Armando Durán @aduran111 —EL IMPERIO DE LA VIOLENCIA—

Armando DuránLUNES 6 de octubre de 2014  Nacional

¿Qué tiene que ver el atroz asesinato de Robert Serra y María Herrera con el contrabando?

Me hice esta pregunta cerca de la medianoche del jueves. Había dejado de ver lo que estaba viendo en Directv con la razonable intención de comprobar si ya había terminado la fatigante cadena nacional de Nicolás Maduro desde la capilla ardiente instalada en el Palacio Legislativo para velar los restos del joven diputado y su asistente, y me impactó escucharlo decir en ese instante de dolor algo tan banal como que el macabro fin de la pareja debía servir de estímulo para recrudecer la lucha contra el contrabando. ¿Acaso tenía Maduro información privilegiada que señalaba a algún capo de oscuros negocios fronterizos como responsable del doble crimen de la Pastora?

Por supuesto que no. Durante todo el día y la noche, los diversos voceros del régimen que se referían al caso, incluyendo al propio Maduro y a su ministro del Interior, habían venido sembrando en el corazón indignado del chavismo los ingredientes de una peligrosa insinuación: la atrocidad cometida había sido ejecutada profesionalmente por sicarios entrenados por paramilitares colombianos a las órdenes de la derecha canalla y golpista. El mismo origen que se le había atribuido en su momento al también monstruoso asesinato de Eliézer Otaiza, que según las investigaciones oficiales fue en realidad cometido por un grupo de jóvenes delincuentes habituales, algunos de ellos menores de edad.

El argumento del sicariato político era falso en el caso Otaiza entonces y también lo luce ahora en el de Serra y Herrera. Desde hace muchos años, cuando la violencia sin freno ni aparente remedio comenzó a adueñarse del aire que respiramos en Venezuela, primero en tiempos de Hugo Chávez y ahora en los de Maduro, bien por la insuficiencia de sus gobiernos para enfrentar el desafío que les planteaba el hampa común, bien porque el espíritu sanguinario y el odio social de Franz Fanon han terminado por abrirse paso a lo largo de los más tortuosos y sombríos corredores del poder, es preferible hacerse los locos ante esta sangría torrencial con la que el mal, por fortuna todavía sólo casi absoluto, intenta ahogar al país. Ahora, cuando parece probable que ya sea demasiado tarde, el régimen reconoce a regañadientes la realidad de la inseguridad y ha emprendido planes como el que llaman Patria Segura y el de desarme voluntario a cambio de becas estudiantiles, ninguno de los cuales sirve para nada.

Entretanto, los laboratorios de guerra sucia del régimen no renuncian a echarle mano a los crímenes más repudiables para achacárselos a sus adversarios. Como Álvaro Uribe y los Estados Unidos. O peor, para acusar a las víctimas de ser los verdaderos culpables, como ocurrió desde el 12 de febrero con las muertes injustificadas de decenas de jóvenes a manos de la PNB, la GNB y colectivos rojos-rojitos armados hasta los dientes.

En una sociedad gobernada por hombres y mujeres resueltos a luchar contra sus demonios, las muertes de Serra y Herrera debían servir para tomar al fin por los cuernos al monstruo de la violencia. Esa debió ser la exigencia de la MUD en real señal de respeto, en lugar de suspender vanamente su primer acto de calle programado para el sábado 4 de octubre. Pero tal como se vienen sucediendo los acontecimientos, a la vista de este gesto de imaginaria cívica conducta opositora, y ante la turbia reacción inicial del régimen insistiendo machaconamente en el móvil político del suceso, quisiera repetir lo que Ramón Piñango sentencia en un tuit el viernes pasado: “De mal en peor. Así vamos.” Hasta que el gobierno, digo yo, tome la decisión de ordenar el caos y la oposición se lo exija cada día en las calles de toda Venezuela.