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EDITORIAL De las camisas voladoras de Maduro / Fernando Rodríguez -TalCual 6 junio 2013

Screen Shot 2013-06-06 at 7.54.23 AMLa paranoia es una enfermedad psíquica que podría definirse con la expresión más usual de manía persecutoria. 

Más de un análisis la ha vinculado, entre otras muchas variantes, al uso perverso del poder, al autoritarismo. Y es natural que así sea, al menos por dos razones. Una, más política, que indica que si el poder se centraliza en pocas personas, sobre todo en una, se tema que un atentado contra esa viga maestra acabe con todo el edificio que soporta. Otra, más psicológica, que señala que quien utiliza abusivamente del poder suele padecer de narcisismo, egolatría, y por ende teme sobremanera por su augusta humanidad. Que esto es así baste hurgar un tanto en la vida de los autócratas para constatar los aguzados temores y las desmesuradas medidas de protección de las que se hacen acompañar. Un ejemplo típico es Fidel que logró vencer centenares de atentados de los más entrenados servicios secretos y algunos amateurs desesperados.

El cuestionado presidente Maduro parece padecerla en muy alto grado, mayor a su mismo Padre que parecía tomar los numerosos atentados y conspiraciones imaginarios de que decía ser objeto con más espíritu deportivo y con fines políticos más visibles. Lo primero que se le ocurrió fue que el fenecido no había muerto naturalmente de una enfermedad que afecta a millones de humanos sino que ésta le había sido inoculada por una mano muy peluda de algún agente imperial, lo cual causó gran hilaridad en los medios científicos.

Y ahora él mismo está en la mira de alguien, siempre sin nombre, que le va a aplicar un veneno, de efectos a largo plazo para más señas, para impedir que gobierne por largos años. Para no hablar de las innumerables conspiraciones, con asesinato incluidas, que lo asedian desde los más diversos lugares del globo, la última desde Bogotá, recuerden al Mariscal de Ayacucho, con la complicidad de las altas esferas del Gobierno colombiano, todo ello porque Santos decidió tomarse un cafecito con Capriles. Y que ahora se completa con los probables convenios de la hermana república con la perversa OTAN que no son sino un preludio a una invasión a nuestras tierras americanas. Olvidando, de paso, la internacional de gorilas que montó Chávez con cuanto bárbaro hay o había en este mundo, uno de ellos atómico. Además, todo ello sazonado por ese estilo cursi que le es propio: que Santos le clavó un puñal en la espalda a Venezuela es una frase que le hubiese encantado a Delia Fiallo.

Se dirá que lo anterior es, en buena medida, asunto personal y allá él con sus fantasmas y temores. Pero no, lo cierto es que tal padecimiento, vivido y/o fingido, tiene un uso político muy concreto que puede tener desastrosos efectos para todo aquel que ose cuestionar en cualquier ámbito al autócrata asediado. Eso lo convierte, ipso facto, en cómplice de los criminales designios en proceso. En el mejor de los casos en un “desestabilizador” que coadyuva a crear las condiciones para el magnicidio o el patricidio.

Si usted dice que cuidado con el H1N1 o que no encontró azúcar esta mañana en el abasto o que las universidades agonizan o que los muertos sí salen a votar está poniendo su piedrita para el crimen o el genocidio, y prepárese. Este, evidentemente, sí es un truco sucio y un peligro público que estamos padeciendo. La verdad que es difícil saber dónde comienzan y dónde terminan el paciente y el represor, el temeroso y el agresor.