Editorial | Nada que perder y mucho que ganar —El paracaídas roto—

MARTES 22 DE AGOSTO DE 2017Screen Shot 2017-08-22 at 8.54.15 AM

En Venezuela, decía una periodista  por las redes sociales, no pasa nada y pasa de todo. De sorpresa en sorpresa vive la sociedad venezolana desde aquel día en que un militar paracaidista, en el sentido último y estricto de esta palabra –es decir, de los que se lanzan al vacío confiando en su buena suerte–, asumió la aventura o más bien el sueño de cualquier aventurero con cierta ambición y audacia, de reconvertir la democracia representativa en una nueva república bolivariana, con los valores, las normas y las leyes de aquella época de guerra, muerte y miseria.

Desde  luego y, como era de esperarse, el paracaidista jamás puso pie en tierra sino que siguió dejándose llevar por la dirección del viento que, para mayor desgracia, interpretaba como señales del más allá que le enviaba el héroe desde su tumba. Sobre esta ficción inició una cabalgata en retroceso, recogiendo los huesos y fingiendo recoger los verdaderos ideales bolivarianos traicionados por la democracia.

La muerte puso orden en lo que no tenía ni iba a tener un final feliz. Las grandes potencias por intermedio de sus testaferros penetraron en las redes nacionales y se materializaron en múltiples compañías legales o no, ficticias y hasta irreales en una secuencia capaz de enloquecer a cualquier investigador sagaz. Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que Al Capone era un niño de pecho en Chicago, o que la novela El Padrino es apenas un prólogo de la increíble imaginación y versatilidad que los venezolanos desarrollaron para insertarse en la nueva fiebre del oro, tal como ocurrió en California tiempo atrás, pero esta vez el oro era negro y nuestro, supuestamente.

La militarización de la ruta de los negocios petroleros obligó a las grandes compañías a establecer conexiones con los centros de poder militar y civil. Pero esta última parte era la más débil y lo mejor era no darle más poder a Ramírez que, de muchas formas y maneras, era débil ante una investigación en profundidad. Los riesgos eran demasiado grandes para Maduro, en tanto que no solo eran despachos de petróleo que superaban las cifras que se informaban a la OPEP sino que, para desgracia, se comercializaban en el mercado negro a precios incalculables. De hecho, tarde o temprano se sabría y así ocurrió. El subsidio que Venezuela hacía clandestinamente a Cuba terminó por quedar al descubierto. La traición a la patria quedó en evidencia: Maduro hacía pasar hambre a los venezolanos para complacer un compromiso ilegal y sumiso a una república extranjera.

Cuando comienzan las grietas entre el madurismo y el chavismo se conoce la realidad verdadera de quienes siguen a Maduro, a sabiendas de que ya no es el líder que puede conducir a todos los seguidores del PSUV y el Polo Patriótico, sino que se le tolera porque la batalla interna entre las diferentes facciones no ha decidido quién puede reemplazarlo. De hecho, en este momento es un barco a la deriva, una embarcación sin rumbo con un motín a bordo. Los venezolanos, si somos conscientes de esta deriva gubernamental, deberíamos avanzar hacia la exigencia de mayores libertades sin ceder ante cualquier promesa.