Armando Durán @aduran111 | Laberintos | América Latina quiere cambios

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La noticia anticipa las dificultades que aguardan a Mauricio Macri desde antes incluso de asumir la Presidencia de Argentina: American Airlines acaba de suspender la venta de boletos aéreos en pesos argentinos. No se trata, por supuesto, de un caso aislado. De ningún modo le resultará sencillo a Macri superar los obstáculos que ya debe afrontar para avanzar por los caminos del cambio, a pesar de su prudencia y la de su equipo a la hora de informar sobre las líneas centrales de su política económica.

La toma de posesión del nuevo presidente tendrá lugar el próximo jueves 10 de diciembre. Para esa fecha, la única medida concreta que ha anunciado el presidente electo es que al día siguiente será eliminado el control de cambios y que a partir de entonces el precio oficial del dólar flotará según los mecanismos naturales del mercado. En la actualidad el peso se cotiza a una tasa oficial de 9,67 pesos por unidad, pero ya se calcula que después de ponerle fin al llamado “cepo” cambiario, el precio del dólar llegará a 15 pesos, o incluso más, lo cual incidirá muy considerablemente en el costo de la vida, que sin datos confiables sobre índice real de inflación, hoy en día los analistas sitúan entre 24 y 27 por ciento, el más elevado de la región latinoamericana, con excepción de Venezuela, donde también a falta de estadísticas oficiales confiables, los analistas económicos la fijan entre 200 y 300 por ciento, la más elevada, con mucho, del mundo.

Lo dramáticamente cierto es que a pocos días de la toma de posesión del nuevo presidente, el comercio argentino ya ha comenzado a sufrir los efectos derivados de los cambios por venir. Por ahora, la carne, ingrediente básico de la dieta argentina, ha subido 15 por ciento; el de la harina de trigo, 80 por ciento; y el de la gasolina, a pesar de la continua baja de los precios del petróleo en el mercado internacional, ha subido 4,5 por ciento. Precisamente para disponer de las herramientas necesarias para enfrentar estos problemas, Macri, en la reunión que sostuvo hace días con Cristina Fernández de Kirchner en la residencia presidencial de Los Olivos, y de la que Macri salió decepcionado, según declaró a la prensa, le solicitó a la presidenta saliente tramitar la renuncia del presidente del intervenido Banco Nacional y del Procurador General de la Nación, ambos fichas declaradas del kirchnerismo, cuyos períodos no vencen hasta bien entrado el año que viene. Fernández de Kirchner, sin muchas contemplaciones, le informó a Macri que no lo haría. Ahí terminó el encuentro, programado para negociar los complejos aspectos de la transición.

Esta negativa y la declaración de Nicolás Maduro el sábado pasado desde la ciudad venezolana de Maracaibo de que “el pueblo argentino está listo para la lucha” contra Macri, indican que Fernández de Kirchner, quien ante los 10 puntos de ventaja que según los cómputos oficiales divulgados en las primeras horas del conteo de votos le atribuían a la victoria de Macri parecía dispuesta a abandonar el escenario político por la puerta de la cocina, al conocerse los resultados finales parece recuperada de su depresión pos-electoral inicial y resuelta a entorpecer la gestión de Macri por todos los medios y a comandar una dura oposición peronista a las medidas de ajuste macroeconómico que su sucesor liberal prometió aplicar para salir de la crisis y enderezar el torcido rumbo de la economía y las finanzas del país.

Mi columna del domingo pasado sobre la jornada electoral argentina terminaba con una frase que ahora comienza a hacerse inquietante realidad: “Una cosa es ganar elecciones y otra muy distinta gobernar.” Se trata, en definitiva, de la distancia que siempre existe entre la realidad y los deseos, un recorrido que será mucho más largo y tortuoso por culpa del ajustado margen del triunfo de Macri. El mensaje de la coalición electoral integrada por PRO, el partido fundado por él hace algo menos de 10 años, y la Unión Cívica Radical, de larguísima tradición política, necsitaba una victoria mucho más amplia para darle respuesta satisfactoria a las expectativas de cambio que se había adueñado de la conciencia de millones de argentinos, muy principalmente de clase media urbana, acorralados por las grandes distorsiones económicas generadas por las políticas populistas impulsadas por Néstor y Cristina Kirchner a lo largo de estos 12 años de hegemonía peronista. Un recetario que, sumado a las consecuencias que para Argentina y el resto de América Latina han tenido y tienen la desaceleración de la economía china, la brusca caída de los precios de materias primas, incluyendo el derrumbe de los precios de petróleo a menos de 40 dólares por barril y el aumento del valor de los dólares, ha provocado una honda crisis económica y social, que entre otros efectos de suma importancia, propició el triunfo electoral de Macri. Y que ahora puede convertirse en su peor pesadilla.

La promesa liberal de Macri era desmontar, aunque fuese gradualmente, tanto la creciente participación del Estado en la actividad económica como su política económica de carácter eminentemente distributiva, y restaurar la racionalidad económica. La crisis económica heredada, el casi empate técnico en las elecciones del 22 de noviembre y la evidente hostilidad kirchnerista que se avecina, nos obliga a plantearnos algunas interrogantes preocupantes. ¿Hasta qué punto, por ejemplo, podrá el nuevo presidente consensuar un equilibrio mínimo entre su gobierno, el sector privado de la economía, anti peronista a rabiar y los sindicatos, frenéticamente peronistas? ¿Y en qué medida funcionará este proyectado Pacto Social, herramienta imprescindible para comenzar a cambiar la circunstancia argentina sin provocar una crisis social fuera de control?

