EDITORIAL @analitica | La intolerancia

SEPTIEMBRE 11, 2017Screen Shot 2017-09-11 at 12.28.13 PM

Hemos visto en estos últimos años las consecuencias nefastas de practicar la intolerancia, supuestamente justificándola en razones de corte ideológico.

Todo sistema político con pretensiones totalitarias necesita, para encontrar su razón de ser, crear una dicotomía que separe los buenos de los malos. Así lo hizo Hitler con los judíos, gitanos, homosexuales, enfermos mentales, todos ellos, los malos, que ponían en peligro a los buenos, la raza aria.

En el caso del comunismo sovietico los malos eran la nobleza, la burguesía, los pequeños propietarios rurales, y los buenos el proletariado, aunque en la alta dirigencia del partido había importantes miembros que formaban parte de esos sectores sociales despreciables.

En Cuba, en sus primeros pasos, la revolución logró que la clase media huyera y fue de allí en adelante descalificada con el remoquete de gusanos. Pero también recibieron lo suyo los homosexuales, los miembros del 26 de julio, los batisteros, los amantes del rock y otras personas que no aceptaban que Fidel Castro fuese el único líder.

En nuestro país los buenos eran todos los que seguían al comandante eterno. Los malos, los llamados escuálidos, apátridas, contrarrevolucionarios y, en particular, el imperio.

¿Puede Venezuela reconstruirse con este tipo de sociedad dividida artificialmente o debe intentar superarla para, unidos, poder hacer lo necesario para hacer viable a nuestro país?

El rector de la UCAB, el padre José Virtuoso, ha venido impulsando una plataforma que haría posible el reencuentro entre sectores del chavismo crítico y la oposición democrática, pero eso solo se logrará si nos convencemos que la dicotomía entre malos y buenos solo nos lleva a más destrucción. Aquí lo que necesitamos es un proceso de transformación en acción, con el que identifiquemos las causas de nuestra miseria, y nos pongamos de acuerdo en qué medidas adoptar para superarlas.

Venezuela debe volver a ser un país plural en el que sea legítimo tener opiniones diferentes, pero capaz de resolver, cuando sea necesario, los problemas que pongan en peligro nuestra propia subsistencia como nación. Está en nosotros la posibilidad de hacer que eso no sólo sea posible, sino que sea la realidad.