EDITORIAL @analitica | La lucha continúa

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Hay momentos en la historia de la humanidad en los que los pueblos reaccionan ante las vejaciones, las mentiras, las opresiones, la desfachatez y las represiones con las que una pequeña clase dirigente ha usufructuado el poder, no en beneficio de las mayorías, sino de lo que Djillas denominó la nueva clase. 

Uno de los ejemplos más notorios fue la pretendida revolución bolchevique, que no fue otra cosa que un golpe de estado que dio Lenín para acabar con el intento democrático en Rusia, después de la caída del corrupto régimen de los zares. 

El mito, todo el poder para los soviets, no era otra cosa que consolidar el dominio de la minoría bolchevique y justificar la eliminación de toda otra forma de organización política. Por cierto, no hay que olvidar que lo que hizo Lenín con los otros partidos, lo perfeccionó Stalin al asesinar a la mayoría de los dirigentes bolcheviques para instaurar su tiranía, de corte zarista, con un pequeño núcleo de serviles y acólitos burócratas políticos. 

No es muy distinta la historia en la llamada revolución cubana, en la que si bien no habían ya, durante la dictadura de Fulgencio Batista, partidos políticos funcionales, sí existía la resistencia activa del movimiento 26 de julio y del disminuido partido comunista cubano en las principales ciudades de la isla, mientras Fidel y Raúl llevaban a cabo la lucha de guerrilla en la Sierra Maestra. 

A la caída de Batista y entrada triunfante de Fidel a la Habana, se dio inicio siniestramente no sólo al asesinato de los llamados batisteros, sino también a la purga y a veces eliminación física de muchos dirigentes del movimiento 26 de julio, para así constituir un nuevo partido único, hecho a su imagen y semejanza, con sus compañeros de lucha en la montaña que se plegaron a su forma autocrática y narcisista de gobernar. De una u otra manera Fidel se quitó de encima a figuras importantes de la insurrección como Camilo Cienfuegos, Huber Matos, Pedro Boitel, Raúl Chibás y José Pardo Llada, para implantar un partido único al estilo de Stalin y crear un sofisticado mecanismo de control y de represión que impidiese el surgimiento de cualquier expresión política disidente. 

En nuestro país la llamada revolución bolivariana nunca ocultó su deseo de crear un partido único e implantar un control absoluto sobre la sociedad venezolana, pero la resistencia democrática no le permitió alcanzar la totalidad, aunque sí pudo imponer una hegemonía en los principales medios de comunicación social, controlar la mayoría del movimiento sindical, disminuir y fragmentar el poder de las organizaciones políticas y empresariales, y lo más grave, politizar a la Fuerza Armada Nacional. 

Hoy vemos en el país un resurgir con fuerza a una sociedad civil que desea restablecer una democracia plena y funcional, en las que no haya predominio absolutista de un partido político, sino un Estado plural en el que exista una auténtica división de poderes y que se respete la diversidad de pensamiento y de expresión de las más diversas ideologías. 

Esa lucha ha sido y seguirá siendo dura, dejando lamentablemente en la vía a muchos fallecidos y encarcelado a un número cada día mayor de venezolanos, pero la voluntad democrática de la inmensa mayoría de los venezolanos terminará por vencer y se impondrá en nuestro país un gobierno que sea de verdad para todos, sin exclusión, en el que se sienten las bases para la construcción de un nuevo orden político y social basado en la tolerancia, la inclusión, la justicia social y en la generación de fuentes de trabajo dignos. 

Esto puede ser un sueño, pero precisamente ese tipo de sueño fue el que tuvo Martin Luther King. Hoy un número cada día mayor de venezolanos soñamos en que sí se puede y se podrá hacer de nuestro país un proceso de transformación en acción, que traerá la paz, la prosperidad y el crecimiento equilibrado y justo de nuestra nación, logrando al fin la convivencia pacífica entre las distintas y diversas concepciones ideológicas existentes.