Armando Durán | Laberintos |ııı| Maduro se queda solo, pero…

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A la hora de escribir estas líneas, diez de la mañana del miércoles 21 de septiembre, dos sucesos de importancia marcan el día. Uno, que según informa el gobierno, Nicolás Maduro canceló su participación en la Asamblea General de Naciones Unidas. El otro, que las principales líneas de autobuses que prestan su servicio en Caracas han paralizado sus actividades en señal de protesta porque el gobierno no les proporciona los dólares que necesitan para la compra de repuestos, ni les permiten subir las tarifas del transporte urbano. Para complicar aún más el caos, han atravesado sus unidades en las principales arterias viales de la ciudad, paralizando el tránsito en su hora más crítica. 

Estas dos situaciones reflejan a cabalidad la magnitud de una crisis general que ya se le ha escapado de las manos a un gobierno que sencillamente no sabe cómo salvar los obstáculos que no cesan de surgir a su paso cada día a cualquier hora, pero también al paso de la oposición, que ciertamente no parece estar a la altura de las circunstancias y carece de respuestas efectivas para aprovechar las circunstancias del momento en favor de los valores políticos y sociales de la democracia. 

La cancelación del viaje presidencial a Naciones Unidas es un valioso dato para calcular los verdaderos alcances del agobio presidencial. Hace muy pocos días, en la isla de Margarita, al recibir Nicolás Maduro de manos del presidente de Irán, Hasán Rouhaní, la presidencia pro-tempore del Movimiento de los No Alineados, debió sentir por un momento la injustificada satisfacción de pensar, aunque sólo fuese por un brevísimo instante, que estaba a punto de conquistar la cima del mundo. Grave paso en falso. En primer lugar, porque la víspera del importante encuentro de líderes del tercer mundo, los cuatro socios principales del Mercosur, a pesar de que el gobierno socialista de Uruguay había intentado por todos los medios lograr la permanencia de Venezuela en ese organismo de integración sub regional, finalmente terminó abandonando a Maduro a su suerte. Según el acuerdo ahora unánime de los cuatro socios principales del Mercosur, Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay, el gobierno de Venezuela tiene de plazo hasta diciembre para ajustar su conducta pública a las exigencias democráticas y de respeto a los derechos humanos que conforman la esencia del protocolo constitutivo del grupo. Si para esa fecha Venezuela no se adapta al modelo político regional, quedaría excluida de la alianza.

Este importante revés en el ámbito internacional permite señalar que al fin los gobiernos de América Latina, cada día con menos excepciones, se apartaban del camino venezolano y abren en torno a Nicolás Maduro un vacío inquietante. En la decisión uruguaya sin duda influyó la marcha de protesta llamada la Toma de Caracas, el pasado primero de septiembre, cuyo impresionante registro gráfico ocupó las primeras páginas de los principales periódicos de las Américas y de Europa. Maduro sintió el impacto de la marcha y de la decisión del Mercosur, pero en la manga llevaba el as de la XVII Cumbre de los Países No Alineados, a celebrarse entre el 16 y el 20 de septiembre en la isla de Margarita. En ese escenario, que agrupa nada menos que a 120 naciones, Maduro pretendía recomponer al menos parte de la imagen perdida, pero ya sabemos lo que ocurrió: sólo asistieron los jefes de Estado de unos pocos gobiernos aliados del régimen“bolivariano”, como Cuba, Bolivia, Ecuador, el Salvador, Zimbabue o Irán. Ni siquiera el muy controvertido presidente Mahmud Ahmadineyad sufrió tamaño rechazo en la Cumbre anterior, celebrada hace cuatro años en Teherán, a la que a pesar de todos los pesares del momento acudieron 24 jefes de Estado, 3 reyes, 50 ministros de Relaciones Exteriores y el secretario general de Naciones Unidas, quien por cierto tampoco se hizo presente en la Cumbre de Margarita. 

¿Le bastaría a Maduro acudir a Naciones Unidas, encaramarse en su tribuna de oradores y hablarle al mundo (es un decir, por supuesto), ya no como presidente de una Venezuela hundida en el caos de la peor crisis de su historia, sino como presidente del Movimiento de los No Alineados para remendar el raído capote de su jefatura? Sus asesores seguramente le dijeron que no. Que no bastaría, y que un rechazo similar, en plena Asamblea General de Naciones Unidas sería un descalabro político excesivo. Más que irremediable, porque a medida que la crisis económica, cuyas expresiones más significativas son la escasez, la hiperinflación y la grave sequía de dólares, se ha ido convirtiendo en una crisis humanitaria que acorrala sin piedad a los ciudadanos, lo único medianamente sensato que puede hacer Maduro por ahora para medio capear el temporal es atrincherarse con los suyos en el Palacio de Miraflores y esperar a que alguna circunstancia inesperada haga el milagro, una vez superado el escollo del referéndum revocatorio, de salvar su Presidencia, o si ese el caso, a cambio de perderla en un revocatorio o por su renuncia después del 10 de enero, de salvar los poco que queda de la mal llamada revolución bolivariana hasta las elecciones generales de 2019. 

