EDITORIAL » Sálvese quien pueda

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La desconexión entre Génova y Moncloa potencia movimientos personalistas en el PP

Aunque Andalucía tenga un color político especial, lo que impide extrapolar sin más sus recientes resultados electorales, es la comunidad con mayor población (ocho millones de habitantes), por lo que esos resultados son como mínimo un sondeo con una amplísima muestra. De ahí la alarma que, a dos meses de las autonómicas y locales, han provocado entre los barones del PP, en particular entre los que gobiernan las comunidades en las que hay elecciones. Alarma por la magnitud de la derrota (pérdida de 17 escaños), pero también por la ausencia de una política clara de alianzas que les permita completar mayorías con las que seguir gobernando en los casos probables en los que pierdan las mayorías absolutas.

Prueba del despiste y de la falta de una estrategia adaptada a la situación actual, con dos nuevos partidos en liza, es el ridículo hecho en relación con Ciudadanos (C’s), su aliado más verosímil, burdamente descalificado por catalán y porque su líder se llama Albert. La rectificación del ministro Alfonso Alonso corrige en parte el patinazo al reconocerlo como posible aliado. Pero C’s puede formar parte tanto de una coalición de centro-derecha con el PP como de una de centro-izquierda con el PSOE, lo que implica definir los criterios de posibles acuerdos con ese partido en una visión de conjunto, pensando en las legislativas.

Es lo que los suyos reclaman a Rajoy tras el 22-M: orientaciones políticas, criterios sobre posibles pactos, respuestas a la demanda social de renovación de ideas y personas que sacude a todos los partidos. El discurso de Rajoy en el debate sobre el estado de la nación se resumía en la idea de que la austeridad y las reformas habían creado las condiciones que permitían compensar esos sacrificios con políticas más expansivas, capaces de recuperar el empleo y reforzar las prestaciones sociales sin subir impuestos. Ahora correspondería redefinir las prioridades de acuerdo con ese esquema y teniendo en cuenta que las autonomías son responsables de lo esencial del gasto social.

La convocatoria para este martes de la junta directiva nacional, integrada por cerca de 600 dirigentes y representantes públicos, parece ser un intento de demostrar receptividad a las inquietudes de la militancia y sobre todo de los candidatos. Es llamativo que algunos de ellos, como Esperanza Aguirre, estén haciendo campañas personalistas, en las que la marca PP apenas aparece. Y la vibrante reacción del entorno de la secretaria general, María Dolores de Cospedal, a lo que considera intentos de desestabilización del partido parece indicar un conflicto latente en el seno de Génova que no puede reducirse a los consabidos “problemas de comunicación”, eufemismo para referirse a la falta de ideas y liderazgo.

Aunque la concentración de cuadros del martes puede ser útil para reforzar la moral y evitar un “sálvese quien pueda” preelectoral, una reunión de 600 personas no es seguramente el marco idóneo para debatir en serio sobre tan importantes cuestiones.

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