El adiós a Octavio -de un adeco, demócrata irreverente

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El viernes 6 de enero de 2017, día de los Reyes Magos, se fue Octavio Lepage.

93 años de dignidad, integridad, serenidad, optimismo son el boceto de un héroe venezolano en la lucha civil por la libertad.

Desde niño empecé a escuchar -en mi casa barcelonesa, la primera historia de Octavio. El 24 de noviembre de 1948, cumpliendo los 25 años y en su condición de Secretario General de Acción Democrática en Barcelona, grabó un disco de pasta convocando a la resistencia que empezó a transmitir por la radio Emisoras Unidas -propiedad de mi padre Pedro Antonio Mogna. La emisión se repetía sin fin en un estudio inhabitado y a oscuras, pero los soldados buscaban afanosamente aprehender al Octavio Lepage de carne y hueso que hoy despega en viaje definitivo.

Días después, asumiría la Secretaría General del CEN de AD, hasta forzar a Leonardo Ruiz Pineda, recién salido de la cárcel Modelo, a reemplazarlo.

Pocas semanas después de la caída de Pérez Jiménez, Rómulo Betancourt viajó a Barcelona acompañado de Octavio Lepage, Jaime Lusinchi, Elpidio La Riva Mata y tantos más dirigentes adecos anzoatiguenses recién regresados del exilio. Allí empecé a conocerlos como también a Luis Piñerúa Ordaz que ejerció entonces como secretario de organización del CES de AD en Anzoátegui.

A finales de 1959, siendo estudiante de quinto año en el Liceo Andrés Bello, comencé amistad con Octavio Lepage, entonces secretario general de AD en Caracas y director del semanario Combate. Poco después de la escisión del MIR en 1960, me pidió escribir un artículo que fue para mi un parto de los montes. Todo un día para escribirlo a mano y otro más para pasarlo dedo a dedo a máquina.

Me pidió otro para la edición de Combate de la semana siguiente y le dije que ya se me había secado el cerebro quinceañero. Me demostró entonces que sí tenía yo algo por decir todavía. Pergeñó rápidamente en la máquina de escribir unas preguntas que le entregó al periodista de Combate para hacerme una entrevista. La concatenación de mis respuestas eran en sí un nuevo artículo y así me demostró Octavio cómo había que comenzar a afanarse para ser dirigente de Acción Democrática.

En marzo de 1965, estaba de estudiante en la universidad de Ginebra cuando José González Navarro entonces presidente de la CTV, me invitó a viajar a Bruselas para visitar a Rómulo Betancourt antes de tomar el barco en Amberes con destino a los Estados Unidos. Allí departimos muchas horas en la residencia de Octavio y camino a la cena en un restaurant, oi a Rómulo decirle al poeta González Navarro: estamos perdiendo a Octavio aquí en Bruselas, hay que llevárselo de vuelta a Venezuela. Semanas después, fue el mismo José González Navarro quien propuso a Octavio en la convención de AD como secretario general de consenso de AD en Caracas.

Desde marzo de 1975 hasta 1977, lo acompañé como su director general de Secretaría Octavio Lepage copy 2en el MRI y forjamos una amistad entrañable que él mismo reflejó en La Conjura Final y, posteriormente en su generoso prólogo para Vivido y Contado -Testimonio de un demócrata irreverente. Había pensado en Testimonio de un adeco diletante y SONY DSCOctavio me refutó que yo no era diletante, sino un hombre serio y, por eso, prescindí del adeco diletante por el demócrata irreverente.

Adiós, Octavio, desde el corazón de un hijo pródigo, que así lo lamenta y se entristece.