Armando Durán @aduran111 | Laberintos ııı Guerra y paz en Colombia

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En su edición del miércoles, el diario El Tiempo de Bogotá informaba que ese mediodía, en la casa de Nariño, sede de la Presidencia de la República, Juan Manuel Santos y Álvaro Uribe, su antiguo jefe y en la actualidad su principal adversario político, acompañados de sus asesores, sostendrían una reunión para analizar el significado de la votación del domingo sobre el Acuerdo Final del gobierno y las FARC para ponerle fin a la guerra y estudiar el rumbo a seguir a partir de sus resultados a favor del No. La importancia de este encuentro entre el presidente y el ex presidente lo señalaba el diario en el titular bajo el cual daba la noticia: El país pendiente de la cita entre Santos y Uribe.

No era para menos. En definitiva, el porvenir de Colombia depende en gran medida de este encuentro. La firma del acuerdo de paz gobierno-FARC, tras 52 años de conflicto armado y cuatro años de complejas negociaciones en La Habana, hizo respirar a todo el mundo. Un solo trámite faltaba para darle validez al acuerdo firmado en Cartagena de Indias por el presidente Santos y el jefe supremo de las FARC, Rodrigo Londoño, alias Timochenko: la aprobación popular del acuerdo en plebiscito, según estableció en su momento por la Corte Constitucional de Colombia. Un trámite que, hasta la noche del domingo, prácticamente parecía resuelto a favor del Sí.

Ya sabemos qué esa noche no terminó como estaba previsto. El No salió victorioso, por apenas 54 mil votos, pero suficientes para dejar sin efecto real la firma de un acuerdo que con su presencia habían respaldado 17 presidentes y los secretarios generales de la OEA y de Naciones Unidas.

¿Qué había ocurrido para que las expectativas de medio mundo, incluyendo en el lote a la mayoría de los sondeos de opinión de golpe y porrazo se deshicieran en pedazos sobre la tierra ensangrentada de Colombia? ¿Es que acaso la sociedad colombiana prefiere la guerra a la paz? Por supuesto, los colombianos desean la paz. Más que el resto de los pueblos de este hemisferio, porque desde el asesinato del líder liberal José Eliézer Gaitán, el 9 de abril de 1948, las víctimas de la violencia han sido más de 8 millones de ciudadanos. La lectura que debemos hacer de esa sorpresa electoral del domingo es que los colombianos, si bien quieren la paz, no están dispuestos a pagar por ella con el sacrificio de parcelas muy valiosas de libertad y justicia. En otras palabras, que si bien el país anhela desesperadamente la paz, rechazan los términos acordados por los negociadores del gobierno y de la guerrilla de las FARC en La Habana.

¿Qué significa la derrota del Sí?

La primera incógnita a despejar desde que se supo la imprevista victoria del No es por qué sus partidarios, bajo la conducción de los ex presidentes Andrés Pastrana y Álvaro Uribe, a pesar de que también ellos buscan la paz, rechazaron la aplicación del acuerdo negociado en La Habana. La segunda es determinar qué es lo que realmente se jugaban Santos y Uribe en una confrontación en la que ambos se lo jugaban todo a una sola carta.

Una cuestión sí queda perfectamente clara. Desde que Santos, ministro de la Defensa de Uribe, anunció el primero de marzo de 2008 que tropas colombianas y la aviación habían atacado un campamento guerrillero instalado en territorio ecuatoriana a poca distancia de la frontera con Colombia y que en el asalto habían muerto Raúl Reyes, uno de los jefes de las FARC, que en ese momento era el responsable de las relaciones internacionales de la organización, además de 17 guerrilleros que lo acompañaban, y cuatro estudiantes mexicanos y un ciudadano ecuatoriano que pasaban la noche allí, las FARC comenzaron a perder terreno político y militar. Puede decirse que hace cuatro años, cuando por iniciativa de Hugo Chávez, presidente de Venezuela, se instalaron en La Habana los negociadores del gobierno colombiano y las FARC para alcanzar un acuerdo que le pusiera fin a la guerra, la guerrilla no estaba derrotada pero sí vivía sus peores momentos. Todo parece indicar que Chávez, quien en 2007, con la colaboración de la senadora colombiana Piedad Córdoba, estrechamente vinculada a las FARC, había promovido sin ningún éxito una acuerdo de carácter humanitario entre gobierno y guerrilla, aprovechó esa circunstancia para convencer a los jefes guerrilleros, debilitados por sucesivos reveses militares de mucha importancia, que en los tiempos que corrían, como él había demostrado al abandonar el camino de las armas y conquistar el poder por la vía electoral, la tesis cubana de la lucha armada ya no era el camino a seguir para poner en marcha la revolución en América Latina.

Santos, por su parte, también llegó a la conclusión de que el debilitamiento militar de las FARC, y la influencia combinada de los gobiernos de Venezuela y Cuba, favorecerían un acuerdo político entre enemigos que llevaban casi medio siglo matándose sin lograr derrotar al otro. 

Eso era lo mejor para Colombia y para él, personal y políticamente. Dejar la Presidencia convertido en el gran pacificador de su país, con un probable premio Nobel de la Paz y con el aval que sí le darían organismos como la OEA y Naciones Unidas, los gobiernos de las dos Américas, el Vaticano y los medios de comunicación de todo el mundo, no era un final nada despreciable. Y le abría un horizonte de amplias perspectivas. Un objetivo de tantísima importancia, que a todas luces cayó en la tentación de aceptar condiciones inadmisibles que proponía la guerrilla a cambio de firmar cuanto antes un acuerdo que le devolviera la paz a su país.

