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El arquitecto valenciano de Nueva York y sus palacios para el pueblo

Screen Shot 2014-03-01 at 8.14.53 PM /  Valencia / Nueva York 27 MAR 2014

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La ciudad estadounidense rinde homenaje a Rafael Guastavino con una gran exposición

“Ha muerto el arquitecto de Nueva York”, tituló en 1908 The New York Times su obituario sobre el fallecimiento de Rafael Guastavino. No era para menos. Los espectaculares vestíbulos e interiores abovedados de la Grand Central Terminal, del Metropolitan, de la Universidad de Columbia, el pabellón de acogida de Ellis Island o de la antigua estación de metro de City Hall, tienen algo del gótico catalán. Del estilo que le inspiró y que introdujo en su modernizado sistema constructivo de la bóveda tabicada que el arquitecto, nacido en Valencia en 1842, desplegó en los EE UU, cuando emigró en 1881, tras estudiar arquitectura en Barcelona, en busca de fortuna.

Y la encontró. Un millar de edificios, muchos de los cuales se incluyen en el canon de iconos de la arquitectura americana, lleva impreso su sello y el de su hijo, Rafael Guastavino Expósito. Trabajó con los más prestigiosos arquitectos de la época que le reclamaban para que diera lustre a sus edificios con su patentado Guastavino System. Su obra forma parte indivisible de espacios públicos por donde desfilan diariamente miles de usuarios y turistas, como la catedral de Saint John The Divine, el mercado del puente de Queens, o el famoso Oyster Bar, emplazado en los sótanos de la estación Grand Central, que el pasado año celebró el centenario de su inauguración.

Vestíbulo del registro del antiguo centro de acogida de Ellis Island. / MICHAEL FREEMAN

Guastavino y su hijo participaron en la construcción de unos 250 edificios de Nueva York. Y ahora el Museo de la Ciudad estadounidense le rinde tributo al arquitecto valenciano con la ambiciosa exposición, significativamente titulada, Palacios para la gente: Guastavino y el arte del alicatado

Los organizadores de la muestra hablan de cartas de Frank Lloyd Wright interesándose por su técnica para la cúpula de la iglesia que estaba construyendo en Milwaukee (Wisconsin).

“Como estructuras, las bóvedas de Guastavino son impresionantes. Tienen un espesor de 10 centímetros y son estructuras de gran resistencia a la carga, al viento y a la nieve. Después de tantos años, siguen sin dar fallos. Y es igualmente impresionante cómo estas bóvedas se abren a la luz. Una de sus bóvedas llegó a tener 35 metros de luz”, explicó el pasado miércoles John Ochsendorf, comisario de la exposición.

Autor también de un libro sobre la obra de los Guastavino y académico del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), enseñó orgulloso cómo su revisitación de la bóveda tabicada (que luego en 1904 se rebautizaría como bóveda catalana) realizada junto a sus alumnos les hizo ganar un premio de arquitectura en el centro de visitantes en Sudáfrica.

El título de la exposición también resalta la importancia de ese ladrillo visto y alicatado, que Guastavino padre no descubrió hasta que llegó a Estados Unidos, pues en España solía ser siempre estucado. Desde entonces, se convirtieron en la marca más reconocible de la aportación de esta familia a la arquitectura estadounidense.

“El ladrillo no solo creaba un efecto visual bonito, sino que también dada un toque de autenticidad desde el material”, explica Oshcendorf, quien define a Rafael padre, nacido en 1842, como “negociante, empresario y conquistador”.

Mercado del puente de Queens. /MICHAEL FREEMAN

Había estudiado en la Escuela Técnica de Barcelona antes de que existiera la Escuela de Arquitectura, pero con muchos de los maestros que luego formarían a Gaudí y que definirían un arte al que los Guastavino se adelantaron, el Modernismo.

El padre murió en 1908, pero su hijo homónimo (1872-1950), y el único que le acompañó a Estados Unidos junto con una niñera después de la separación de su mujer, desde adolescente aprendió la técnica constructora y empresarial del padre.

“El hijo aprendió a hacer las bóvedas y, a menudo, a los estudiosos nos cuesta distinguir cuáles hizo el padre o cuáles el hijo. Pero muchos de los edificios más famosos son obra del hijo”, aseguró Ochsendorf.

“Su innovación más importante quizá sea la de la acústica. Rafael hijo trabajó con un físico de Harvard y estudió los materiales porosos”, prosiguió, poniendo como ejemplo la antigua estación de Penn en Nueva York, que amortiguaba el sonido de las locomotoras o, todo lo contrario, el túnel de los susurros de Grand Central, donde el sonido viaja de manera mágica de un extremo a otro de la bóveda.

El zoo del Bronx en Nueva York, la iglesia de San Lorenzo en Ashaville (Carolina del Norte) o la catedral de Bogotá también fueron algunas de sus obras y Guastavino Company cerró, tras 73 años de existencia y haber sobrevivido a las muertes de los dos Guastavinos, en 1962, dejando tras de sí más de 1.000 proyectos en Estados Unidos.

La Escuela de Arquitectura de la Universidad Politécnica de Valencia y la propia Generalitat valenciano emprendieron hace años la tarea de reivindicar la obra de Guastavino, olvidada durante lustros, a través de exposiciones y proyectos.

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