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AMERICO MARTIN: El momento, la idea – El Nuevo Herald – 1 junio 2013

No existe en el mundo nada más poderoso que una idea a la que le llega su momento. Víctor Hugo, Los Miserables

Idea y momento raramente coinciden pero cuando lo hacen pueden sobrevenir cambios profundos, históricos tal vez. ¿Esos cambios son hijos de la violencia? En el dominio de la ciencia, nunca. La impresionante revolución informática y comunicacional, tan sorprendente cada día, no pide violencia sino colaboración e intercambio. Igual en la política: los cambios más importantes emanaron más del diálogo que de la sangre. Las irrupciones armadas han sido caudalosas, pero solo eso, interrupciones de gradualidades más o menos largas

La asociación mental entre violencia revolucionaria y política es de origen francés. Cuatro grandes revoluciones y el auge teórico del pensamiento socialista del siglo XIX lo subrayaron. Hasta los años en que transcurrieron son ampliamente recordados: 1789, 1830, 1848 y la Comuna de París en 1871.

Es verdad también que las tres primeras, pese a la sangre vertida, desarrollaron y humanizaron las instituciones democráticas. La Comuna de París, en cambio, si bien fue una demostración de heroísmo del pueblo parisino, no dejó nada, fuera de una ilusión. Emocionado, Marx la tomó como la primera demostración práctica de socialismo. Lo coreó Lenin en la víspera de la revolución rusa de 1917. Pero no bien tomó el poder, hizo exactamente lo contrario y desde entonces el socialismo real se degradó hasta desaparecer a fines del siglo XX. Se aferró, eso sí, a la persecución y el odio hasta el fin de sus días.

Para embellecer la Violencia, la distinguieron sofísticamente de la Fuerza. Ésta la ejercería el poder dominante, en tanto que aquella sería la respuesta inevitable de los oprimidos y desheredados de la Tierra. Una manipulación retórica, claro.

Imposible negar, por supuesto, la inevitabilidad de la violencia en circunstancias muy especiales. Para no referirnos a las guerras de independencia, tomemos el noble ejemplo venezolano de la insurrección del 23 de enero de 1958. Pero por regla general, la violencia es profundamente negativa, incluso cuando en algún momento pueda considerarse inevitable.

En Venezuela parece llegarle su momento a la idea del cambio. Un cambio hacia la reunificación de la sociedad. Un cambio hacia la democracia, la erradicación del odio canalla impuesto deliberadamente desde el poder. Un cambio hacia la elevación de la calidad de vida, la reconciliación con el desarrollo doblegando la inflación, el desabastecimiento y el desempleo. Un cambio para ponerle fin a la inseguridad, a la avasallante corrupción, el pésimo funcionamiento de los servicios y sobre todo para impulsar una educación masiva sin perjuicio de la más alta calidad y fundada en el pluralismo democrático y no en la imposición dogmática del pensamiento único.

Esa es la idea. Éste, su momento.

No es sólo un asunto de mal desempeño. El régimen de Maduro ha dejado atrás a la mayoría de los gobiernos que haya tenido Venezuela, cualquier área considerada. Defiende con ardor un modelo insustentable, sistemáticamente colapsado. Se basa en el engaño, la ausencia de controles y la falacia, como pocos, muy pocos en el pasado.

Aun con una debilidad estructural ostensible va ciegamente hacia el totalitarismo. Como no puede cohesionar ni a su propio bloque político, cuyo malestar y decepción son eruptivos, ni está en capacidad de conjurar las imparables protestas sociales, se escuda en la represión, sin percatarse que de esa manera se menoscaba a sí mismo.

Maduro está situado en el peor lugar, afectado además por las circunstancias más nocivas. La legalidad de su mandato, aparte de cimentarse, según el plegadizo CNE, en una ventaja casi indiscernible, está siendo atacada por recursos bien sustentados interpuestos por la MUD. Por otra parte, si su legitimidad estaba en cuestión en su propio partido, que lo vio perder cerca de un millón de votos en seis meses, las confesiones de Mario Silva la deterioran en sus entrañas. Sus revelaciones extienden una sombra tenebrosa sobre los cinco últimos meses de gestión. El de Maduro no es un gobierno de fácil defensa.

Para calibrar la gravedad del problema hay que ponerse en sus zapatos. Su entorno se hunde moralmente. No hay rumbo discernible. Y está el siniestro Mario Silva, mimado por el caudillo como paladín mediático principal del régimen. ¡Cómo será el desconcierto de los que se solazaban con sus groseras agresiones contra Capriles y demás opositores! Maduro no ha certificado su habilidad en el ejercicio del poder. Aun gente más apta tendría dificultades abrumadoras para salir del atolladero en que nos han dejado largos años de desaciertos.

El gobierno está en tres y dos. La inflación puede superar el astronómico porcentaje de 40%. El profundo déficit fiscal, unido a una balanza de pagos crónicamente negativa, ha hecho de muy difícil acceso el mercado de la deuda externa, recurso anómalo para mantener el funcionamiento aparente de este modelo.

Sin suficientes divisas, ¿cómo afrontar el gasto público? ¿Cómo mantener las monstruosas importaciones y el pago de la deuda externa? ¿Cómo evitar nuevas hiperdevaluaciones? PDVSA no anda bien. Su deuda incomprensible, sus refinerías maltrechas. El país con las mayores reservas probables de petróleo, convertido en importador neto de gasolina. La producción venezolana de crudos, estancada o decreciendo.

Es un panorama de extremo cuidado. El gobierno no está en condiciones de administrar la crisis y la nación no puede seguir en condiciones tan difíciles.

La ecuación del cambio es nítida. Víctor Hugo no la expresaría mejor: es la idea, es el momento. Es la idea a la que le ha llegado su momento.

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