Editorial | Una especie en extinción —El reducto de los gorilas

JUEVES 14 DE SEPTIEMBRE DE 2017Screen Shot 2017-09-14 at 8.31.27 AM

Perseguido por los cazadores, el gorila reduce paulatinamente su espacio de dominación. Cuando sus adversarios controlan cada vez más el predio en el que reinaba antes, debe buscar territorios seguros, pero cada vez más estrechos, para aferrarse a la ilusión de la hegemonía antigua. El cerebro no le da para pensar otra cosa, en especial cuando tiene la sensación de que el resguardo funciona. Por eso se siente tranquilo, aunque apenas marca un terreno cada vez más reducido para sobrevivir.

Grita cuando lo amenazan, salta y se arranca el pelaje, pero confía en el baluarte que ha levantado mientras la jungla ya no es el dominio que controló en el pasado. Los conquistadores del terreno vacilan ante la operación de tumbar los parapetos del resguardo, no en balde está en su centro un simio peligroso, pero no cesan en su búsqueda del dominio completo. 

Se usa ahora la referencia zoológica para hablar de la constituyente espuria que ha fabricado Nicolás Maduro. No es otra cosa que su último fortín, porque el territorio que antes dominaba se le fue de las manos debido a la torpeza y a la iniquidad de sus movimientos. No es sino el intento postrero de controlar la parcela que antes era ancha y segura, pero que ahora es cada vez más estrecha y ajena. No es sino un residuo del poder creado por el comandante eterno, cuyo sucesor se ha visto constreñido al territorio por el que circulan sus pasos distinguidos por la vacilación.

Debido a su deterioro, a los inmensos daños que ha causado a los venezolanos, la dictadura no ha tenido más remedio que procurar espacios de supervivencia entre los cuales destaca ahora la constituyente espuria. Se trata de una trinchera construida a la ligera, de una defensa de postrimerías, que trasmite una falsa sensación de fortaleza debido a las dudas de los adversarios. Tal vez han considerado esos adversarios que topan con una trinchera más alta de lo que realmente es, o los gritos de sus habitantes no les dejan de provocar temores, pero solo se trata de un reducto pasajero, de un salvavidas inflado de prisa ante la cercanía de una tempestad devastadora.

Los cazadores se llenan de precauciones frente a las garras del gorila, y ante la tribu que dirige, pero estudian la manera de sacarlo de un juego que, suponen, terminará más temprano que tarde. Esta comparación con la conducta de uno de los brutos más admirados y peligrosos del reino animal no quiere ser irrespetuosa, porque también hay gorilas y otros especímenes relativamente racionales en el campamento de los batidores y los tramperos. Es solo una posibilidad de entender la situación del dictador, cada vez más reducido al territorio que pisa.

Ya no lo invitan los jefes de Estado o de gobierno, los presidentes y los primeros ministros se horripilan ante la posibilidad de estrecharle la mano, de aparecer en público con semejante gorila. La estela de muertos que ha dejado a su paso por la presidencia hiede demasiado, los narcovínculos ya no pueden ocultarse debajo de la mesa, los aliados se distancian para salvarse de la guillotina y los cubanos ya lo usan como moneda de cambio para mejorar sus relaciones con el gigante del norte. Está devaluado al punto de que le calculan su precio en rupias