Esta promesa de cambios que llevó a Macri a la Presidencia de su país es la misma que hoy por hoy amenaza, en primer lugar a Brasil, el socio más importante de Argentina en la región, donde el continuismo de la izquierda gobernante, encarnada en el del dúo Luiz Inacio Lula da Silva-Dilma Rousseff, acosados por los escándalos de corrupción y la crisis económica, puede terminar anticipadamente.

Lo mismo está a punto de pasar en Venezuela, donde el próximo 6 de diciembre sus ciudadanos están convocados a votar en unas elecciones parlamentarias que, ante la magnitud de la crisis que ha condenado a los habitantes de ese país petrolero a niveles de miseria física y espiritual sin precedentes en su historia, constituyen en realidad un decisivo punto de inflexión en su proceso político. En vísperas de estos comicios, a nadie le interesa en Venezuela el nombre o la calidad de los mil y tantos candidatos que aspirarán el próximo domingo a los 167 escaños de la Asamblea Nacional. Los electores acudirán ese día a los centros de votación simplemente para poner en marcha un“cambio” profundo de sistema político y de modelo económico, o para conservarlo. Es decir, a votar en favor de Maduro y del proyecto político puesto en marcha por Hugo Chávez en 1999, o votar en su contra. Tener más de lo mismo, o tomar el control del poder legislativo para desde allí promover la transición de la sociedad venezolana hacia un modelo liberal similar al que ha propuesto Macri.

Algo parecido se dilucidará el próximo 21 de febrero en Bolivia. Según la constitución aprobada el año 2009, la reelección del presidente sólo se permite por una sola vez. Evo Morales, que aspira a reelegirse por tercera vez desde la aprobación de esa norma constitucional, ha necesitado el voto de dos terceras partes de una comisión de senadores y diputados para reformar la constitución, pero no le basta. Ese acuerdo legislativo requiere ser refrendado por los bolivianos por la vía de un plebiscito fijado para esa fecha.

Los últimos sondeos de opinión vaticinan la victoria del “No” a la nueva reelección de Morales, aunque por un margen muy estrecho. Igual al obtenido por la oposición al ser consultado el país sobre el proyecto oficial de un nuevo estatuto de las autonomías regionales en plebiscito celebrado el pasado mes de septiembre. ¿Podrá Morales salir airoso de esta prueba para poder ser de nuevo candidato presidencial en las elecciones de 2019, o a partir de febrero comenzó a producirse un cambio político profundo en Bolivia?

Lula y Rousseff se defienden como pueden del acoso mediático y judicial, pero todo permite suponer que a Rousseff no le quedará otra opción el próximo año que renunciar a su cargo o ser destituida por el Congreso. El mismo riesgo corre Maduro. Todas las encuestas anticipan su derrota el 6D por paliza, con una ventaja de entre 15 y 35 por ciento según la encuesta que se consulte, en cuyo caso no estaría en condiciones de superar el desafío de someterse a un referéndum revocatorio, previsto en la Constitución a mitad del período de funcionarios electos, que a él le toca a partir de abril de 2016.

La victoria de Macri, y su “sí podemos”, así como su compromiso de sentar a Venezuela el próximo 21 de diciembre en el banquillo de Mercosur y pedir su suspensión por violar diversas normas de la Carta Democrática del organismo, ha sido un estímulo de mucho peso a favor de la corriente opositora venezolana, pero su victoria, como la de Macri en Argentina, no resolvería automáticamente la crisis política y económica. En el caso de Argentina, si Macri no logra armar su Pacto Social, tendrá que modificar sustancialmente su programa de cambios, o seguir adelante en solitario, agudizar de este modo la polarización ideológica y correr el alto riesgo de enfrentar una devastadora crisis de gobernabilidad, pero todo ello sin romper el hilo constitucional. El desenlace de la confrontación por el cambio en Bolivia no es inmediato, a no ser que el “No” obtenga una sólida ventaja en la consulta plebiscitaria de febrero. En Venezuela, por el contrario, las expectativas presentan la elección por el cambio como causa probable de una crisis política e institucional de consecuencias imprevisibles. Según sostiene Moisés Naím en su columna de hoy domingo 29 de noviembre en El País de España, las tres opciones que tiene Maduro frente al desenlace del 6D, en el caso de que no se suspendan las elecciones en el último momento, son el golpe de Estado, que él ha mencionado en varias oportunidades, el megafraude electoral y el reconocimiento democrático de su derrota, como ha hecho Fernández de Kirchner en Argentina y como sin duda harían Lula da Silva y Rousseff en Brasil y Morales en Bolivia. En Venezuela, en cambio, todo permite suponer que cualquiera que sea el camino que emprenda Maduro al final de esa jornada electoral, el régimen venezolano le abrirá las puertas del infierno a todos los demonios de la violencia política y la disolución. Una muy penosa diferencia.

Nada de esto impide, sin embargo, que Venezuela, al igual que Argentina, Brasil, Bolivia, Ecuador, en México, donde su presidente, Enrique Peña Nieto, ahora pretende designar a dedo a su sucesor, y en toda América Latina, los latinoamericanos, indignados con las duras realidades del presente, quieran un cambio. Por muy difícil e incierta que resulte esa empresa, y al precio que sea. A fin de cuentas, las crisis no han dejado nunca de ser el origen de la historia y tengo la impresión de que la región se adentra estos días en un territorio sin duda muy peligroso, pero también, afortunadamente, lleno de esperanzas.