EDUARDO CASANOVA @eduardocasanova ‏| NO HABLAR DE ABSTENCIONISMO

26 Ene 2018Screen Shot 2018-01-26 at 12.02.02 PM

No, no se trata de un cambio de estrategia (que tampoco es algo deleznable), sino de una realidad que nadie puede negar: si no hay elecciones, verdaderas elecciones, no se puede hablar de abstención. Si se hicieran verdaderas elecciones, en diciembre de 2018, con un Consejo Nacional Electoral aceptable y verdaderamente imparcial, sin ventajismo ni abusos de poder, sin chantajes a los más necesitados para que voten por el gobierno o se mueran de hambre, con plenas garantías democráticas, con verdadera vigilancia por parte de organizaciones e individualidades extranjeras, todo estaría bien.

Es evidente que en ese caso el régimen narcomilitar chavista perdería de calle, pues el desastre que ha causado con su corrupción, su ineptitud y su criminalidad es exagerado, es demasiado fuerte como para que pueda quedar sin su merecido castigo. Y también es evidente que los delincuentes comunes que fungen de gobernantes y se hacen pasar por políticos, es decir, los chavistas, no van a aceptar que se hagan verdaderas elecciones en Venezuela.

 

Fingieron que estaban dispuestos a aceptar algunas de las condiciones que se discutían en el diálogo que tenía lugar en la República Dominicana, pero mientras se conversaba asesinaron sin piedad a Óscar Pérez y su pequeño grupo, demostrando que son unos simples criminales, violadores de los Derechos Humanos y enemigos de la democracia, y luego lo ratificaron al convocar a unas pretendidas elecciones adelantadas, inventadas por una tal Asamblea Nacional Constituyente, ilegal y en realidad inexistente.

Los representantes de la oposición democrática discutían con seriedad, y creían que se llegaría a un verdadero acuerdo en dos puntos fundamentales: un Consejo Nacional Electoral con dos rectores designados por la oposición democrática, dos puestos por los delincuentes del gobierno y uno aceptado por las dos partes (hasta se llegó a decir que el aceptado por ambas partes sería Eduardo Fernández o Claudio Fermín), y que la única función de la tal Constituyente sería proponer una nueva constitución, que sería sometida a referéndum con el nuevo CNE. Todo mentira. Todo hipocresía. Todo farsa, para engañar a la opinión pública y a los extranjeros interesados en patrocinar las negociaciones, que hasta llegaron a soñar que ganarían el Premio Nobel de la Paz.

A traición, por mampuesto, como suelen actuar los malandros y los ladrones y asesinos, que no otra cosa son los chavistas, de repente salieron con unas elecciones adelantadas, sin garantías y con el mismo CNE parcializado. Entonces, no se puede decir que habrá elecciones y, por lo tanto, no se puede hablar de abstencionismo.

La Asamblea Nacional Constituyente no existe, no surgió de una elección legal o constitucional, sino de un acto arbitrario de gente que no tenía la facultad ni la cualidad para crearla. Es como si un grupo de malandros dijera ser dueño de la Avenida Miranda y exigiera que todos los que viven o trabajan en ella les pagaran un tributo. Algunos débiles lo pagarán, pistola en pecho, pero el cobro nunca será legal ni aceptable. Siempre será un delito y deberá ser castigado por la sociedad.

Participar en las pretendidas elecciones no pasaría de ser algo así como entregar la cartera a un asaltante. Algo inaceptable, pero que más de uno ha tenido que hacer para evitar que lo maten o lo hieran. Y quienes, como Falcón y Ramos Allup, hablan de ser candidatos, son cómplices del que apunta con su revólver al asaltado. El que vote en realidad estará entregando su cartera, estará siendo robado, asaltado.

Salvo que cambien radicalmente las condiciones. De modo que en ningún caso se puede hablar de abstención, puesto que no hay elecciones. Y la comunidad internacional, el Grupo de Lima, la Unión Europea, los Estados Unidos, Canadá, en conjunto, tienen que hacer presos a los asaltantes sorprendidos in fraganti y castigarlos con la mayor severidad. Las sanciones tienen que ser más severas y abarcar a parientes y testaferros, acosarlos hasta verlos sin fuerza, y entonces encerrar a los delincuentes, condenarlos a prisión, quitarles todo el poder, hundirlos, lo que implicaría el fin de la pesadilla que estamos padeciendo los venezolanos. Pasar, pues, de las palabras a la acción. No hacerlo sería condenar al mundo a que esa infección se propague. Es cuestión de vida o muerte, para ellos y para nosotros.