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DESDE EL PRINCIPIO 10 guías sobre lógica política / AMÉRICO MARTÍN -TalCual 22 junio 2013

“La esencia de la política, su naturaleza, radica en que siempre y en todo lugar es ambivalente”  Maurice Duverger

Emil Littré definió la política como ciencia. Paul Robert, como arte. Si me tocara zanjar la discusión optaría por la cómoda respuesta ecléctica: es las dos cosas, pero serán la improvisación, la intuición, el pálpito, los determinantes en cada momento del peso de una o de la otra. Como ciencia, la política se fundamenta en datos, números, hechos comprobables. Como arte, en “olfato”, sutileza y sentido de la oportunidad. Hay pues una lógica tradicional, científica y una lógica intuitiva, “artística”. A veces no es posible que coincidan y entonces una sana y bien adiestrada dirección política deberá escoger

Como no estoy escribiendo un tratado de Lógica, no citaré a Aristóteles, Averroes, Kant o Hegel. Hablaré de la lógica natural, la destreza común de razonar sin esgrimir datos científicos. En nombre de ella, se reprocha a Capriles la supuesta enormidad de llamar a participar en las elecciones de 8D, pese a haber denunciado un fraude en las de 14A. Ese llamado ­enfatizan- no resiste el silogismo lógico porque se es o no se es. Si usted dice que en abril hubo un fraude no puede convalidarlo en diciembre. Es ilógico, por decir lo menos. Y sin embargo, en lo que sigue demostraré que desde el punto de vista del arte político es perfectamente lógico.

El objetivo de la política es el poder. ¿Alcanzarlo para qué? Ahí se bifurcan los caminos: para instalar una dictadura mesiánica, enriquecerse y colmar el apetito del mando, o para desarrollar un país en libertad, con alto nivel de vida y sometiéndose ­humildemente-a la alternación del poder y las exigencias de la democracia.

Ambas fórmulas pueden haberse ajustado a la lógica para lograr sus fines, aunque una sea inmoral y la otra moral.

En busca de ese objetivo, la lucha política se libra todo el tiempo en muchos espacios. Los desniveles culturales -según los lugares- son profundos, las motivaciones también. Hay que adaptar el lenguaje. Las razones válidas para unos pueden no convencer a otros. La Autonomía Universitaria le dice más a ciudadanos, docentes, estudiantes y trabajadores de la educación, que a comunidades indígenas o pobladores diezmados por el hambre y el desempleo. Pero todo es importante. La autonomía, calmar el hambre, combatir la discriminación étnica por razones de sexo y de minoría marginada. En todos hay que ganar voluntades, reunir mayorías.

La pelea por pulgadas en tantos tableros simultáneos impone flexibilidades, siempre que sean compatibles con la moral política si es que nos referimos a demócratas sinceros. La lógica natural podría conducir a calles ciegas, a embarcar todo el cacao en una sola batalla final, a disputar en el terreno del otro, y abandonar retos y oportunidades alegando incompatibilidades formales. Sus propiciadores a veces reducen el asunto a un desahogo emocional.

El fraude nunca es absoluto: no ocultó el descomunal crecimiento de la oposición y el enorme desconcierto de los cuestionados ganadores. El “perdedor” emergió unido, consciente por primera vez de su condición de mayoría, con un líder y provisto de tarjeta única. El “ganador” quedó dominado por el amargo sabor de la derrota. Típico caso del perdedor-ganador y del ganador-perdedor.

Los manejos maliciosos tampoco pudieron evitar la derrota oficialista en un referendo, ni la elección de Capriles, Ledezma, Henri Falcón y otros odiados “apátridas”. Porque para saber cuánto puede lograrse, cuánto obtenerse, es menester meterse en la candela con argumentos sólidos y tenacidad animada por el hambre de la victoria.

Abstenerse de votar en nombre de la lógica natural es abandonar espacios y con ellos a los venezolanos, a quienes no puede serles indiferente que la Alcaldía Mayor sea dirigida por ese excelente líder que es Antonio Ledezma y no por cualquier fundamentalista dominado por el odio, o que en el Municipio Sucre el alcalde sea el gran Ocariz y no el lamentable Ojeda, para poner solo esos ejemplos.

Además de una lógica política hay una moral de esa índole. ¿Niegan la lógica natural y los principios morales? Para nada. Tienen ámbitos propios, pero no se excluyen.

Por ejemplo: la corrupción es aborrecible.

En nombre de la Moral es justo castigar a todo corrupto al mismo tiempo y sin distingos, pero en nombre de la política el asunto es ligeramente distinto. Caben los gradientes. Centrando el ataque en la cumbre del poder corrupto, podrá dejarse de lado o llevados a lavarse las manos a quienes estén en las orillas. Y por eso la victoria política supone reducir el campo contrario, silenciar baterías, desarbolar de respaldos y seguidores al adversario, cosa que no ocurriría si se usan las armas de la crítica contra todos al mismo tiempo. El resultado sería bien inmoral desde cualquier punto de vista: la perpetuación del poder.

10 Hay muchas definiciones de lo que sea la política. Aportaré una mía, puramente instrumental: si quieres impulsar desde el poder un cambio debes ganar a todo el que puedas ganar, neutralizar a quien no puedas ganar, y enfrentar a quien ni siquiera puedas neutralizar. La MUD debería atenerse a esa regla. Se ha consagrado al cambio progresista y no puede regalarle espacios ­en este caso los municipales- a quienes pretende sustituir. En nombre de cierta moral la política como arte-ciencia suele ser injustamente cuestionada. Pero tomemos el caso y preguntemos: ¿Será preferible hundirse en la fetidez agitando vigorosamente el banderín de los “principios”?