CARLOS RAÚL HERNÁNDEZ @CarlosRaulHer | Historia de una ilusión

23 de abril de 2017Screen Shot 2017-04-23 at 08.49.05

En 1999 cuando gana las elecciones venezolanas, hacía ya largos diez años que el proyecto socialista había naufragado históricamente, y sin embargo cabezas llenas de aserrín decidieron resucitarlo. Producto de su desmesura, su exagerada valoración de sí mismo, monumentales ingresos petroleros y falta de sentido de la realidad, el caudillo se sintió el nuevo Lenin, destinado a recuperar la esperanza en los deprimidos comunistas y afines, para el momento perdidos después de la debacle de Berlín, que lo apoyaron, o más bien se colgaron de sus perneras. Creó Alba, una especie de Internacional de menesterosos con la boca aguada por el deseo petrolero (el deseo definido como sumisión provocada por la presencia de una ausencia) para influir en los movimientos políticos regionales. Esa corte de los milagros le permitía hacer, pero sobre todo deshacer en la OEA.

Desde allí se hicieron demasiadas operaciones oscuras que deberían ser estudiadas e historiadas como testimonio de cuando la región se retrocedió del siglo XXI. La huella del cambio de era es terrible y desencaminó a un grupo de países -y en general a la región- que se habían librado de los atavismos mentales creadas por Perón y Fidel y los volvió a contaminar de sombras. La democracia parecía consolidada y las economías se abrían y funcionaban cada vez mejor, pero llegó el comandante y mandó a parar. Su sombría influencia inspiró/contribuyó a las derivas de Morales, Correa, Ortega, Lula, Kirchner, Zelaya, Lugo, Bachelet y desenterró el zombie de la autocracia. Y efectivamente logró convertirse en Lenin por quince minutos, al decir de Warhol. Un afiche con su fotografía podía encontrarse en los recovecos de cualquier grupo hermano espiritual del mundo. Lo tenían los militantes de Hezbollá en sus oficinas.
Volver del pasado
También los activistas antiglobalización en París, los melenudos de Podemos, y las Farc, el PSC, –retrotraído casi al pre allendismo con Bachelet y Vallejo– el kirchnerismo y el PP de Brasil. Muchos creyeron que la oleada roja venía para quedarse, pero a diferencia de la izquierda comunista clásica, que duró más de 150 años y 70 en el poder, esta Internacional de sedientos bebedores de aceite se mantuvo hasta que duró el chorro y mientras las democracias latinoamericanas –y la española por ahora– decidían librarse de ellos. Para la fecha, la opinión pública global solo se pregunta cómo será el final de la obra, porque ya se vendieron todas las entradas. A principio y por varios años, cuando la ola de prestigio bañaba a los bolivarianos, la expectativa en vilo era la posibilidad por primera vez de que se hiciera una revolución por la vía democrática.

Tal como lo quería Rosa Luxemburgo, un régimen popular que no necesitara ni siquiera armas porque se sostendría en hombros del pueblo. Hoy las preocupaciones son contrarias y van por la vía de si será posible que Venezuela se safe de un proyecto totalitario por las buenas, sin matanzas ni intervención del Tribunal Penal Internacional. Hungría, Polonia, Rusia y tantas otras lo hicieron, pero muchos dudan que aquí podamos, por la tradición de 25 años de equivocaciones que lleva el país. Sobreviven gracias a nigromancia en Venezuela y en tres pequeños países, para sus respectivas pesadillas: Ecuador, Nicaragua y Bolivia. Luce cuesta arriba que los grupos de poder se quiten las gríngolas, tuerzan el pescuezo y vean para los lados donde está la realidad. Un cuarto de siglo de equivocaciones necesitan una enmienda profunda, pero tropiezan incansablemente la misma piedra.
Cuernos y palos
La experiencia, tal como la cubana en los años 60, ha servido para vacunar nuevamente a la opinión pública internacional sobre el siniestro mal entretenimiento que significa el proceso revolucionario. Cuernos y además palos, miseria y caudillos arrogantes. Hoy en Venezuela hace mucho que se acabó el proceso, aquella expectativa agónica sobre cuál sería la nueva “medida” que lanzarían por TV para perjudicarnos a todos, –particularmente a los menos favorecidos– qué nueva flecha envenenada saldría de aquél arco caótico que lanzaba disparate tras disparate. Por su terquedad fatal y desconocimiento de la experiencia histórica repitió lo que ya había fracasado de manera aplastante y dolorosa. En la siguiente etapa se limitaron a administrar el desorden, la ingobernabilidad económica y social, la inflación galopante, el desempleo, la delincuencia. Y hoy día simplemente sobreviven como pueden.

Solo se ocupan de conspirar, reprimir el malestar que crearon y se sostienen únicamente en el aparato de fuerza, cuyo propósito debiera ser que se cumplieran los plazos constitucionales. Equivocados al pretender repetir la entronización cubana de los 60, hecha contra viento y marea, gracias a un acuerdo entre Kennedy y Kruschev. La diferencia es que aquella era una época gloriosa y los guerrilleros verdeoliva ídolos en el planeta entero, a pesar de que desde su comienzo dejaron claro que encarnaban la barbarie, cosa que parecía no importarle al mundo de las ideas y la comunicación.  Para la fecha de hoy, Cuba es un enfermo que tiene miedo a las medicinas, mientras por aquí la tragedia se desenlaza y las fuerzas internas y la comunidad internacional tienen la preocupación de propiciar que no haya un accidente aparatoso y se logre un aterrizaje de emergencia con asistencia de bomberos y personal especializado.