Para alcanzar este objetivo Maduro cuenta con dos factores de mucho peso. Por una parte, el Consejo Nacional Electoral le ha permitido al régimen hacer y deshacer a su antojo para garantizar, por vía electoral formalmente democrática pero en realidad nada democrática, la continuidad del proyecto político de Hugo Chávez a lo largo de tres lustros, pero hasta ahora. La debacle electoral del chavismo en las elecciones parlamentarias del pasado 6 de diciembre fue de tal magnitud, que la única manera de minimizarla hubiera sido desconociendo sus resultados, un paso imposible de dar en la América Latina actual. Esa realidad, y el progresivo deterioro de la popularidad del régimen, hacen inviable la celebración de un referendo revocatorio, tal como legítima y constitucionalmente ha solicitado la alianza opositora Mesa de la Unidad Democrátia (MUD). De ahí que si bien resulta imposible negar esa solicitud, el control del CNE le ha permitido a Maduro y compañía posponer su celebración hasta ahora y seguir haciéndolo hasta más allá del próximo 10 de enero, cuando la derrota de Maduro no obligaría a convocar una nueva elección presidencial en el plazo de 30 días. Es decir, que si el revocatorio se realiza después de esa fecha fatal, tal como lo tiene previsto el régimen y parte de la oposición, Maduro saldría de la Presidencia, pero su vicepresidente, sin duda un nuevo vicepresidente, seleccionado por Maduro al gusto de La Habana y de los otros jefes civiles y militares del régimen, pasaría a ser presidente en funciones hasta las elecciones generales de 2019. 

Precisamente para impedir esta argucia la MUD convocó la Toma de Caracas, que dejó bien claro cuál sería el resultado de cualquier convocatoria electoral en el corto plazo. De este modo ejemplar, colocado el régimen contra la pared, sin sus dolientes habituales y sin forma de reagrupar a sus huestes de antaño, llevaría todas las de perder en cualquier jornada electoral. Y por añadidura, de muy mala manera. En ese punto de asfixia y desesperación fue que el régimen recurrió a José Luis Rodríguez Zapatero, quien ha tratado insistentemente, y con el auxilio de algunos sectores de la oposición, de articular lo que hasta el día de hoy ha sido la ilusión de un diálogo gobierno-oposición. Diálogo que por supuesto no es diálogo, sino una simple triquiñuela cuya verdadera finalidad es canjear la amenaza que representa para el régimen la eventualidad del revocatorio, con la engañosa ilusión de su supuesto diálogo sanador de todas las desdichas nacionales, aunque no para hacer factible la realización del referendo, sino para todo lo contrario. Un supuesto diálogo que precisamente por ser falso y tramposo debe realizarse en el mayor de los secretos, tal como ha ocurrido en sus dos capítulos, el primero en República Dominicana a finales de junio, y el segundo, sin que nadie pueda explicar su razón de ser, inmediatamente después del gran éxito opositor del primero de septiembre. Y que de paso ha servido para desacreditar a la MUD ante la opinión pública opositora, porque a fin de cuentas, con qué fuerza moral sus dirigentes dicen y sostienen lo que dicen y sostienen para engatusar a la sociedad civil, mientras que a espaldas suyas se encierran con representantes del gobierno para negociar en las sombras quién sabe qué acuerdos. 

Esta contradicción entre lo que dice la MUD y lo que hace ya cobró su primer y muy costoso peaje el pasado viernes 16 de septiembre, cuando el pueblo opositor decidió no escuchar la nueva convocatoria a marchar para exigirle al CNE el cronograma del revocatorio y las condiciones en que se realizaría la crucial recogida de las firmas del 20 por ciento del electorado. Una súbita e indignada sordera colectiva que condenó a la MUD, después del gran éxito del primero de septiembre, al rotundo fracaso de la convocatoria del 16 de septiembre. 

Último eslabón de esta inaudita cadena de improvisaciones y deslices en el campo opositor han sido las declaraciones del diputado Timoteo Zambrano, secretario de relaciones internacionales de la MUD y enlace directo de la MUD con Rodríguez Zapatero, condenando inexplicablemente la advertencia del Mercosur al gobierno Maduro, como si en lugar de ser dirigente de la alianza opositora, en realidad fuera militante muy activo del oficialismo. Estas declaraciones de Zambrano generaron una crisis interna en la MUD. Algunos miembros de la alianza exigieron su destitución, aunque la mayoría, hasta el día de hoy, ha guardado un silencio más que discreto. Al final, la MUD se pronunció mediante un escueto comunicado informando sobre la decisión de reorganizar y fortalecer la secretaría de relaciones internacionales, pero sin mencionar a Zambrano y sin condenar su conducta. Una reacción que como quiera que se mire constituye la guinda de un pavo muy difícil de digerir. En términos reales, ante el agotamiento de un régimen que deja a Maduro en la mayor de las soledades, con un CNE que bajo ningún concepto permitirá la celebración de un revocatorio antes del próximo 10 de enero y con una alianza opositora carcomida por los gérmenes de las ambiciones personales y el oportunismo, sin un compromiso auténtico con la causa de la democracia ni con las necesidades urgentes del pueblo opositor, el futuro que se avizora para Venezuela, tal como ocurrió esta mañana con el paro del transporte urbano, es de grandes turbulencias y confrontaciones sociales de muy alta intensidad. Y nadie, ni el gobierno civil, ni la oposición, parece estar en condiciones de proporcionarle al país una alternativa satisfactoria.

Esta es, por ahora, la simple y terrible realidad de la incierta Venezuela actual.