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Aquí Opinan LIBREMENTE | TalCual Jueves 5 de Septiembre de 2013

Chao Globovisión

BELTRÁN VALLEJO

Hasta para ser fascista en este siglo XXI se amerita de un estilo aterciopelado, legalista y gerencial. En el 2007, el gobierno del “gigante” lanzó un razzia mediática y cerró sin anestesia aRCTV y a decenas de emisoras radiales; esto le costó la crispación en amplios sectores sociales, y devino en la derrota chavista en su intento de reformar la Constitución. Cometieron un craso error, pero aprendieron la lección, puesto que se volvieron más eficientes y eficaces en sus acciones totalitarias.

Por eso es que con Globovisión, la muerte fue a cuentagotas, con un gobierno golpeándolo a fuerza de multas y persecución a sus dueños, culminando este proceso de la manera más capitalista posible: comprando el canal con testaferros del bestialismo que brama y acochina la Asamblea Nacional. 

Este comentario es a propósito de la purga que sufre esta planta televisiva, y que ha dejado a la televisión nacional sin la presencia de rostros bien referenciales en el cuestionamiento agudo de nuestra realidad política, económica y social. 

No soy militante de “Globo”, y lo cuestiono por su aporte innegable en la formación de una mentalidad política maniquea que aturde al país; además de haber mal acostumbrado a una clase política opositora a no salir del estudio de televisión y vivir de micrófono en micrófono; generando entonces esa todavía debilidad para la articulación social con los barrios pobres y con los humildes, con los campesinos y pescadores, ya que ahí, la acción política es más de acompañamiento y empatía, más de “pasar la mano”.

Sin embargo, es innegable su papel de trinchera mediática cuya resistencia consistió en presentarnos a un país que no se quiere arrodillar ante un gobierno forajido y explotador del hombre. Y es innegable también que la calidad de su trabajo siempre ha estado a años luz de un vomitivo llamado Venezolana de Televisión y demás parapetos mediáticos del Estado, cuyas funciones están distantes de formar ciudadanía y cultura política democrática; sus tareas ignominiosas están dirigidas a amedrentar al que piensa distinto al gobierno, a someter su audiencia a la repetición inconsciente de eslóganes, a insuflar la reverencia de un líder suprahumano, convirtiéndolo en religión, en adoración adormecedora de la conciencia y de la comprensión.¿Qué le queda al mundo opositor? Nos queda enseriarnos en la lucha social y de calle, persona a persona, a contacto directo, acompañando a la gente en sus reclamos, sudando con el ciudadano en su protesta; nos conlleva a ser maestros de escuelas en el propio barrio, en el propio campo; y nos obliga también a la audacia tecnológica, desarrollando más competencias informativas y de convocatoria, de persuasión y de motivación con el internet y la telefonía móvil. No hay otra, debemos volver a nuestros orígenes de luchadores sociales, y al mismo tiempo, debemos volar en el siglo XXI de Ciberespacio.

Ellos quieren que nos mordamos la lengua, y si no, que hablemos a susurro, de a poquito, que no se nos escuche bien. ¡No lo lograrán!