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EDITORIAL Fernando Rodríguez LA POLÍTICA de la muerte
Lunes 13 de Octubre de 2014  | TalCual

Screen Shot 2014-10-13 at 7.43.20 AMEn estos momentos parecieran claras algunas cosas sobre esta especie de guerra entre y/o contra los colectivos paramilitares del chavismo. No hay que ser un avezado investigador policial para ver vínculos entre varios asesinatos que han afectado a personas en alguna medida relacionadas con esos grupos irregulares armados y que involucran igualmente a un sector del aparato policial gubernamental: sobre uno de los dos escoltas del diputado Robert Serra, asesinados recientemente, su madre ha acusado públicamente del crimen al entorno más cercano de su jefe; el asesinato de Juan Montoya, destacada figura del sector, el 12 de febrero de este año, por un miembro del Sebin, reconocido por la Fiscalía; el monstruoso asesinato de Serra y de su asistente en el cual, según la mayoría de las versiones circulantes, aparece ya involucrado al menos otro escolta de éste, y El Nacional del sábado habla extraoficialmente del robo de una gruesa cantidad de dinero como motivo del crimen; por último, el inocultable enfrentamiento del Cicpc contra un importante sector de colectivos que causó 5 muertos en sus filas, entre ellos el cabecilla José Odreman, quien exhibía en las redes fotografías con muy altos jerarcas del chavismo y poco antes de su muerte, por decenas de balazos, había responsabilizado al ministro del Interior de los sangrientos acontecimientos. Todos estos hechos, más las declaraciones y artículos de familiares y militantes afines que hablan, con ferocidad y resentimiento, de arteras acciones y acusaciones, ayer revolucionarios, hoy asesinos, del gobierno contra esas huestes civiles. De manera que no es osado concluir sobre la obvia interconexión de estos hechos y que una grave situación conflictiva se manifiesta en ellos.

Hasta aquí las certezas, lo elemental. Porque no resultan tan flagrantes las contradicciones implicadas en esos cruentos enfrentamientos y los objetivos de las partes. Estos podrían ir de un intento del gobierno, o de alguno de los engranajes que lo componen, con botas y charreteras, por ejemplo, para aniquilar esas fuerzas armadas paralelas y contrarias a toda ley y principio civilizado, hasta enconadas rivalidades internas entre grupos, encrespadas probablemente por la descomunal crisis económica y las eventuales políticas gubernamentales al respecto. O una combinación de ambas variables. Pronto lo sabremos porque el gobierno tiene que decir algo, por ejemplo, sobre esa batalla en pleno centro de la ciudad, contra amigos fraternos de ayer. Con todo y helicóptero. Y ese algo, por torcido que sea, permitirá descifrar más del trasfondo de todo esto que no es de poca monta.

Ahora bien, si algunas mentiras se develan, sobre el caso Serra, dado el ruido que ocasionó y la cuantía de las acusaciones hechas contra opositores, o no resulta convincente la explicación de la pequeña guerra de Quinta Crespo, la credibilidad del gobierno que para muchos no vale nada podría sufrir una vertiginosa baja en los todavía creyentes. Un significativo cataclismo.

Los tales colectivos (sí, ya sabemos que no son todos, que los hay pacíficos y activos socialmente), son de esos fenómenos típicos que pueden tener alguna verosimilitud cuando la conciencia colectiva está presa del delirio y de la sumisión muy generalizada e intensa, pero que se convierten en criaturas grotescas apenas algún viento benevolente diluye parte de la intoxicación colectiva. Nosotros creemos que el país espera la resolución de la tragedia, con la sensación de comenzar a despertar de una pesadilla indescriptible.