ARMANDO DURÁN @aduran111 | El delirio bélico de Nicolás Maduro

ARMANDO DURÁN13 DE JULIO 2015

Por segunda vez este año, Venezuela acaba de retirar millardo y medio de dólares de su cuenta en el FMI. Muchos economistas señalan que esta raspada de la olla de nuestras reservas internacionales es la gota que impulsó el valor del dólar a pegar su último salto y rebasar la estratosférica barrera de los 600 bolívares por billete verde.

No se trata de un sobresalto macroeconómico pasajero, mucho menos de un artero ataque de los feroces enemigos del régimen, del pueblo y su revolución. Se trata, simplemente, de la consecuencia directa, palpable e irreparable a corto plazo, de una política, financiada por el despilfarro irresponsable de la riqueza petrolera del país, con la finalidad de compensar la destrucción sistemática del aparato productivo nacional, desarrollar una suicida economía de importaciones, apuntalar la distribución gratuita de dinero y artículos de consumo con propósitos clientelares, las dichosas misiones de beneficencia, y comprar conciencias internacionales concediendo prácticamente gratis petróleo y recursos financieros a los gobiernos amigos de América Latina y el Caribe.

Las secuelas más tóxicas de este disparate han sido la transformación de PDVSA en la caja chica de Miraflores, la asfixiante escasez hasta de los productos más básicos, como alimentos y medicinas, una inflación que en los últimos 12 meses llega a más de 120% y la imposición, por parte del hampa, de un cruel toque de queda que poco a poco se ha venido propagando por todas las calles de nuestras ciudades. En muy pocas palabras, la parálisis de Venezuela y la desesperación creciente de los ciudadanos.

La génesis de esta debacle es el tránsito del presunto bolívar fuerte de Hugo Chávez al bolívar irremediablemente débil, muy débil, en la práctica sin apenas valor, de Nicolás Maduro, que a su vez tiene su origen en la distorsión ideológica del proceso político venezolano. La consecuencia de esta persistencia en el error es el derrumbe del PSUV como fuerza electoral y el rechazo abrumadoramente mayoritario a la gestión presidencial de Maduro, que según todas las encuestas, a sólo cinco meses de las elecciones de diciembre, anuncian una derrota inevitable, incluso abrumadora, de los candidatos oficialistas.

Acorralado en este callejón sin salida, más sin salida desde junio del año pasado cuando el desplome de los precios del crudo agudizaron la crisis de un régimen que lleva 16 años tratando de ocultar sus verdaderas y torcidas intenciones a punta de una infructuosa retórica socialista, antiimperialista y patriotera, Maduro ha comenzado a experimentar el temor a que su permanencia al frente del gobierno puede estar llegando a su fin. Y que si no se produce un milagro, pronto podría iniciarse la compleja restauración de la democracia en Venezuela, o el tercer gobierno del régimen chavista. De ahí que él y sus asesores, para disimular su culpa personal y no perder la Presidencia, se haya sacado de la manga el conflicto fronterizo con Guyana y nos amenace ahora con lo que sería su mayor insensatez, una aventura bélica para rescatar por la fuerza de las armas el territorio en reclamación del Esequibo y modificar, a fuerza de la exaltación ultranacionalista que la propaganda oficial ha comenzado a estimular, el actual escenario electoral.

Infeliz copia al carbón de la maniobra del teniente general Leopoldo Galtieri, cuando en abril de 1982, para apaciguar las tensiones políticas y económicas que amenazaban su permanencia en la Casa Rosada, desató la Guerra de las Malvinas, pero ¡ojo, Maduro!, con un resultado contraproducente, pues lo único que consiguió con esta acción delirante fue provocar el fin del régimen militar y de su llamado Proceso de Reorganización Nacional.