EDITORIAL » Refundar la política

La maduración de la sociedad española va por delante de la de los partidos

Cuando termine el proceso de constitución de Ayuntamientos y Comunidades autónomas, las fuerzas políticas comprobarán hasta qué punto los votos se habrán traducido en poder efectivo. Por encima de las incógnitas sobresale una certeza: la mayoría de los españoles no lamenta demasiado que las elecciones hayan reducido drásticamente las mayorías absolutas, según se desprende del sondeo de Metroscopia publicado hoy en este periódico. Los partidarios de repartir los votos superan a los que lo consideran negativo, y además aceptan como normal que los pactos sean diferentes en cada sitio.

Ante las próximas elecciones generales, las fuerzas con mayor cuota de respaldo (PP y PSOE) se encuentran en un pañuelo, según el sondeo; la tendencia de los populares es ligeramente alcista y los socialistas se recuperan, aunque lentamente, lo cual sugiere un reequilibrio de fuerzas entre los dos partidos. Podemos presenta una pequeña tendencia descendente y Ciudadanos aparece esta vez más descolgado en la intención de voto —si bien su líder, Albert Rivera, es el mejor valorado—. Pero los cuatro quedan lejos del nivel de respaldo que permita definir un claro ganador, lo cual representa un cambio muy importante respecto a los anteriores procesos que determinaron quién iba a convertirse en el inquilino de La Moncloa.

España necesita una refundación de las bases en las que se asienta el sistema de partidos, y es evidente que la corriente favorable a la negociación y al pacto es ahora dominante. La española es una sociedad democrática en maduración, convencida de que necesita una gestión política diferente para salir de la crisis. Ha desaparecido la idea de que el voto útil consiste en concentrar al máximo los sufragios. Y todos estos cambios de actitudes avalan el proceso emprendido en busca de acuerdos de gobernabilidad.

No hay que subestimar la existencia de minorías preocupadas por toda cesión programática, ni minusvalorar su capacidad de activismo a la hora de denunciar cualquier acuerdo como si fuera una traición. Pero está claro que los métodos que llevaron a la polarización y a la lucha de bloques, en la que se han empeñado las élites políticas durante demasiados años, tienen el rechazo de la mayoría.

La cuestión es si los partidos acompañan el proceso de maduración de la sociedad. Las urnas municipales y autonómicas del 24 de mayo no deben entenderse como un anticipo profético de las elecciones generales, pero sí aportan indicios, confirmados por la encuesta poselectoral. El Partido Popular, que es el que más tiene que perder por su anterior posición predominante, se ha puesto a trabajar los nervios de sus adversarios. No es preciso dejar el campo libre a quien sostiene de forma difusa que los ciudadanos han votado “cambio y no pacto”, como hace el líder de Podemos, cuando quizá han hecho las dos cosas; pero el jefe del Gobierno tampoco ha dudado en atribuir al socialista Pedro Sánchez las peores intenciones en caso de que su partido llegue a pactos con el de Pablo Iglesias. Los vetos de unos y otros van en la dirección contraria de las aspiraciones expresadas por la sociedad.

La dinámica democrática ha convertido a los partidos en los principales operadores del sistema constitucional, y esto no va a cambiar bajo las reglas parlamentarias, aunque los actores sean diferentes. De ninguna manera pueden hacer oídos sordos a esa considerable mayoría (60%) que se considera preparada para vivir las negociaciones y los pactos. El esfuerzo de responsabilidad de sus componentes determinará su futuro mucho más que la intransigencia.

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