EDITORIAL @analitica | ¿Qué es un golpe de Estado?

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Este concepto político tiene su origen en la Francia del siglo XVII refiriéndose a las medidas violentas y súbitas tomadas por el monarca, haciendo este caso omiso de las leyes y normas morales que regían entonces en esa sociedad. La excusa utilizada por el rey era la de mantener la seguridad del Estado, excusa utilizada luego por la mayoría de los golpistas latinoamericanos durante el siglo XX, y como  vemos ahora, de manera más sutil, pero igualmente condenable, en pleno siglo XXI.

Hay naturalmente diversas modalidades de golpe de Estado como cuándo, por ejemplo, el 4 de Febrero de 1992, un grupo de tenientes coroneles del ejército venezolano dirigidos por  Hugo Chávez Frias intentó, sin éxito, derrocar al gobierno constitucional del Presidente Carlos Andrés Pérez.

Otro repudiable ejemplo, en este caso exitoso, fue el golpe del general Pinochet al Presidente Allende.

En 1930 fue publicado un libro escrito por Curzio Malaparte, titulado Técnica del golpe de Estado, qué pasó a ser un manual para que algunos gobiernos calificaran como intentos de golpe de Estado a acciones de lo que hoy se denomina sociedad civil, que mediante sus protestas y manifestaciones pretendían generar un caos social y, con este, la caída del gobierno.

En la Venezuela de hoy se ha perfeccionado el concepto al aplicar lo que se denomina un golpe de estado continuado, que consiste en socavar, desde el poder ejecutivo, y con el apoyo de otros poderes del Estado, el organismo por excelencia de la expresión de la voluntad popular: la Asamblea Nacional, y hacer lo mismo con cualquier institución no controlada políticamente por el partido dominante, como pasó con la Alcaldía Metropolitana de Caracas. Otra manera de perpetrar ese golpe continuo contra las instituciones democráticamente electas, sean estas gobernaciones o alcaldías, ha sido restringirles arbitrariamente el presupuesto de ingresos y, hasta crearles gobiernos paralelos ampliamente dotados de recursos.

El primer paso dado para completar el golpe fueron las sentencias de la Sala Constitucional, que no llegaron a alcanzar plenamente su cometido, por la intensidad de la reacción adversa tanto a nivel nacional como internacional.

Ahora estamos entrando de lleno en la nueva etapa, a través de la convocatoria por parte del Presidente de la República, a una Asamblea Constituyente corporativa, que por cierto tiene un funesto antecedente, nada menos que el regimen fascista de Benito Mussolini.

Esta Asamblea gremial, basada en categorías sociales predeterminadas por el gobierno, va en contra del principio fundamental de toda Constituyente, la cual debe ser la expresión del pueblo soberano, manifestada a través de elecciones universales y secretas.

Una Asamblea en la que es el Presidente el que establece el número de asambleístas, por cierto con 4 veces más miembros que la de 1999, y determina quiénes pueden y quiénes no integrarla, en función del interés político del régimen, es a todas luces antidemocrática, anticonstitucional, y no puede recibir otra denominación que la de ser un golpe de estado definitivo para desmantelar lo que queda del orden republicano