AMÉRICO MARTÍN Del dicho al hecho
Sábado 13 de Septiembre de 2014 | TalCual

Mujer desnuda, mujer negra Vestida con tu color que es vida, con tu forma que es belleza L.S.Senghor

Screen Shot 2014-09-13 at 5.37.23 AMComo en lo que sigue citaré al extraordinario poeta negro Leopold Sedar Senghor, siento que debo evocar ese personaje inmenso, poeta eximio, políglota, profesor universitario en París y Lyon, exaltado a la Academia francesa.

Más tarde, presidente de Senegal y socialdemócrata de la internacional presidida por Willy Brandt.

Junto al estupendo poeta martiniqueño Aimé Cesaire, Senghor desarrolló el concepto de “negritud”. No era un instrumento de venganza racial, un racismo al revés, una blanco-fobia epidérmica, sino una fluencia humana hacia lo universal.

La negritud no separaba, unía.

En este tiempo de falacias estentóreas, a ciertos demasiado básicos revolucionarios de nuestro patio les dio por encubrir la condición negra ­que les parecería humillante- bajo la alfombra de la “afrodescendencia”. Los fuertes escritores de la negritud hicieron lo contrario. Se reconocían pura y simplemente negros. Sin apocamiento, con entereza. Muhamad Alí, hubiera agregado: “y a mucha honra” Bien por ellos, Fueron a lo universalhumano y nos libraron de los ruidosos aspavientos de nuestros radicales con espejo retrovisor.
Pero a lo que iba. Senghor, devoto de la verdad, instó a armonizar el signo y el sentido. Las palabras han de corresponderse con los hechos. Decir una cosa y negarla en la práctica sería abominable. Que por cierto es una de las debilidades notorias del proceso ahora dirigido ­y agravado- por el presidente Maduro. Es la clásica propensión a prometer algo e inmediatamente desentenderse o de denunciar magnicidios y golpes, que serán olvidados al día siguiente, solo para solaparlos con nuevas clamorosas acusaciones, en un alucinante ciclo de sustituciones.

-Es un gobierno mentiroso, oigo decir.

Puede ser, pero prefiero atribuir semejante conducta a una enfermiza ineptitud, y ahora explico por qué.. En un grato programa radial al que me invitó Vanessa Davis, me pregunta con probidad la periodista: -La situación del país es muy difícil, pero qué crees tú que debería hacerse Fue cuando me vino Senghor a la memoria.

-Unir el signo al sentido, le respondí.

Recuérdese ­para tomar un ejemplo entre miles- el tono operático de Maduro cuando gritó la consigna de “producir, producir, producir”. Y es verdad. Hay que hacerlo. La catástrofe que nos amenaza se refiere en última instancia a que el gobierno ha gastado alocadamente los masivos ingresos del país, y en lugar de impulsar la inversión privada para desarrollar la capacidad productiva de la nación, ha alentado por mucho tiempo la fuga de capitales. Con los puños en alto anuncia la destrucción del poder burgués y coloca a los interesados en una aterradora atmósfera de desconfianza, al tiempo que arrasa con certificadas capacidades productivas.

Confunde “estatización” con “socialismo” socios estos persistentemente desmentidos por la realidad.

Arrolladas por la dialéctica de la sedicente revolución, han muerto centenares de empresas sanas, con negativo efecto sobre el empleo y uso pleno de su potencial.

Tratando de honrar la promesa de crear un socialismo aggiornado capaz de triunfar allí donde en cerca de una centuria se hundieron todos los anteriores, derrocharon una fortuna en caprichosos proyectos sin otro destino que desaparecer en el cementerio. Cooperativas redundantes y a la bartola, que no fueron tales.

Pomposas empresas llamadas de producción social de las que pronto nadie se acordaría. Fundos zamoranos y asalto a fincas en producción. Toda esta locura tenía forzosamente que irse a pique, incluidas las trepidantes estatizaciones.

La emprendieron contra los inversionistas nativos y foráneos. Se esmeraron en exprimir el océano de divisas e ingresos fiscales emanado de un mercado petrolero en alza sostenida. El derroche, la ineptitud han sido escandalosos. El hondísimo déficit fiscal y el irresponsable endeudamiento aislaron al gobierno. El riesgopaís es de los más altos del mundo. Y luego el cortejo macabro de demonios acumulados: inflación, recesión, desabastecimiento, inseguridad personal y social, pésimos servicios, educación de bajísima calidad, hospitales en el suelo y degradación ambiental.

¿Por qué no actúan? ¿Por qué no hacen las jugadas de rutina? El fundamentalismo, la lucha interna, los resentimientos militantes y la debilidad crasa de los timoneles, se conjugan para que ninguna iniciativa en la dirección correcta pueda prosperar Parece no obstante que el gobierno tiene consciencia de la necesidad del inaplazable viraje. ¿Tendrá cómo materializarlo? El zarandeado ministro Ramírez hizo amagos. Quiso mejorar la relación con inversionistas europeos y norteamericanos.

Ofreció rematar un gran activo como CITGO para pagar deuda, unificar el tipo de cambio y liberar precios.

Algunas de estas medidas quizá sean inevitables pero pondrán a prueba la unidad del grupo político en el poder. ¿Cómo explicarlas a la angustiada militancia? ¿Cómo seguir con la lata de la guerra económica y zarandajas similares? Rememorando el estilo del fallecido caudillo, con menos recursos, menos aliados, más desencanto menudeando en todos los rincones, Maduro quiso cortar por lo sano. Anunció la revolución financiera, el sacudón ministerial y la aplicación de decisiones muy duras, muy rudas.

¿Cuál es el signo? ¿Cuál es el sentido? ¿El punto es acercarse a ese poder burgués al que se ha condenado a una inminente destrucción? Había empoderado a Ramírez para que, lanza en ristre, lo sacara del pantano.

La expectativa fue general. ¿Qué pasaría? ¿Un reacomodo de relaciones con el odiado imperialismo, revestido de socialismo a todo dar? Pues nada, no pasó nada. A diferencia del signo y el sentido de Senghor, las palabras y los hechos de Maduro marchan en líneas paralelas sin encontrarse nunca.

Ramírez fue removido y las insinuadas aperturas terminaron por ahora en las profundidades del cesto de los papeles.