EDITORIAL @analitica | El lenguaje que pervierte

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El hablar bien ayuda a construir nexos positivos y a educar a las personas en las reglas básicas para convivir bien en sociedad. El mal hablar y, en particular, el utilizar las palabras para descalificar, tiene efectos nocivos para la sociedad porque contribuye a romper los vínculos sociales preexistentes.

Chávez instauró una práctica consistente con la que cambió el sentido lógico del idioma. Muchas palabras que etimológicamente significaban algo común, tanto para hombres y mujeres, las convirtió en masculinas y femeninas, como presidente/presidenta; médico/médica; estudiantes/estudiantas; cadetes/cadetas y pare de contar. Quiso cambiar el castellano para democratizarlo y lo que logró fue corromperlo.

Pero Chávez también apoyó y aupó el mal uso de la palabra al referirse al adversario político como; escuálido, fascista, vende patria, derechista, contrarrevolucionario, etc. Y tampoco pueden olvidarse ejemplos como “freír las cabezas de los adecos”, “Marisabel esta noche te doy lo tuyo”, “si yo tuviera hambre también robaría”, “los sacerdotes tienen al diablo debajo de la sotana”, y tantas otras muestras de lenguaje abusivo, despectivo y agresivo.

Para construir país se requiere usar bien nuestra lengua y, sobre todo, pensar antes de hablar, y eso es fundamental para quienes dirigen, porque el ejemplo proviene de los que mandan. Si queremos salir de la crisis es indispensable dejar de adjetivizar, limitar al máximo el uso de palabras disonantes, reducir la duración de la palabra presidencial en los medios de comunicación masivos. Es importante comenzar a hablar de concordia, unión, responsabilidad, progreso, solidaridad, amor al prójimo y de fe y optimismo sobre el futuro de nuestra nación.

Estamos atravesando un periodo muy difícil de nuestra historia, pero es solo eso, y estamos convencidos que aún nos quedan suficientes reservas morales para iniciar el camino de la creación de una nueva Venezuela, en la que la palabra que nos guíe sea la del amor al país, de la solidaridad con todos para ayudar a superar la crisis, de la indispensable armonía para restablecer la reconciliación y sobre todo la responsabilidad de unir esfuerzos para erradicar el mal hablar como praxis social.