EDITORIAL Del éxito y del fracaso

Screen Shot 2014-09-11 at 5.56.15 PMLa movilización de la Diada fue notable, aunque eso no valida un proyecto ilegal y divisorio

La manifestación en “V” de la Diada catalana de ayer supuso un notable éxito organizativo para sus convocantes independentistas. Los esfuerzos de última hora lograron cubrir holgadamente el diseño; la capacidad de gestión de los movimientos de masas se volvió a demostrar impresionante; el clima de convivencia resultó incólume; y el acto fue un espectáculo estético. Pero no fue “la manifestación más masiva de la historia de Europa”, como pretendían los organizadores. Y lo que es más importante, esta movilización no da más legitimidad a un proyecto que solo conduce hacia la división y la frustración.

Las razones últimas de este resultado desbordan la preparación logística; son políticas. La implicación del Gobierno de la Generalitat en la convocatoria ha sido esta vez más apabullante que en anteriores ocasiones. Adelantó sus actos oficiales en beneficio de la manifestación; convirtió el discurso de su presidente, Artur Mas, en mensaje preparatorio; y desplegó un asfixiante apoyo de sus medios de comunicación a la convocatoria, celebración y balance de la “V”, lo que ha provocado una insólita protesta sindical interna, que equipara la otrora sólida TV-3 a otros agentes manipuladores como Telemadrid. Así, los actos de ayer no se debieron solo a la espontaneidad social. La hay, pero también conducida y organizada desde el Gobierno autónomo. ¿Qué habría ocurrido si le hubiera dispensado igual ignorancia que a la manifestación unionista de Tarragona?

Pero tampoco protestas tan nutridas pueden ser producto de la mera agitación de un Gobierno. El malestar continúa, porque dos años después, las reivindicaciones catalanas, sean estas las de una consulta, las de una reforma federal o las de un nuevo pacto fiscal apenas han hallado más respuesta oficial que la negativa o el silencio: lo contrario de una alternativa habitable para todos, especialmente para la minoría mayoritaria, la de quienes confían en una tercera vía autonomista alejada del secesionismo y del neocentralismo. Habrá que esperar, pues, a la reanudación del diálogo entre Gobiernos, pero cada día que pasa juega contra una salida concertada, como indica también —aunque sobre distintos parámetros— la dinámica escocesa.

Precisamente el hecho de que hayan transcurrido dos años sin obtener resultados ilustra cómo el éxito organizativo de unas convocatorias se compagina con el fracaso de la estrategia secesionista, basada en movilizaciones frontales. No se cosechan frutos; crecen los partidarios de la “tercera vía”; no surgen aliados políticos del proceso en el conjunto de España; el creciente interés mediático internacional no se acompaña de apoyos tangibles; sus líderes apenas logran superar los episodios de desunión, y alguno de ellos llama a una disparatada deriva ilegal del movimiento, mediante la desobedencia civil, apelando al ejemplo de Luther King: como si Cataluña sufriese un apartheid racial.

Mayor incompetencia política para gestionar el malestar real y encauzarlo constructivamente es imposible de encontrar.