Carlos Blanco @carlosblancog | Tabaré no me contesta las llamadas

En ese lamento proferido por Nicolás Maduro se condensa la tragedia suya y de su régimen: Llevo una semana llamando a Tabaré Vázquez para hablar de la agresióndel ataque de su Cancillería en contra de Venezuela. Pero resulta que Tabaré Vázquez, presidente de Uruguay, seguía en su silla, en la rutina de firmar papeles, cada cierto tiempo alertado por un teléfono rojo que suena insistentemente y, sabiendo que es Maduro, se sonríe, se echa hacia atrás en su poltrona, estira los brazos y no contesta. Cuando viene la secretaria y le dice: Pero, presidente, ¿qué hago con Maduro?; responde: Que yo le mando a decir que no estoy en la oficina; estoy en el urinario y pienso en él. Dígale así.

El régimen venezolano hace aguas por todos lados. Su más largo plazo es el día siguiente. Cada paso que da lo hunde más en la ciénaga pestífera en la que patalea. Si el TSJ obedece con servilismo las instrucciones de Maduro para suprimir potestades a la Asamblea Nacional, ante la ola de repudio, no tiene más remedio que retroceder parcialmente de una manera que no hace sino confirmar que Maduro los mangonea. El espectáculo de unos magistrados zanganeados de un corral a otro, según las necesidades de ordeño, es visualmente impactante, como rumiantes sin voluntad, a latigazo limpio.

El resultado es que los dueños del poder se han ido quedando aislados. La soledad de Maduro no es la de Palés Matos, que a fuerza de andar sola / se siente de sí misma compañera, sino la del que apesta, la del que nadie quiere tener por compañero de excursión, de fiesta o de foto. Así, íngrimo y solo, lleno de rabias, destemplado, gritón y resentido, ofensivo, pero, eso sí, con la pistola desenfundada y con los miembros del gang con las cachiporras blandidas, repartiendo golpes y tiros en el vecindario. La sesión del lunes pasado en la OEA es la evidencia de esa viudez política en la que se desenvuelve el régimen madurista; los países firmes se han radicalizado; varios que vacilaban adoptaron posiciones firmes.

La percepción generalizada es que Maduro está de salida. Ahora es evidente para la mayor parte de los gobiernos de la región y de Europa que el poder se le ha escurrido entre las manos y solo queda, impúdico, un grandulón déspota y brutalmente represivo, como una masa con bigotes que se desplaza sin rumbo cierto.

Con el mundo y con la mayor parte de la población nacional en contra, solo hace falta un liderazgo arrojado que convenza a los militares institucionalistas, no para que den un golpe, sino para que impidan los de Maduro.