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CARLOS BLANCO | TIEMPO DE PALABRA
 EL UNIVERSAL domingo 23 de febrero de 2014

La lucha del país y de jóvenes en particular, es una poderosísima fuerza unitaria

Viene un cambio Sostengo que no se entiende nada si se piensa que la protesta que recorre el país es producto de un complot. Puede ser argumento que le convenga al Gobierno, pero si se lo cree, anda con su eterna cabecita vacía enterrada en la arena. Ha sido una protesta disparada por la represión ejecutada por los paramilitares, así como por militares y policías, una vez que la marcha estudiantil del 12F había concluido. Sin embargo, la represión, con su saldo de sangre, prisiones y muerte en ese día, no es capaz de explicar todo lo que bulle en el alma venezolana, especialmente en sus jóvenes.Con los análisis que se han hecho -incluidos los que recorren este espacio los domingos-, no se había logrado capturar el verdadero estado de ánimo del país, lo cual incluye el de opositores y chavistas, asediados por la tiranía de la escasez, la inflación y el crimen. Ahora se ve esta impetuosa carga emocional, furia acumulada, que ha estallado no se sabe con qué alcance y consecuencias.

Hoy el país cosecha 15 años de odio. No hay que engañarse, esa siembra ha dado sus frutos. Los colectivos que disparan a mansalva, los guardias que ejercen la violencia documentada en fotos y videos, los miembros del Gobierno que aguijonean a sus seguidores y los que ejercen una violencia ciega contra vidrieras o automóviles, son la cosecha del odio sembrado por el régimen rojo. No en vano Chávez invocó tantas veces la muerte como alternativa a la Patria, tanto que al destruirse esta solo quedó aquélla.

EL FUTURO HA HUIDO En el imaginario colectivo la explosión social tenía la cara terrible del 27 de febrero de 1989, emblema de lo que podría ocurrir ahora si las furias se desataban. Es posible -lo digo con prudencia- que esté en marcha esa “explosión” pero con nuevo rostro, sin saqueos y sin fin: el reclamo airado en las calles de una sociedad cansada que quiere un cambio urgente, cambio profundo, aunque no se sepa exactamente su configuración, pero seguramente tiene entre sus perfiles deseables la libertad, la democracia, la seguridad y condiciones de vida decentes.

Esta revuelta no tiene jefes. El hecho de que el gobierno y algunos más la atribuyan a Leopoldo López, María Corina Machado, Antonio Ledezma y otros dirigentes opositores, es posible entenderlo como un recurso político para apartarlos del camino, apresarlos y perseguirlos, pero no se sostiene como explicación. Lo que hemos visto son las fuerzas de las profundidades desencadenadas, en la construcción de sentido y rumbo de la lucha. No sé si se logrará en este envión, pero es lo que se observa en el desafío, en el coraje y en la disposición de “resolver esto ya” que miles de jóvenes muestran.

La revuelta nace fundamentalmente de la ausencia de futuro que tiene el ciudadano, sea chavista de a pie o antichavista. Este régimen les ha expropiado el futuro a los jóvenes. Baste pensar cuál puede ser el plan de vida de un joven que desea un empleo profesional, adquirir una vivienda y un carro, viajar, estudiar aquí o afuera. Tales proyectos son imposibles para la mayoría. El futuro hoy no existe. Cuando se pierde la esperanza de obtener los ingredientes materiales y espirituales que pueden hacer la vida amable y viable, se comienza a pensar en el salto necesario para que aquellos sueños seanverosímiles. Esto es lo que fermenta en el alma nacional. Imagínense a jóvenes entre 15 y veintitantos años que viven sus años más recientes en el medio de las acrobacias familiares para conseguir harina de maíz, papel higiénico, aceite, azúcar y otros bienes. Sean de la clase social que sean, el porvenir les luce cada vez peor.

REPRESIÓN La no violencia no excluye acciones de calle firmes. La violencia ha sido empleada por el régimen que no tiene frenos ni escrúpulos morales para emplearla.Ha sido el instrumento al cual ha apelado sin medida. En la idea de que existe un golpe en marcha, ha desatado la operación castigo contra la ciudadanía sin medida ni control alguno. Castigan como los nazis. Con su cauda de muertes, prisioneros, torturados, desaparecidos y perseguidos. Esta brutal represión ha permitido, sin embargo, hacer la radiografía del régimen en su etapa de carcoma terminal. Este aparato se sostiene en tres pilares que no por criminales son sólidos: un sector de los grupos paramilitares (no todos, porque algunos han sido marginados por el “madurismo”); un sector muy violento y facineroso del Sebin y de la (antigua) DIM; y las unidades antimotines de la GN, hoy convertidas en feroces grupos de asalto en contra de ciudadanos que protestan, con jefes que son candidatos fijos a la imprescriptible justicia internacional.

Hay que notar que cada vez menos ministros, diputados y altos funcionarios oficiales declaran en defensa de esta orgía de represión y sangre, lo que revela la descomposición interior del grupo en el poder. No es la división entre las camarillas de Maduro, Cabello y Rodríguez Torres, sino una descomposición que ha fracturado cada uno de los grupos previamente existentes. Existe un sector chavista, no sólo de los de abajo, que cree que la fuente del descontento no es una conspiración imperial sino la escasez de comida y los problemas cotidianos; este juzga que Maduro no dio la talla, y que hay que buscar una salida consensuada con la oposición porque, de lo contrario, la salida puede ser traumática.

El Gobierno está en una situación de debilidad muy elevada que ahora se ha incrementado con la conciencia creciente en el mundo de su actitud criminal, violatoria de los derechos humanos.

UNIDAD Para enfrentar los retos de hoy las fuerzas democráticas están unidas. No me refiero a la unidad boba burocrática, sino a la unidad viva que se reconstruye día a día. Las diferencias no solo son naturales sino útiles. Hace muchos años el líder de la unidad era Enrique Mendoza y luego, dependiendo de las etapas, otros surgieron para, a su vez, dar paso a otros más. No hay líderes definitivos ni líderes definitivamente enterrados, todo depende de las etapas del movimiento y del carácter que adopte la lucha. Las elecciones demandaron un tipo de liderazgo, su ausencia reclama otro, y fuera de “las trompadas estatutarias” y las discusiones indispensables, la lucha del país y de los jóvenes en particular es una poderosísima fuerza unitaria. La calle ha impuesto de nuevo la unidad.

El movimiento de protestas ha delineado los objetivos y tal vez la dirección política debiera complementarlos: libertad de Leopoldo López, de los estudiantes y presos políticos; destitución y enjuiciamiento de los responsables materiales e intelectuales de los asesinatos ocurridos, retiro de las unidades cebadas en la represión y disolución de los grupos paramilitares.

Maduro pudo haber cedido y no quiso o no lo dejaron, ahora podría contribuir a una salida pacífica y consensuada con su renuncia.