de otros de efectos similares, como los de Boris Pasternak y Eugenie Alexandrovich Yetuschenko (estos dos, por cierto, muy superiores a los dos anteriores) se concentró en el mundo de la libertad política.

A los efectos de un cambio eso puede ser suficiente, al fin y al cabo por ejemplo, el pueblo que derrocó la dictadura de Pérez Jiménez, tenía sus necesidades primarias básicamente satisfechas.

Había pleno empleo, cero inflación y seguridad en las calles, pero el anhelo de libertad y la visión certera de la resistencia se combinaron para ponerle fin al régimen autocrático.

La originalidad del perverso proceso que atormenta a Venezuela, del disparatado cuan cruel gobierno del presidente Maduro, reside en su fuerza concentradora porque ha unido dos mundos en uno. Todavía más: dos órganos humanos; el cerebro, sede de la consciencia y la esperanza, y el estómago, residencia de la sobrevivencia animal. Los que corren todos los riesgos para proclamar su hambre y lo hacen con la más aterradora de sus voces, han identificado que sus padecimientos humanos no son -como creían al principio- ajenos a los reclamos de democracia poderosamente resumidos en la consigna ¡Revocatorio, Ya! Ahora ocurre un hecho inédito.

Desde las mortíferas colas alineadas frente a los mercados, sorteando la agresión de policías, malandros y bachaqueros la gente está reuniendo en la forma más natural, las dos banderas: “Tenemos hambre y revoquemos a Maduro”. Es más, siempre es más. Por el momento no son dos sino tres los mundos homologados, a juzgar por lo ocurrido en Mérida el martes 11 de octubre.

Durante el juego que lamentablemente nos ganó Brasil, en un estadio donde no cabía ni una aguja más, se probó que el deporte ya no podía ser usado como un simple medio de diversión o a manera del circo de los Césares imperiales. La tragedia que apabulla a los venezolanos, en su desesperada búsqueda de canales de expresión, aprovechó el singular momento para estallar en una inesperada requisitoria de cantos rítmicos y condenas contra el gobierno.

Se va a caer, se va a caer, este gobierno va a caer Seguido todo con exquisita espontaneidad y sindéresis por el lema ya universal de Venezuela y de muchos países amigos.

Revocatorio sí, dictadura no