Armando Durán @aduran111 / Laberintos | El ocaso del ALBA

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   El pasado domingo, en el marco del cuarto aniversario de la muerte de Hugo Chávez según la versión oficial de la historia, Nicolás Maduro instaló en el palacio de Miraflores la XIV Cumbre de la Alianza Bolivariana de los Pueblos (ALBA). Nada de las multitudes de antaño, sino pueblerina reunión privada de un organismo que en sus orígenes pretendía desafiar el poder de Estados Unidos coordinando las acciones socialistas y antiimperialistas de Cuba, Venezuela y otros gobiernos aliados del continente, pero que ahora, tras la desaparición física de sus dos promotores, Fidel Castro y Chávez, mientras Venezuela, en las manos insuficientes del sucesor de Chávez se hunde en la peor crisis de su historia republicana y ya no puede seguir financiando generosamente la expansión del proyecto, y mientras Cuba, sin la asistencia material de Venezuela, en manos del menor de los hermanos Castro pierde progresiva y fatalmente su identidad revolucionaria a medida que trata de imitar el modelo chino de un país, dos sistemas y entenderse con el imperio, se conforma con ser retórica sombra de lo que quiso ser y no ha sido.

Todo comenzó en un clima de arrogancia y entusiasmo antiimperialista en el estadio Mundialista de Mar de Plata, población argentina donde se reunía el 4 de noviembre de 2005, con la presencia del presidente George W. Bush y de muchos presidentes latinoamericanos, la IV Cumbre del Área de Libre Comercio de las Américas. Esta iniciativa estadounidense había arrancado en tiempos de Bill Clinton con los tratados de libre comercio con Canadá y México, y ahora aspiraba a consolidar su ampliación por todo el continente centro y suramericano, un mercado entonces de 800 millones de habitantes. Bush y sus aliados no contaban, sin embargo, con la ambición sin límites de Chávez, quien convocó para esa misma fecha lo que él llamó Anticumbre del ALBA y que al inaugurarla, señaló en su discurso ante una representación de la izquierda latinoamericana del más alto nivel, que “hemos venido aquí hoy a muchas cosas, pero aquí hoy, cada uno de nosotros trajo una pala, una pala de enterrador, porque aquí, en Mar de Plata, está la tumba del ALCA. ¡Viva el Che Guevara! ¡ALCA, ALCA, al carajo!”

Cuatro años más tarde, en la IX Cumbre del ALBA, celebrada el 20 de abril de 2010, se aprobó un manifiesto llamado de Caracas, mediante el cual los 12 gobiernos que conforman la alianza se comprometían a “liberarse del intervencionismo extranjero, la sumisión a modelos extranjeros y a construir una base económica socialista.” Sin la menor duda, aquel fue el momento más esplendoroso de una alianza que incluía, junto a los hermanos Castro y a Chávez, al Brasil de Luis Inácio Lula da Silva, la Argentina peronista de los Kirchner, la Bolivia de Evo Morales, el Ecuador de Rafael Correa, la Nicaragua de Daniel Ortega y un conjunto de islas de Caribe en busca de un escudo protector, de gran peso ideológico, económico y comercial.

Desde todo punto de vista, Fidel Castro podía ahora enfrentar su muerte con el ánimo muy en alto: su sueño de construir un frente latinoamericano para derrotar a Estados Unidos comenzaba al fin a hacerse realidad. En 1959, antes de emprender el camino sin retorno posible que llevaría a Cuba al comunismo, Castro comprendió la necesidad de despejar primero dos incógnitas esenciales. Una, determinar ¿hasta qué extremos podría contar la revolución que él soñaba con el apoyo de los experimentos democráticos que comenzaban a ensayarse entonces en América Latina? Por otra parte, ¿en qué medida se opondría el Gobierno de Estados Unidos a la ruptura violenta de los equilibrios políticos en Cuba como consecuencia de un final no concertado de la dictadura de Batista y su sustitución por un gobierno realmente socialista y revolucionario?

Esa fue la razón de que apenas dos semanas después de haber tomado el poder, el 23 de enero, viajó a Venezuela con el pretexto de que allí se conmemoraba el primer aniversario del derrocamiento de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, para reunirse con Rómulo Betancourt, quien muy pocos días después asumiría la Presidencia del país. “Vine a Venezuela”, le dijo Castro a los muchos periodistas que lo aguardaban al pie del avión en el aeropuerto de Maiquetía, “por un sentimiento de gratitud con el pueblo venezolano y con las instituciones que generosamente me han invitado a compartir con este pueblo el día glorioso del 23 de enero.” Luego añadiría un deseo que no se cumpliría sino 40 años después, cuando Hugo Chávez asumió la Presidencia de Venezuela: “¡Ojalá que el destino de nuestros pueblos sea un solo destino!”.

