Editorial | Y no diré lo que debo decir —Dos cartas te escribo

Screen Shot 2017-03-01 at 8.03.17 AMMIÉRCOLES 1 DE MARZO DE 2017

 

 

Lo que queda de la opinión pública, es decir, la parte que todavía no ha muerto a manos del hampa revolucionaria, se ha visto sobresaltada por dos escritos, remitidos, por ser pagados con los dineros de quien ordena su publicación.

En el primero de ellos el vicepresidente, que se ha dado el lujo de publicar una página en The New York Times, el periódico más odiado por Donald Trump, presidente de Estados Unidos y por tanto enemigo a muerte de todo aquello que huela a democracia, socialismo, terrorismo, guerrilla y sirios radicales que colocan carros bombas en las mezquitas en las horas de oración y matan niños y mujeres sin pedir primero la cédula.

Llama la atención este gesto tan generoso de ayudar a las finanzas de un vocero del imperio mientras aquí, en esta destartalada Venezuela, el mismo vicepresidente peinado con gomina y oloroso a agua de colonia Jean Marie Farina, la preferida por los dictadores y generalotes de los siglos XX y XXI de este país, se dedica a cerrar revistas y periódicos negándoles el papel para imprimir unas simples y pocas páginas críticas sobre lo mal que lo está haciendo Maduro.

La cuestión fundamental consiste en preguntarse por qué el vicepresidente de Venezuela le teme tanto a la opinión pública de Estados Unidos al punto de gastar su tiempo exprimiéndose sus extenuadas y asmáticas neuronas en elaborar un documento para un país y un periódico donde quizás menos de 1% de sus lectores saben quién es ese señor peinado como Gardel y, si lo llegan a saber, pues les sabe a sopa de cambures con yuca amarga y sin sal.

Pero como la camarilla civil y militar bolivariana no gasta pólvora en zamuro si no le conviene para un buen negocio, habría que preguntarse cuándo va a florecer la vileza y la carta bajo la manga. Porque entre tahúres no hay lealtad ni honestidad que valga. En el entorno de Maduro nadie le lanza un salvavidas a nadie.

En cuanto al general Carvajal, diputado de la república gracias a Cabello, él mismo no sabe qué hace allí porque lo metieron en una Asamblea que no funciona y que no lo protege porque igual fuera de Venezuela sus cuentas siguen vigentes. Está fastidiado, siente que lo están enfriando porque sabe mucho. Basta con recordar cómo lo trampearon en Aruba. Lo mandaron al matadero.

Al final, fue el reino de Holanda el que metió la mano para que lo soltaran pero no por iniciativa propia sino porque los cubanos estaban cuadrando la venta de la zona industrial del puerto de Mariel y querían el lomito. Y ¿adivinen? Se lo dieron a la reina de Holanda de origen argentino, que había venido a Miraflores, para cuadrar el negocio con Maduro. Ese fue el salvavidas de Carvajal.

Haría bien en recomponer su vida, escribir sus memorias y refugiarse en su apellido. Carvajal ahora se apellida Peck, como el actor de Matar un ruiseñor. Los Peck vienen de una antigua familia que prosperó en Inglaterra y, seguramente, fueron apóstatas judíos porque todos los primeros nombre de sus hijos son indudablemente judíos, Jacobo, Sara, Moisés, etcétera. Luego ejercieron como diáconos en Nueva Inglaterra, con éxito y respeto. Pero ya esa es otra historia.