EDITORIAL Alonso Moleiro @amoleiro | Una líneas finales para Pedro Llorens

Screen Shot 2015-07-10 at 12.25.56 PM Screen Shot 2015-07-10 at 12.25.37 PM

 

No recuerdo cuándo fue la última vez que vi a Pedro Llorens. El paso de los días, transformados en años, se lo fueron llevando. Aquel amigo cercano y cálido de los años de El Nacional comenzó a alejarse a una velocidad que ahora no me canso de lamentar, hacia el año 2007, cuando sobre la vida de ambos, pero sobre la mía en particular, se iban a presentar nuevas eventualidades laborales y nuevas circunstancias cotidianas.

Aquel sujeto parco y tímido no usaba celulares, no respondía correos electrónicos, porque sencillamente no los leía.

Como si viviera en 1979, dejaba, en cualquier caso, el número de su casa, e invitaba al interesado a dejarle un recado: al regresar, de noche, podría devolver la llamada.

Cuando, en el año 2006, Pedro publicó “Contra Chávez”, me regaló un volumen y me puso esta dedicatoria: “Para Alonso Moleiro, quien forma parte de una amistad especial que abarca tres generaciones.” Pedro era de San Bernardino, frecuente visitante de la casa de mis abuelos, compañero de estudios de mi padre en el Colegio América. Luego militaron juntos en política y fueron grandes amigos.

Sus padres fueron unos emigrantes catalanes que llegaron al país tras la guerra civil. Republicanos españoles que sembraron en Pedro -“Pere”- un espíritu libertario y un amor por la desobediencia.

Luego de haber pasado años escuchando historias en las cuales estuvo metido, lo conocí hacia 1998, cuando recién ingresaba a El Nacional.

Como quien reconoce a una especie de pariente existencial, nos hicimos amigos de inmediato.

A partir de entonces, durante los siguientes ocho años, y a pesar de la diferencia de edad, iniciamos una regular, sólida y fértil relación laboral y personal, zurcida con una ráfaga kilométrica de conversaciones al pie de una barra, tomando café en uno de los cuchitriles que existían en torno a la vieja redacción de El Nacional, en la esquina de Puerto Escondido.

Historias menudas de los años de la guerrilla; crónicas parlamentarias de todos los tiempos; chismes y clásicos de la política venezolana; títulos inolvidables; campeonatos mundiales; escándalos, viejas ancédotas y glorias de salas de redacción que ya no existen, como La Esfera, Almargen, Bohemia y La República. Grandes periodistas como Euro Fuenmayor, Cesar Messori, Rodolfo José Mauriello o Leopoldo Linares. Sobre todo eso y más divagaba con Pedro, en rigor un caraqueño de los años 50, aquel sujeto seco y amargado que destilaba al mismo tiempo una extraña bondad silenciosa y un cariño inexplicable por este país.

“Un buen titulador”, me dijo una vez, “tiene que saber darle la vuelta a una noticia”. Quería decir que los títulos generaban subproductos; que en el fondo de todo texto subyacen con frecuencia nuevas eventualidades para nuevas portadas.

Como si fuera una especie de mago, a él acudían periodistas de todos los estratos a escuchar sugerencias en torno a reportajes en desarrollo.

Pedro alternaba sus raptos de hosquedad e impaciencia con delirantes momentos de felicidad en aquella inolvidable y divertida vieja redacción de El Nacional, amorosa y solidaria, donde cualquier excusa era buena para armar una fiesta pero nadie dejaba de atender con enorme mística y compromiso sus responsabilidades. Un sitio en el cual muchos habrían querido trabajar.

Se fue, pues, sin avisar, Pedro Llorens. Su muerte nos tomó por sorpresa.

Lo recordamos, y lo lloramos. Se van momentos felices, afectos; postales congeladas en portafolios personales y que no olvidaremos jamás. Se va sin dudas toda una página del periodismo venezolano.