El verdadero motivo de este viaje era, sin embargo, otro. Pedirle a Betancourt un préstamo de 300 millones de dólares y llegar con a acuerdos para comprar en Venezuela todo el petróleo que necesitaba Cuba en condiciones de privilegio, o sea, a crédito, con descuentos y bajos intereses. No consiguió ni lo uno ni lo otro. Según le explicó Betancourt, a pesar de su riqueza petrolera Venezuela padecía una honda crisis fiscal, provocada por el despilfarro y la mala gestión de 10 años de dictadura, y no había manera de concederle a Cuba, ni a ningún otro gobierno, préstamo alguno. En cuanto al petróleo, Venezuela sí estaba en condiciones de satisfacer toda la demanda energética cubana, pero Castro debía entender que las leyes venezolanas, salvo en algunas situaciones muy excepcionales, le concedían a las empresas petroleras transnacionales el monopolio de la comercialización del crudo nacional. Estas leyes también establecían que los precios del petróleo venezolano se rigieran por los del mercado internacional y exigían que todas sus operaciones de compra-venta se hicieran de contado.

Aunque los argumentos de Betancourt eran técnicamente impecables, Castro dedujo sin mucha dificultad el verdadero sentido del mensaje. Guillermo Cabrera Infante, que lo acompañó en el viaje a Caracas, relata que cuando Castro regresó a la embajada de su reunión con Betancourt estaba furioso. Había comprendido que tras las consideraciones técnicas del presidente electo de Venezuela se ocultaba una cruda realidad política: mientras las naciones del continente no rompieran los lazos de dependencia política y económica que las ligaban a los intereses estratégicos y comerciales de Estados Unidos, la revolución cubana no contaría con ningún auténtico aliado en la región.

La llamada crisis de los cohetes, en octubre de 1962, le despejaría finalmente el camino. Nikita Jruschov, en la reunión del Soviet Supremo de la Unión Soviética el 12 de diciembre, se había preguntado “¿quién ganó?” Y había destacado que “como resultado de mutuas concesiones y compromisos se había alcanzado un entendimiento entre Washington y Moscú, que les permitió eliminar aquella peligrosa tensión y normalizar la situación mundial.” La afirmación del primer ministro era cierta, pero sólo hasta cierto punto, pues si bien se había evitado el peligro, la Unión Soviética se había visto forzada a dar un decisivo paso atrás, que muy poco después le pondría fin a la carrera política de Jruschov. Por su parte, Estados Unidos, si bien podía jactarse de haberle propinado a la Unión Soviética una derrota política de enorme magnitud, no tuvo otro remedio que comprometerse oficial y públicamente a que jamás intentaría invadir ni ayudar a nadie a invadir Cuba de nuevo. Sin la menor duda, derrotas inocultables para ambas partes que ahora le permitía a Castro, más allá de la humillación que significó verse excluido por Estados Unidos y la URSS de las negociaciones que lograron desactivar la crisis, pudo consolidar la revolución dentro de Cuba como una realidad política estable y entregarse a fondo, sin temor ya a represalia alguna de Estados Unidos, a poner abiertamente en práctica la tesis guevarista de la lucha armada en toda la región. Desde ese instante, y durante muchísimos años, ya no habría paz en América Latina.

Mientras tanto, en América Latina, el crecimiento desmesurado de la población, la adopción de políticas económicas orientadas exclusivamente a satisfacer las exigencias macroeconómicas dictadas por los centros mundiales del poder político y financiero, y la subsiguiente profundización del subdesarrollo y la pobreza convirtieron la extensa pradera latinoamericana en un polvorín. Ni las clases dominantes ni los gobiernos de Estados Unidos le prestaron atención a este grave deterioro social. No obstante, la expansión revolucionaria no alcanzó los objetivos previstos en La Habana. La muerte de Guevara en Bolivia, el fin del experimento socialista de Salvador Allende en Chile, la aparición de dictadores militares de carácter ideológico en Brasil, Uruguay, Argentina y Chile, el efecto desestabilizador de la contra en Nicaragua y la derrota electoral de Daniel Ortega a manos de Violeta Chamorro, las intervenciones de Estados Unidos en Grenada y Panamá, produjeron el fin irreparable del sueño insurreccional cubano en América Latina, al que pronto se sumaría el derrumbe del muro de Berlín y la desintegración de la URSS, y sumiría a Cuba y a su revolución en al abismo sin fondo del “período especial.” Hasta que en 1994, Chávez viajó a La Habana y conoció personalmente a Fidel. Cuatro años más tarde, al triunfar Chávez en las elecciones del 6 de diciembre de 1998, le abriría a Cuba las puertas de la riqueza venezolana y el viejo deseo fidelista de tener un destino común con la Venezuela petrolera se hizo finalmente realidad.

La situación regional que le sirvió de marco a esta XIV Cumbre del ALBA es muy distinta. Las muertes de Fidel y Chávez, la falta de liderazgo de Maduro y la catástrofe del proyecto chavista, la destitución de Dilma Rousseff y el descrédito de Lula da Silva, la moderación del izquierdista Tabaré Vásquez en su segunda presidencia, la derrota electoral del peronismo y del candidato presidencial de Correa en la primera vuelta electoral, la enfermedad de Morales y la naciente presidencia de Donald Trump, crean un marco político completamente ajeno al que le permitió a Chávez, hace apenas 11 años, anunciar a los cuatro vientos la existencia retadora del ALBA y la muerte del ALCA. Hoy por hoy, con esta triste Cumbre del ALBA, acaso la última, el ocaso de la alianza antiimperialista que aspiraba a impulsar la revolución latinoamericana y el socialismo del siglo XXI, anuncia el fin definitivo del sueño cubano de la revolución continental. Que descanse en paz.