AMÉRICO MARTÍN La doble caída
Sábado 8 de Noviembre de 2014|TalCual

Screen Shot 2014-11-08 at 9.16.50 PMNo hubo, no pudo haber un hecho con mayor fuerza sugestiva que la caída del Muro antifascista -así llamado por Moscú y las capitales del Pacto de Varsovia- o de la vergüenza, conforme al decir de las potencias occidentales. Pero lo que marcaba una sensible diferencia es que las comunidades de las dos partes de Alemania, en correspondencia con el sentimiento universal de los amantes de la libertad y los derechos del hombre, compartían un odio profundo contra aquella intimidante estructura de hormigón, alambre de púas y minas soterradas, que se extendía como una gigantesca serpiente a lo largo de 120 Km.

Era un monstruo gris, una tumba al acecho que se erigió por un brusco arrebato en agosto de 1961 para desplomarse casi en sana paz en noviembre de 1989.

¿Por qué se construyó esa obra tan inhumana contra la nación alemana, la vieja Europa y la civilización misma? Por el azar del conflicto, Berlín quedó dentro de la República Democrática Alemana (RDA), zona ocupada por los soviéticos al final de la guerra mundial. En rigor se situó en los dominios de Stalin porque el ejército rojo llegó primero al reducto de Hitler, en señal de lo cual izó su bandera sobre el Reichstag. Pero los occidentales se plantaron frente al duro Djugasvili Stalin, el de los mostachos gomecistas.

Entre los tres de la alianza anti nazi (además de Francia, coleada por la fastidiosa tenacidad del general De Gaulle) dividieron la torta berlinesa en cuatro pedazos. Pero los occidentales unieron los suyos, dejando a los soviéticos con un cuarto de la ciudad. Para Stalin y el líder comunista teutón Walter Ulbrich, la jugada podía aceptarse, habida cuenta que Berlín como un todo seguía situado muy dentro de la RDA y muy lejos de la RFA.

En las cabezas de Stalin y más tarde de su sucesor Jruschov y de Erich Honecker -el sustituto de Ulbrich- seguía metida como un clavo la creencia en la superioridad del socialismo real sobre el capitalismo, que el evangelio leninista colocaba al borde de la crisis general y definitiva. Sería cosa de esperar un poco para presenciar su colapso final.

Sus nietos, ­le espetó el locuaz Nikita a los gobernantes gringos en una visita a EEUU- serán comunistas.

Claro, como predicaba clamorosamente la tesis de la convivencia pacífica y parecía haber destruido el recuerdo del feroz georgiano, los aludidos tomaron aquellas jactancias como una boutade de un comunista simpático.

En el XXII Congreso de su partido, Jruschov ­en alarde febril – había anunciado que la URSS pronto superaría a EEUU en producción bruta y seguidamente en producción per cápita. ¿Estando tan cerca del mar de la felicidad a qué regatear los estertores de los occidentales en territorio berlinés? ¡Ah, la clásica ilusión de los poderosos! El rústico ukraniano sentiríase en la cúpula del universo hablándole de tú a tú a imperialistas de leyenda, y muy consciente no solo de ser la segunda potencia militar, sino el usufructuario del porvenir de la Humanidad. ¿Cómo imaginar que los vencidos alemanes, divididos, ocupados, sepultados en la crisis terminarían envenenando los sueños de grandeza de los blindados países del Pacto de Varsovia? ¿Cómo sospechar que Berlín y específicamente aquel ominoso muro arrastraría hacia la perdición al socialismo y a todos sus monarcas, uno tras otro? El ejército de la RDA era uno de los más poderosos del planeta. La Stasi, una de las mejores y más crueles policías de inteligencia que existían; en el bloque soviético se tenía a la RDA como la economía más fuerte del sistema socialista. Sin embargo el modelo no funcionaba. No servía en Alemania ni en ninguna parte. Al final, de los escombros del muro derribado saldría el hundimiento del sistema revolucionario sin que ninguno de sus misiles saliera de su nicho, ni sus implacables tropas rociaran de proyectiles el paisaje.

La construcción del Muro demostraría que el pretencioso bloque oriental disfrazaba de avance su derrota. La edificación quería impedir el flujo de alemanes hacia occidente en busca de ambientes libres y estimulantes. Desde 1949 a 1961 más de tres millones huyeron. Los mejores cerebros y ciudadanos de todas las categorías preferían la democracia (con las fallas que quieran) a aquella mentira “igualitaria” estratificada y administrada con puño de hierro por dictadores vitalicios.

-Son maniobras imperialistas -me decía un antiguo amigo- empeñadas en socavar la obra del gran Lenin.

-Lo que no cuadra es por qué van de allá para acá y nunca de aquí para allá. Como los balseros de hoy: huyen de la Isla hacia cualquier parte y nunca de cualquier parte hacia la Isla. No necesitan Muro.

-Tampoco los alemanes. Su Muro era más de valores y principios que de concreto armado.

Honeker se fue a Chile en prueba de que las dictaduras pueden salir pacíficamente.

-De nacer otra vez no hubiera sido comunista, respondió a un reportero.

Egon Kretz asume el poder, abre el puño, mira ansiosamente a todos lados, pero su destino está escrito. Con voz temblorosa dice: -El Muro está abierto.

Centenares de miles se volcaron a abrazarse con sus hermanos del otro lado.

Aparecieron las picas para destruir la infamia. Era una fiesta indescriptible, una emoción que traducía lo mejor del ser humano. Más de 100 grandes artistas fueron invitados a decorar 1.315 metros dejados como recuerdo de la tenebrosa era.

El muro cayó doblemente. Destruida la diabólica estructura de concreto. Destruido el falaz modelo que la mano de acero quiso imponer a hombres y mujeres libres.