AMÉRICO MARTÍN —El travesaño—
Sábado 22 de Noviembre de 2014|TalCual

Screen Shot 2014-11-22 at 9.03.03 AM

Lo que nadie anticipó es que las FARC ya no obligan claramente ni a sus grupos armados. Las derrotas la han socavado

En sus Memorias, Henry Kissinger, aquel bregador diplomático a quien le gustaba jugar solo en recuerdo de los enigmáticos cow boys del Far West, emanados del polvo y el desierto, repitió hasta el cansancio esta regla: -Cuando se trata de negociar hay que hacerlo desde una posición de fuerza. Y oigan: nunca dar algo a cambio de nada.

Sin leer a Kissinger y probablemente a muchos más, Pedro Antonio Marín o si lo prefieren, Manuel Marulanda, debió guiarse por una regla parecida a esa cuando se vio obligado a negociar, primero con Virgilio Barco, después con César Gaviria y finalmente con Andrés Pastrana. Temía que quisieran repetir con sus poderosas FARC la agenda de las negociaciones que culminaron con la feliz desmovilización del M-19.

-¿Desarme, desmovilización a cambio de legalidad política? ¡Jamás ni nunca! ¿Negociar? Lo que ustedes quieran, pero no soltaremos las armas y ¿saben por qué? Porque nadie garantizará más que nuestro dedo en el gatillo cualquier posible acuerdo.

¿Por qué hablaba de ese modo? ¿Jactancia? ¿Miedo a que lo pisara un carro en alguna carrera de Bogotá? Temor a que los cachacos lo envolvieran en su dialéctica no dejaría de tener, pero lo determinante era otra cosa. Marulanda y no pocos del secretariado estaban más o menos seguros de que ganarían la guerra, tal como los sandinistas o Fidel en Cuba. ¿Si podría entrar al Palacio de Nariño con su toalla amarilla al cuello a qué perderse en diálogos interminables diseñados para pararle el trote? Como no podía negarse sin perder opinión nacional e internacional, lo utilizaría únicamente para ganar tiempo. Ni más. Ni menos.

Fidel no confiaba en un desenlace tan optimista y además desde hacía tiempo quería anudar vínculos con los gobiernos colombianos, que eran los aliados más firmes de EEUU en la región. Es decir, la mejor estafeta para acercarse a los gringos, llegado el caso. Probablemente el Departamento de Estado estaría al tanto y alentaba; a su turno, los mandatarios colombianos disfrutarían del inesperado regalo. Pero Marulanda nada, no daba su brazo a torcer.

Cuando finalmente aceptó pidió la luna a cambio de nada…. Y el presidente Pastrana le dio la luna a cambio de nada.

Le despejó 42 mil Km2 en San Vicente de Caguán, lo visitó, suspendió hostilidades.

-Le puse a Marulanda un papel en blanco para que escribiera todas sus exigencias y el papel siguió en blanco, comentará Pastrana para evidenciar la insinceridad de las FARC.

-¿Lo engañó a usted, presidente?

-¿A mí? No, a Colombia.

Muchos se mofaron de la ingenuidad de Pastrana, y sin embargo hay un logro que nadie podrá regatearle. La derrota política de las FARC fue mundial. Ya no pudo repetir que seguía en guerra porque la oligarquía padecía de una feroz intransigencia. Todo quedó claro: había guerra porque las FARC lo querían y nadie más.

Los sondeos la castigaron con la impopularidad más desoladora. Tenían 20 mil hombres perfectamente armados y entrenados, disponían de la fortuna incalculable que le proporcionaban los secuestros, las vacunas, los asaltos, y sobre todo, los estupefacientes. Pero olvídense del pueblo. Y esa carencia los perdió.

La popularidad de Uribe se infló como la levadura. Su política fue fácil. Contra una fuerza sin apoyo popular, negada a dialogar y dedicada a actividades despreciables, lo procedente era enfrentarla a fuego limpio.

Entonces la situación cambió. Las FARC, duramente golpeadas, entraron en una crisis de tal magnitud que los convenció de la imposibilidad de vencer. El sucesor de Marulanda lo reveló en forma palmaria.

-Volveremos a la formación guerrillera, declaró antes de ser abatido por una operación militar.

Las guerrillas como tales no ganan guerras. Eso solo puede ocurrir cuando se desarrollan cual estructuras militares superiores y emprenden una lucha de posiciones, no de golpear y huir. Alfonso Cano lo dejó muy en claro.

En consecuencia la negociación retornó a la mesa, pero esta vez aceptando el secretariado lo que rechazaba Marulanda prevalido de la fuerza que a la sazón ostentaba. En mi libro “La Violencia en Colombia” expuse que al gobierno le convenía, porque la posición de fuerza era ahora suya, y a las FARC también porque su disyuntiva era morir o legalizarse… como años atrás enseñara el M-19.

Lo que nadie anticipó es que las FARC ya no obligan claramente ni a sus grupos armados. Las derrotas la han socavado.

Grupos sueltos y aislados, adiestrados en operaciones de sobrevivencia hicieron de la muerte y el asalto un medio de vida al cual parece que no quieren ni pueden renunciar.

¿Cómo explicar ese secuestro, esa aviesa provocación en la víspera de una nueva reunión en La Habana? ¿Timochenko no puede amarrar a sus locos? Es obvio que no. ¿Entonces a quién representa en la Mesa? ¿A sí mismo? El diálogo se ha suspendido, los cañones siguen tronando. Las FARC nacieron en 1964, rodeadas del afecto de muchos campesinos y la admiración de gobiernos revolucionarios del mundo. Hoy casi todos esos gobiernos han desaparecido o se han transmutado. Hoy hasta Fidel descubre que la célebre organización ya ni siquiera le sirve para acercarse a Washington a través de Bogotá.

Un general secuestrado parece que, sin disparar su arma de reglamento, sepultará a la organización irregular más antigua y poderosa del continente.

Agoniza el diálogo que le dio la victoria electoral a Santos. ¿Resurgirá el que administre el fracaso de la violencia? La consagrada habilidad de las élites colombianas había construido laboriosamente esta operación.

Un salto acrobático que se llevó el travesaño con el pie.