EDITORIAL La unión hace la fuerza

El éxito de la misión Rosetta sería impensable con los europeos por separado. Una lección para todos

Últimamente, cuando surgen dificultades de todo tipo en la política y la economía, las buenas noticias desde los ámbitos de la ciencia y la investigación nos devuelven la idea de una Europa capaz de demostrar la potencialidad de la unión de fuerzas dispersas en un proyecto compartido. Quizá esto pueda decirse también respecto a España misma. La llegada del módulo Philae a la superficie del cometa 67P/Churyumov-Gerasimenko, siete horas después de desprenderse de la nave Rosetta, es un logro descomunal si se piensa que la señal venía de un punto del espacio situado a 510 millones de kilómetros de la Tierra — más de 1.000 veces superior a la distancia que separa la Tierra de la Luna—, y tras un viaje de 6.400 millones de kilómetros.

Lo habitual es que las buenas noticias científicas estén relacionadas con la salud o las telecomunicaciones. Pero este logro sobresaliente de la Agencia Espacial Europea (ESA) ha sido posible gracias a la puesta en común de una gran cantidad de talento e iniciativa de científicos y tecnólogos de gran número de países, entre ellos España. En este caso, como en el descubrimiento del bosón de Higgs en el Laboratorio Europeo de Partículas Elementales (CERN), se ha demostrado que la cooperación de profesionales e instituciones puede poner a Europa en condiciones de competir con las otras potencias y ocupar un papel impensable para cualquiera de los países europeos por separado.

El cometa en cuestión, un minúsculo cuerpo celeste, viaja ahora en su vertiginoso periplo hacia el Sol con la nave Rosetta orbitando a su alrededor y con el módulo Philae sobre su superficie. Ambos artilugios no solo han sido capaces de llegar correctamente a su destino, sino que transmiten lo que ven y lo que detectan con sus instrumentos; eso sí, con un retraso de más de 28 minutos, que es el tiempo que tardan las señales, viajando a la velocidad de la luz, en llegar a nosotros.

Los cometas son trozos inalterados del material primordial del que nació el Sol, los planetas y los satélites. No han sufrido las modificaciones de los grandes cuerpos que conforman el sistema solar, como nuestro propio planeta, y de ahí que sean un material de estudio precioso para profundizar en las condiciones que permitieron, por ejemplo, la aparición de la vida sobre la Tierra. Si no hay contratiempos, podremos seguir de cerca y analizar los cambios que el cometa experimentará según se vaya acercando al Sol.

Este proyecto nos ilustra también sobre la conveniencia de no circunscribir la investigación científica a los imperativos del rendimiento a corto plazo. El proyecto Rosetta ha costado 30 años desde la decisión inicial y solo ahora puede visualizarse el éxito de la planificación. La ESA puede estar satisfecha por la espectacular consecución de un objetivo de gran dificultad, así como todos cuantos han contribuido con su esfuerzo y sus conocimientos. Y también el conjunto de los europeos, que tienen en esta misión un motivo más para creer en sí mismos.