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Cuidado con lo que pides | Por @marujadagnino

www.codigovenezuela.com 21 de Octubre 2013

En Venezuela no tenemos aún libreta de racionamiento, pero el racionamiento existe, al menos en la tierra de Arias Cárdenas de modo explícito, y de manera indirecta en todo el país 

Hoy más que nunca amanecí recordando ese proverbio chino que dice: “Ten cuidado con lo que pides, no vaya a ser que se te cumpla”. Anoche vi un espantoso video grabado en un automercado Bicentenario de Maracaibo, en el que una persona hacía la mamá de las colas para comprar aceite y un miliciano la sacaba casi empellones porque la semana anterior ya había comprado. Todo esto con la cédula del usuario en la mano junto a una paca de documentos de identidad, tal como hacen en los centros de votación, en ese caso para asegurarse los votos de los beneficiarios de las misiones, asalariados del régimen y afines. ¿Verdad, Maripili? Así es como ellos “aman” al pueblo, con un “amor” perverso, posesivo, violento, indigno.

En Venezuela no tenemos aún libreta de racionamiento, pero el racionamiento existe, al menos en la tierra de Arias Cárdenas de modo explícito, y de manera indirecta en todo el país. Aunque el dictadorzuelo haya dado la orden por televisión al gobernador del Zulia de parar el proyecto de poner un chip para controlar la compra de insumos de uso doméstico como el que se usa para racionar la gasolina, el racionamiento sí existe en los automercados del Estado. O el presidente no tiene ninguna autoridad o nos está tomando el pelo.

Todo en Venezuela está racionado. La libertad está racionada. La vida está racionada. Pero lo que vimos en este video es grotesco. La manera en que unos milicianos humillan a sus hermanos, gente humilde contra gente humilde, tal como ocurre en la Cuba de Fidel y Raúl, y como sucedía en la URSS, en la España de Franco, en la Alemania de Hitler. La maldad está sembrada y la Banana Republic está dando sus dividendos aunque, claro está, sin las bananas, sin papa, sin yuca, sin leche, sin carne, sin pollo, sin caraotas… Daba risa, por cierto, escuchar a Maduro decir que Venezuela debía producir sus caraotas. Pero si fue bajo el gobierno de su comandante eterno que se hicieron las expropiaciones (ejemplo que él sigue tercamente a pesar de que comprueban una y otra vez que eso no funciona, o tal vez por eso mismo) que dieron como resultado el aniquilamiento de la producción nacional.

Fue bajo este régimen que el heredero (al peor estilo de las monarquías con todo e intrigas) ahora personifica, que se aplicó hace más de una década un control de cambio que solo ha logrado que la producción deje de ser un negocio para nadie. Es que no hay que ser economista para saber que ningún emprendedor, ningún empresario está dispuesto a invertir en dólares para “ganar” en una moneda que se devalúa todos los días. Y luego dicen que la crisis es culpa de los viajeros, muchos de ellos desempleados, que salen a ver cómo se arreglan un poco la vida raspando la tarjeta para al menos costearse el pasaje y el alojamiento, o garantizarse aunque sea dos o tres meses de subsistencia. Y conste que no estoy llamando a infringir la ley, pero estoy criticando unas leyes que solo traen más corrupción.

En este cuadro de injusticia profunda en el que uno acaba preso en su propio país porque percibe un sueldo en una moneda que no tiene valor alguno en ninguna nación del mundo, y poseer divisas extranjeras está criminalizado mientras representantes del gobierno viajan con maletines repletos de billetes verdes o cheques cuyos montos son impronunciables, y las personas amanecen haciendo cola en los automercados “para ver qué sacan hoy”, la vida deja de tener algún valor y comienza a despertar la territorialidad animal, la ley de la selva, la anulación de los principios y valores. Caminar sobre un moribundo para saquearlo o los atracos masivos en las colas de las autopistas se han vuelto un asunto cotidiano. Y todo gracias a la mala cabeza de estos gobernantes que se han dejado “inocular”, o más bien se han entregado a las ideas anticuadas y fracasadas del comunismo cubano. Fracasadas, digo, como sistema social, pero muy exitosas para las mafias que trafican con la ideología para establecer sus multimillonarias franquicias “socialistas”, como bien lo dijo ya Elides Rojas.

El socialismo del siglo XXI no es otra cosa que el comunismo del siglo XX.

Lo realmente malo es que esta estrategia ha sido diseñada para hacer fracasar la voluntad. En una sociedad donde nadie es recompensado por su esfuerzo más vale enchinchorrarse. En una sociedad donde las leyes no se cumplen, delinquir se vuelve el modus vivendi; en una comunidad sin futuro abundan la depresión y el vicio, y una suerte de malsana resignación se apropia del colectivo y le hace bajar la cerviz.

