CARLOS BLANCO @carlosblancog | Ya ni con maquillaje

La fiesta electoral de Maduro es una arrugada madama de coloretes chorreados, carmines exagerados que trepan su rostro cuarteado y prostibulario, fustanes de rojo chillón y pies con dedos mugrosos y engarabitados que brotan de viejas chancletas. Asomada al frente de su business, con la afanosa esperanza de que pase por allí algún candidato que quiera entrar al zaguán y se encienda la rocola y vuelvan a escucharse los boleros de amores que ya no serán.

En el planeta Tierra no hay nadie que dé un cobre por la mamarrachada que monta Maduro. Por trascorrales, se mueven poleas y engranajes para ver si convencen a alguien para que participe en el teatro. Acción desconsideradamente inútil. Si aplazan las elecciones, si viene algún asomado zapateril a vigilarlas, si nuevos clientes se suman a la fiesta electoral y pagan por adelantado, no podrán adquirir visos de legitimidad. Pensar que podrían es de pavorosa ingenuidad o complicidad.

Hay quienes de buena fe argumentan que si no hay elecciones no hay nada por delante. Tendrían razón si algún margen de incertidumbre rodeara la mamarrachada. Sin embargo, nunca ha estado tan claro como ahora que esas elecciones no son tales, sino la expedición del certificado de buena conducta para Maduro, con el propósito de que su pandilla nacional e internacional enseñe el papelito: aquí está, el pueblo lo adora, es el hijo abandonado, ahora reconocido no solo por Raúl, sino por las masas.

Si no hay elecciones no hay nada por delante, dicen. Y si las hay, en estas condiciones, tampoco. Entonces, ¿será que lo que queda es la nada? ¿Será que todo se perdió y lo que resta es confiar en la biología para que estos se vuelvan ancianos y sus monstruosos brotes los hereden dentro de 30 años? ¡No!

Lo único que queda es el punto ciego de la política venezolana y continental actual: cómo producir la transición y que el régimen de Maduro sea sustituido de manera deseablemente pacífica, para dar inicio a la recuperación de la libertad y la reconstrucción del país. Este es el tema. Las elecciones no resuelven este asunto y la abstención por sí misma tampoco; pero la abstención le desmonta la farsa a Maduro de manera irrevocable. La resolución viene por la vía de la convergencia entre la protesta civil (que hoy tiene una forma diferente a la de las grandes marchas, pero es constante en todo el país), la decisión internacional de exigir la salida del régimen, los dictámenes del TSJ y la AN para destituir a Maduro, y la inevitable decisión de los militares de recuperar la institucionalidad democrática.