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Editorial Washington Post: Venezuela can’t handle the truth 11 Jul 2013

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Todavía no está claro si Edward Snowden aceptará la oferta de asilo hecha por Venezuela, o si en caso de hacerlo, podrá llegar hasta este país desde el aeropuerto de Moscú. Algún cínico se podría preguntar si el Presidente Nicolás Maduro, quien dejó pasar el chance de rescatar al “espía” americano cuando estuvo en Moscú la semana pasada, hizo su oferta precisamente porque sospechaba que no tendría que cumplirla.

En cualquier caso, Antes de que el Sr. Snowden escape a la tierra del “Socialismo del Siglo XXI”, donde escasea el papel toilet, le sugerimos que tome una lección de uno de los periodistas más conocidos del país, Nelson Bocaranda. Un columnista de periódico y locutor de radio con cerca de 1.5 millones de seguidores en Twitter. El Sr. Bocaranda sorprendió a su país cuando en Junio de 2011, reportó que el presidente Chávez sufría de Cáncer – información que el gobierno había negado y escondido al público. Días después, el presidente Chavez estuvo obligado a reconocer que le habían removido un tumor del tamaño “de una pelota de baseball” del abdomen. Ocho meses después Bocaranda reportó que el cáncer de Chavez había vuelto – información que el gobierno nuevamente había negado y escondido al pueblo venezolano. Altos Oficiales tildaron al periodista de “sabandija”  y de tener un “alma enferma” antes de aceptar que tenía razón. Hasta la muerte de Chavez el pasado marzo, el Sr. Bocaranda reportó repetidas veces la verdad sobre la salud de Chávez, a pesar de que el gobierno y el presidente mentían sobre la misma.

El régimen y sus servicios de Inteligencia están determinados a castigar al periodista por sus reportajes. En Abril, una campaña de propaganda, orquestada por el gobierno, denunciaba que el Sr. Bocaranda incitaba a los simpatizantes de la oposición a la violencia, luego de las ajustadas elecciones presidenciales para elegir al sucesor de Chávez. Ahora ha sido convocado para ser interrogado, por un fiscal del estado, quien dice que se presume que Bocaranda es el autor intelectual de los supuestos ataques violentos a organismos públicos.

Estas acusaciones son completamente absurdas. La evidencia contra el Sr. Bocaranda consiste de un solo tweet que envió, reportando inconsistencias con las urnas de votación en la ciudad de Maracaibo. Las acusaciones del gobierno sobre los ataques fueron desmentidas por periódicos locales y nacionales, al igual que por grupos de derechos humanos, quienes visitaron dichas oficinas públicas y las encontraron en perfecto estado. Sin embargo, el régimen venezolano no ha dudado en condenar a prisión a enemigos políticos en base a cargos falsos.

El Sr. Bocaranda se enteró de su citación estando en los Estados Unidos. Sin embargo en una de sus columnas de esta semana, declaró que asistiría de manera voluntaria a la fiscalía: “no he pedido asilo a pesar de que dicen que trabajo para la CIA, para la misma agencia para la que en en efecto trabajó y tracionó el filtrador de secretos hoy favorito de los gobiernos del ALBA”

El coraje del Sr. Bocaranda es extraordinario. Su persecución resalta la incongruencia de Venezuela al presentarse como un refugio para aquellos que dicen la verdad.

 

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IT’S NOT clear yet whether Edward Snowden will accept Venezuela’s announced offer of asylum or, if he should do so, whether he would be able to reach the South American country from the Moscow airport. A cynic might wonder if Venezuelan President Nicolás Maduro, who passed up the chance to rescue the would-be American defector when he was in Moscow last week, made his offer after returning to Caracas precisely because he suspected he wouldn’t have to deliver on it.

In any case, before Mr. Snowden flees to the land of “21st-century socialism,” where toilet paper is among the many goods in short supply, we’d suggest that he take a lesson from one of the country’s best-known journalists, Nelson Bocaranda. A newspaper columnist and radio host with nearly 1.5 million Twitter followers, Mr. Bocaranda shocked his country when he reported in June 2011 that President Hugo Chávez was suffering from cancer — news the government had improperly withheld from the public. Days later, Mr. Chávez was obliged to acknowledge that a “baseball-sized” tumor had been removed from his abdomen.

Eight months later Mr. Bocaranda reported that Mr. Chávez’s cancer had returned — another vital piece of information the government had suppressed. Senior officials first denounced the journalist as a “scoundrel” and a “sick soul” before belatedly admitting that he was right. Until the president’s death this March, Mr. Bocaranda repeatedly reported the truth of his declining health even as Mr. Chávez and his government lied about it.

The regime and its intelligence services are determined to punish the journalist for his reporting. In April, a government-orchestrated propaganda campaign claimed that Mr. Bocaranda incited opposition supporters to violence following a disputed election to choose Mr. Chávez’s successor. Now he has been summoned for questioning by a state prosecutor, who says her “presumption” is that he is “the intellectual author” of alleged violent attacks on state offices.

The charges are patently absurd. The evidence against Mr. Bocaranda consists of a single tweet he sent out, reporting ballot-box irregularities in the city of Maracaibo. Government claims of subsequent attacks on government offices were refuted by local media and a human rights group, which toured the locations and found no damage. But the Venezuelan regime has not hesitated to jail political enemies on trumped-up charges.

Mr. Bocaranda learned of his summons while in the United States. However, in acolumn this week, he declared that he would voluntarily return to Venezuela to meet the prosecutor: “I haven’t asked for asylum even though they say that I work for the CIA, in effect the same agency that was served and betrayed by the leaker of secrets who today is the favorite” of Venezuela.

Mr. Bocaranda’s courage is remarkable. His persecution highlights the incongruity of Venezuela holding itself out as a haven for tellers of truth.