Editorial | Las vueltas que da la vida (—¿)La madre de la patria(?—)

VIERNES 18 DE AGOSTO DE 2017Screen Shot 2017-08-18 at 8.30.14 AM

Las alegorías más conocidas de la patria presentan a una joven hermosa y esbelta, tapada por blanca túnica, tocada de gorro frigio y adornada por la bandera tricolor. Algunos la representan también en la figura de una india atractiva y juvenil, a cuyo lado se colocan los símbolos del escudo y los colores tradicionales de la república. Son muy conocidas estas estampas que se han repetido a través del tiempo y que ahora la señora presidente Delcy Rodríguez, por el papel que ella sola se ha atribuido, o que ha salido de un fraude electoral de grandes proporciones, merece con creces. El manejo con mano de hierro que hace de la llamada constituyente la hace digna de una iconografía que el vocabulario de la revolución está poniendo de moda.

No se ha conocido fémina más guerrera y entregada por entero, batalla tras batalla, desde los lejanos tiempos heroicos de Luisa Cáceres de Arismendi. La pobre Juana la Avanzadora queda más que pálida frente a los empeños políticos de la sucesora que ahora se sienta en un escaño ilegítimo para dirigir un congresillo espurio. Manuelita la libertadora del Libertador es apenas un remedo, ante las agallas de la señora que ahora se proclama como juez y verdugo en nombre de la república  bolivariana de Venezuela. Nadie de su género salió del campo federal, ni de las celebérrimas huestes zamoranas.

Tuvimos que esperar los tiempos del madurismo para que una representante de las mujeres pudiera suplantar las alegorías comunes sobre los valores patrios. Como ahora estrenamos una patria distinta, hecha a la imagen y semejanza del comandante Hugo Chávez y moldeada por las virtudes de Nicolás Maduro, nada mejor que ponerla a ella –casualmente la misma a quien Hugo Chávez le prohibió la entrada a Miraflores–, en el centro de un flamante y curioso imaginario que represente los rasgos de la república que nos ha tocado vivir.

Pero la alegoría debe ser atrevida, para que traduzca la magnitud del inmenso poder que la señora Delcy ha acumulado en su vertiginoso ascenso de burócrata mimada por la dictadura del siglo XXI. No deben repetirse las efigies virginales que nos han metido en los ojos desde el siglo XIX. No le cuadran las insignias que hasta ahora han mostrado las modosas matronas del pasado, sino elementos a través de los cuales se señalan sus ardores y sus descomedimientos. Algo a tono con las metas de la dictadura, sin llegar a la exageración, no en balde el autoritarismo se quiere vestir con clámide de procedencia romana para que no lo desnuden los desencantos del pueblo, o los ojos abiertos de los países latinoamericanos que esperan con impaciencia la aparición del nuevo álbum de figuritas maduristas.

Quizá la veamos pronto con marco dorado y paspartú ancho, metida en su nueva vestidura de madre conscripta, cuando la coloquen en la pinacoteca chavista que los llamados constituyentes acaban de inaugurar en el Capitolio para ludibrio del maestro Martín Tovar y Tovar. Navega triunfante y altiva en el mar de las mentiras, confiada y desafiante hacia el inevitable naufragio que le aguarda en la historia.