La debacle política del 2 de octubre

Mírese como se quiera, la derrota del Sí fue una derrota, en primer lugar, para Santos, quien había apostado todo su capital político en el plebiscito. En segundo lugar para las FARC, que hoy por hoy sencillamente tiene muy poco espacio para maniobrar. Y, por supuesto, para la izquierda en América Latina, que desde la muerte de Chávez y la notable incompetencia de su sucesor para continuar alimentando política y financieramente el gran proyecto elaborado en La Habana y ejecutado desde Caracas para hacer de toda América Latina un territorio socialista y antiimperialista, ha venido rodando cuesta abajo rumbo a ninguna parte: sucesivas y grandes derrotas como las del peronismo kirchnerista en Argentina, el desplome de Luis Inácio Lula da Silva, la cesación de su protegida Dilma Rousseff y el desastre electoral del Partido de los Trabajadores en las elecciones municipales de Brasil, incluyendo la derrota en Sao Paulo, su principal bastión, la normalización de relaciones entre Cuba y Estados Unidos, el marcado desfallecimiento de Michelle Bachelet en Chile, la práctica expulsión de Venezuela del Mercosur gracias a que el gobierno socialista de Uruguay también le dio la espalda a Maduro y las inevitables salidas a muy corto plazo de Evo Morales y Rafael Correa de las presidencias de Bolivia y Ecuador, apenas son las piezas claves de un desastre continental que tampoco estaba previsto.

Este cuadro general de crisis, en el caso concreto de Colombia, ha significado la resurrección política de Uribe, quien en estos momentos, al triunfar el No en el plebiscito del domingo y pasar a ser de inmediato el interlocutor de una oposición a Santos que ya demostró su peso al rechazar el sueño del actual presidente, lo convierte en un factor de poder indiscutible, a pesar de que su más acérrimo adversario siga siendo presidente de Colombia hasta las elecciones del año 2018.

Guerra o paz 

   Ante la imposibilidad de aplicar el acuerdo de paz firmado hace pocos días en Cartagena de Indias en un acto que fue una suerte de consagración mundial de Santos, la opinión pública colombiana y la comunidad internacional han reaccionado con rapidez y le han sugerido por igual al gobierno y a las FARC la necesidad de renegociar algunos de los términos del acuerdo rechazado. Una solución práctica, de compromiso político, pero muy difícil de implementar.

Por una parte, en su cuenta personal de twitter, Timochenko ha sido claro. No hay nada que renegociar señaló desde La Habana, donde reside, porque según él el acuerdo negociado y aprobado por Santos tiene un innegable e irrevocable efecto jurídico. Santos, en cambio, no parece dispuesto a aceptar esta afirmación. El plebiscito no ha sido un capricho suyo, sino una exigencia de la Corte Constitucional de Colombia como requisito imprescindible para validad el acuerdo. Sin esa convalidación, reanudar las negociaciones con las FARC carece de sentido. Que es lo que textualmente ha expresado Santos como respuesta a este mensaje público de Timochenko: Ojalá podamos tener propuestas (se refiere a las reuniones que viene sosteniendo con diversos sectores de la sociedad colombiana y que hoy miércoles sostendrá por separado con Pastrana primero y después con Uribe) a la mayor brevedad posible. El tiempo es muy importante. No podemos prolongar este proceso de diálogo mucho tiempo, pues estamos en una zona gris. Un limbo peligroso y riesgoso.

Para agravar aún más la situación, Santos declaró poco más tarde que el cese al fuego acordado con las FARC no se prolongará más allá del 31 de octubre, la fecha acordada por los negociadores, a lo que Timochenko respondió de inmediato con una pregunta inquietante: ¿De ahí que de ahora en adelante continúa la guerra? Palabras a las que Pastor Alepa, uno de sus lugartenientes en el secretariado de las FARC, ha añadido el fuego de una amenaza muy específica al anunciar que se le había ordenado a todas nuestras unidades empezar a moverse a posiciones seguras para evitar provocaciones.

En el marco de este estado de súbita crispación, el desarrollo de un nuevo capítulo de la crisis colombiana, crisis que no es jurídica como pretende Timoncheko sino política, mientras escribo estas líneas, está por comenzar la crucial reunión Santos-Uribe. No es posible vaticinar los resultados de este encuentro, pero sí sabemos que en la noche del martes Uribe se reunió con los principales grupos e individualidades que promovieron el voto por el No en el plebiscito, y en esa reunión se acordó que Uribe le planteara a Santos tres cuestiones que ellos consideran fundamentales.

En primer lugar, que Santos informe por intermedio de Uribe si el gobierno reanudará las negociaciones con las FARC o si en efecto ha cancelado esa alternativa.

Segundo, que Uribe le informará a Santos que quienes promovieron el voto por el No consideran necesario, si el gobierno decide finalmente renegociar algunos de los términos del Acuerdo Final, que sea el gobierno, y solo el gobierno, el que negocie con las FARC, en clara alusión a la hasta ahora habitual intermediación de Cuba y Venezuela.

Por último, que Uribe le explique verbalmente a Santos lo que el gobierno puede que no haya entendido de las observaciones del grupo promotor del No al Acuerdo Final negociado en La Habana.

En todo caso, de la decisión que tome Santos después de sus reuniones de consulta y de la respuesta que ella genere por parte de las FARC antes del 31 de octubre, dependerán las modificaciones que intente hacerle Santos a los términos del acuerdo. Y de estas modificaciones, sean aceptadas o no por las FARC y por los promotores del No que salió victorioso el domingo, dependerá en definitiva que al fin se haga la paz en Colombia o se reanude la guerra. Un abismo que sin la menor duda amenazaría a toda la región.