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Crónicas de Facundo —El prisionero rojo— Asdrúbal Aguiar
El prisionero rojo
analitica.com Martes, 26 de noviembre de 2013
El desafío actual del país, que es más y está más allá del Estado y de su régimen militarista actual, apenas encabezado por un civil como mascarón de proa, será tan exigente como el de nuestros mayores, nuestros causantes verdaderos, nuestra Ilustración fundacional

Su narrativa, la de Iván Simonovis en El prisionero rojo, más allá de lo íntimo, de la vida suya que nos cuenta como en el Mito de Sísifo, desgarradora y vitalmente humana, es la síntesis renovada de una tara que marca la piel y hace hendidura en nuestra historia republicana, forjada con “saña cainita” como lo diría el ex presidente Rómulo Betancourt.

Me refiero, obviamente, a la deriva militarista que secuestra a nuestra sociedad y la divide entre amigos y enemigos una vez caída la Primera República. Es el culto al gendarme necesario, al cínicamente llamado “César Democrático”, que desde entonces y de tanto en tanto hace posible que tantos venezolanos ejerzan de presos políticos o como desterrados. Y aludo a ese instante inaugural cuando lanzamos al basurero de la historia – guiados por Simón Bolívar – nuestro espíritu de civilidad y la Ilustración, que conformada por hombres de levita, armados de ideas y de sueños, nos imaginan como patria posible y de concordia.

Hago presente, para desbrozar la memoria ante un país sin memoria como el nuestro, a quienes antes de otorgarnos nuestra Independencia y de darle forma a las instituciones garantes de nuestra libertad, como Escalona, Mendoza, Padrón, Santana, Muñoz y Tébar, Toro, Isnardy, Xavier Yanez, o Pául, nos dejan como heredad una Carta de Derechos del Pueblo; justamente, para recordarnos que el Estado y sus servidores son electos para servir y no para servirse, y que están sujetos al control de la opinión y de las plumas. Tanto que, dictada esa Carta antes de ser sancionada nuestra primera Constitución, el 23 de diciembre de 1811, en lo inmediato procuran, además un decreto de libertad de prensa.

Pero al concebirse y nosotros admitir luego que el uso de las espadas, para cerrar el ciclo de nuestra Independencia, otorgaba a las mismas espadas el derecho vitalicio de dibujar la república a su antojo; y al permitir el desprecio de éstas hacia nuestros verdaderos Padres Fundadores, egresados en su mayoría de la Real y Pontifica Universidad de Caracas, mediante el libelo de que han sido arquitectos de  “repúblicas aéreas” en un pueblo no preparado para el bien supremo de la libertad; al efecto hicimos de las cárceles, de La Carraca de Francisco de Miranda, de La Rotunda de José Rafael Pocaterra donde escribe éste sus Memorias de un venezolano de la decadencia, o del SEBIN de Iván Simonovis, los aposentos de la razón, los depósitos venezolanos de los razonantes.

No debemos olvidar, pues, que fueron esas enseñanzas distintas, cuyos parteros hubieron de refugiarse en nuestras prisiones o en el exilio, las que aún sostienen nuestra tozudez democrática! Son las que nutren esos espacios de libertad bajo gobiernos civiles que se cuentan como pequeños intersticios, oxigenados en el marco de una historia ahogada por la idea muy bolivariana del Presidente vitalicio a quien le sucede su Vicepresidente; o del Senado hereditario formado por militares a quienes todo les debe la patria y para siempre, según los diseños constitucionales de Angostura y de Chuquisaca.

El desafío actual del país, que es más y está más allá del Estado y de su régimen militarista actual, apenas encabezado por un civil como mascarón de proa, será tan exigente como el de nuestros mayores, nuestros causantes verdaderos, nuestra Ilustración fundacional, uno de cuyos causahabientes, entre otros, es ahora un hombre de acción y asimismo de ideas, víctima de nuestra historia cercana y forjador de ideas desde la cárcel, El prisionero rojo.

El Precursor Miranda casi que logra sobreponerse y cabe decir que la desgracia de verse traicionado por Bolívar,  luego detenido en Puerto Cabello y más tarde en Puerto Rico antes de depositar sus huesos en el puerto de Cádiz, no le empuja, sin embargo, a renunciar a su credo democrático. Lo sostiene a pie juntillas. Es un abierto enemigo del jacobinismo, un promotor de la reconciliación.

El sabio José María Vargas, a su turno, opone la Justicia a la fuerza de las casacas, representada en el altanero Pedro Carujo, sin vencerlo. Pero quedó su ejemplo.

La generación de 1928 corre a contravía del gendarme necesario y en acre controversia frente a los apologetas de éste, civiles ilustrados de nuestra primera mitad del siglo XX pero confesos positivistas quienes consideran al pueblo prisionero de sus circunstancias étnico raciales y ambientales que le obligan a tener al frente un “padre bueno y fuerte”, no obstante forja otra ilusión de país, radicalmente humanista, en 1958.

Betancourt, Rafael Caldera y Jóvito Villalba, nos dejan así una república de partidos que en apariencia naufraga después de una generación; cuando la generación sucesiva, por otro sino de nuestra misma historia, vuelve su mirada hacia atrás como la mujer de Lot. Deja ella, incluso así, como lo muestra la terca realidad, a un pueblo que finalmente se acostumbró a vivir en libertad.

El desafío civilizador citado y el acicate que a mi juicio plantea El Prisionero Rojo, desde sus entrelíneas, con sus fardos, no será imposible de acometer y lo prueba nuestra historia próxima. Pero no es agua de miel y será obra de la constancia.

correoaustral@gmail.com