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AXEL CAPRILES M. | Carlos Capriles Ayala
EL UNIVERSAL domingo 2 de marzo de 2014

Concibió la vida como camino y constante recorrido sobre el que vamos creándonos y recreándonos

La conversación es mucho más que intercambio de palabras. Se aleja de los signos y entra en el cuerpo como si fuera su casa, como refugio de coincidencias y ritmos compartidos. El interlocutor no es aquel que participa en la conversación sino quien empapa con afecto nuestro mundo de significados, quien añade espesura al universo subyacente de sensaciones y visiones entrelazadas. Por eso, tenemos muy pocos interlocutores y su pérdida, más que un vacío, es un ahogo que nos deja sin respiro en el más absoluto desamparo. Con la muerte de Carlos Capriles Ayala no solo se acaba una generación de hacedores de una Venezuela posible, aquellos que construyeron la democracia con el espíritu de la Cadena Capriles -más prefiero una libertad peligrosa que una esclavitud tranquila- sino que se va mi principal interlocutor, mi padre. Con él desaparecen mis anclajes de sentido, mi mapa de significados. 

Vuelvo a su biblioteca como quien necesita preguntarle algo, comentarle un nuevo descubrimiento, informarle de un concierto de Mahler. Me topo con los lomos de cuero de los diminutos libros de la colección Crisol y a su lado una edición de De La Brevedad de la Vida, de Séneca. Abro el libro al azar y encuentro unas líneas subrayadas: “en tres épocas se divide la vida: la que fue, la que es y la que será; de estas tres, la que vivimos es breve; la venidera es dudosa; la que hemos vivido es cierta e irrevocable”. Tal vez esas líneas arrojen luz sobre lo que, para tantos, representó mi padre: un hombre que supo vivir plenamente. Tal vez haya sido ese sentimiento de brevedad el que lo llevó a tensar su tiempo con arrojo, a buscar constantemente nuevos derroteros y pasiones. 

En sus días de agonía, pensé en un epitafio que pudiera sintetizar su vida. Al rememorar mi infancia y sus años de lucha en contra de la dictadura de Pérez Jiménez recordé el epitafio de Esquilo a quien, a pesar de su profusa obra, lo recordaron por su valor en la batalla: “Esta tumba esconde el polvo de Esquilo… De su valor Maratón fue testigo”. De igual forma, a pesar de sus polémicos artículos y de la cantidad de obras que llevan la firma de Carlos Capriles: Pérez Jiménez y su tiempo, Vida y muerte de la democracia, Sola, a través de la selva amazónica, su epitafio podría haber sido: “Aquí yace Carlos Capriles, tenaz combatiente por la libertad de expresión y empecinado opositor del populismo adeco”. Pero las cárceles y las luchas para transformar a un país no son marcas suficientes para definir la personalidad de un hombre inquieto movido por la curiosidad de conocer al ser humano en la amplitud de la cultura universal. Pensé, entonces, en algunas frases que pudieran describir aspectos esenciales de mi progenitor: padre y esposo que hizo de la familia un intestino teatro de sentido, lector empedernido, bibliófilo, el hombre que amaba a las mujeres, navegante. De todo lo que fue o pudo ser Carlos Capriles, periodista, empresario, embajador, historiador, escritor, contador de anécdotas, la palabra que mejor lo sintetiza es simplemente el substantivo viajero. Porque, como elHomo Viator de la tradición medioeval, mi papá concibió la vida como camino y constante recorrido sobre el que vamos creándonos y recreándonos en un presente al que nunca volvemos, como una senda que marca etapas en las que se revela el duende que les corresponde. Carlos Capriles fue esencialmente un viajero porque siempre supo que solo en el camino, solo en movimiento, estamos vivos.