Es una fórmula conductista en la que todos acaban convertidos en el perro de Pavlov. Deja a la gente sin alimentos, sin bienes, y hará lo que sea para obtenerlos. Si estos bienes están en manos de unos cuantos, y esos cuantos representan al Estado, la gente venderá su alma (su madre, sus hijos, su vecino, su mejor amigo, su abuelita) a cambio de las migajas.

Como en Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago, Venezuela ha sido poseída por la irracionalidad. Atacada por una epidemia de ceguera y sumida en un universo de tinieblas. La sociedad devino un ámbito peligroso y violento, un túnel detrás del cual parece no haber ni siquiera una vela. Vivimos en una cárcel de 916.445 km² con todo y pranes, y estos están todos enchufados.

Las amenazas contra Henri Falcón por haber insinuado que estamos cerca de un cambio en el gobierno nacional, lo que ha sido interpretado como un llamado a golpe, no se extienden solo a los políticos. En los barrios hace ya varios años que ser de oposición supone una exposición a la violencia de parte de los guapetones de franelita roja. Sonar una cacerola o criticar al gobierno en los barrios hace tiempo ya es causa de asesinato, de linchamiento, de cualquier tipo de violencia.

El gobierno ha introducido muy bien la palabra “inocular” en el seno de la sociedad venezolana y la aplica muy bien en la práctica. El difunto y sus seguidores son artistas de la inoculación del odio, y mientras tanto en el extranjero somos la comidilla, un circo con todo y payasos, y domadores maestros en el arte del conductismo. Somos un circo que alimenta a diario las páginas de una prensa que nos mira sin el más mínimo ápice de conmiseración. Valemos millones de dólares en las ventas de primera plana, en el chismorreo de la prensa amarillista internacional, ante la mirada complaciente de organismos internacionales tomados por la burocracia.

Venezuela tiene ya casi quince años advirtiendo que vivimos bajo una dictadura, pero nadie nos creyó o nadie nos quiso creer porque al fin y al cabo somos unos sudacas que solo servimos para producir el petróleo que otros se ahorran. Aquí se le pone una bomba a un mural de Léger en un recinto que ha sido declarado por la Unesco patrimonio de la Humanidad (eso quiere decir que no solo le pertenece a Venezuela sino al mundo) y a nadie parece importarle. Qué podemos esperar de las vidas que a diario se cobra la delincuencia.

La Guardia Nacional Bolivariana asesina a indigentes en la calle, incluso funge como sicariato y acribilla a madres y niñas inocentes en plena calle. El Cicpc acribilla “por error” a hijos de diplomáticos extranjeros, y no hay represalias legales. Y a nadie le importa. Valemos muchos centrímetros/columna. Esa es la perversión de la noticia.

Todo esto viene a cuento porque recordé que yo misma estaba furiosa con la alternancia adeco-copeyana, su corrupción e incapacidad para crear una nación que no dependiera de algo tan efímero como su petróleo, de lograr una sociedad equitativa en la que todos vivan bajo un techo seguro, tengan acceso a un sistema de salud eficiente, a una educación de calidad y a un sistema de seguridad social, como único camino a la paz. Y yo misma, invadida por la rabia y la impotencia, llegué a pensar que nos merecíamos un gobierno que pusiera orden en esta pea. Y aunque no voté jamás por este gobierno debo vivir todos los días con el arrepentimiento de haber pensado con tal ligereza. Reconozco que el difunto me conmovió un día con su discurso sensiblero (todos llevamos la telenovela por dentro). Y ahora no pasa un solo día en el que no me diga a mí misma, secretamente: “Ten cuidados con lo que pides, no sea que se cumpla”.

Resignarnos es lo peor que puede pasar. Yo no sé hasta qué punto el gobierno hace trampa en las votaciones. Tendremos que enfrentar una vez más el hecho de que harán lo posible por sacar a los testigos a punta de pistola, migrarán a última hora centros electorales para que los testigos de la oposición se confundan y no lleguen, crearán centros el día mismo de las elecciones en los que desconectarán las máquinas captahuellas y nos meterán quién sabe cuántos votos falsos (y siempre habrá quien lo justifique porque en la guerra y en el amor todo vale, y esto es una “guerra ideológica”); pondrán a votar a chinos, cubanos y muertos, pero hay que decirles claramente lo que pensamos. Cuando ellos vean sus números reales se arrecharán (ah perdón, verdad que esa palabra ahora también es una incitación a la violencia), profundizarán su odio y su represión, si es que antes su habilitante de pacotilla y mal habida no les sirve de instrumento para implantar elecciones falsas a la cubana y terminar de dar el golpe, la estocada ¿final?

A quienes aun se encuentran en la otra orilla, les sugiero que dejen de tomar decisiones alimentadas por la rabia. No hay peor enemigo que las emociones a la hora de decir cosas trascendentales, porque así es como se cometen los suicidios. Y ya de eso, como país, hemos tenido bastante.

 @marujadagnino | @CodigoVenezuelaScreen Shot 2013-10-21 at 10.37.01 AM