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‘El Capital’ hizo perder el tiempo a mucha gente – 15 dic 2012 – EDUARDO LAPORTE

Sylvia Nasar, escritora, en La gran búsqueda describe cómo el hombre descubrió su poder sobre la economía.
En una época en que se habla -aunque ahora con menos fuerza- de refundar el capitalismo, quizá sea más oportuno que nunca conocer el recorrido de la historia económica reciente. Sylvia Nasar, autora del exitoso ‘Una mente maravillosa’, biografía del genial matemático John Forbes Nash, es consciente de ello y así lo hace en ‘La gran búsqueda’ (Debate) a través de los perfiles que han marcado el devenir de la economía moderna. Nombres como Malthus, Schumpeter, Alfred Marshall o el propio Charles Dickens, escritor muy implicado con la entonces incipiente revolución industrial, sirven a la autora para desgranar las distintas teorías económicas que vieron la luz en la época victoriana. En un tiempo en que, decimos, la economía de mercado no goza de gran popularidad y se le acusa de ser la madre de todos los males, Nasar ofrece un relato a contracorriente al recordar cómo los avances económicos lograron algo insólito hasta el siglo XIX: que los cambios introducidos por un 10% de la población afectaran, positivamente, al 90%.

– Abordar la historia a través de los casos individuales, de distintos perfiles, ¿se le antojó el modo más ameno de hacerlo y de presentarlo al público?

– Sí, seguramente hay mucha gente que rechaza las matemáticas, chicos jóvenes que cuando leen la matemática de Gödel dicen ¡ay, qué horror!, pero aquí mi objetivo no era enseñar a la gente economía, sino mostrar al lector lo importante, emocionante y atractiva que es la economía, en cuanto a sus efectos en el mundo real y también en el modo que nos permite comprender el mundo en el que vivimos.

– El éxito de la biografía de John Forbes Nash, ‘Una mente maravillosa’, ¿tuvo algo que ver en la estructura de ‘La gran búsqueda’, que pivota en distintos personajes de la economía?

– No me di cuenta o no supe hasta qué punto sería similar la línea narrativa, o el tipo de narración, hasta que me embarqué en el proyecto.

– Estudió Literatura en la universidad, pero pronto se escoró hacia la Economía. ¿Por qué ese interés?

– Quería comprender qué hay de apasionante en la economía moderna y lo que aprendí es que se inventó durante el milagro económico victoriano, porque fue entonces cuando por primera vez en la historia el nivel de vida subió, y se produjo algo que no había sucedido en los 2.000 años anteriores: un avance económico que afectara al 90% de la población. En este libro he querido plasmar la idea de que el germen de la economía actual surgió en un lugar muy concreto y en un momento muy concreto, el Londres de la época de Dickens, y que esa idea revolucionó y se propagó a lo largo del tiempo. En ese tiempo, la humanidad está preparada por primera vez para ejercer su influencia y modificar su situación económica y sus circunstancias materiales. Esta es una idea tan nueva, tan innovadora, que ni siquiera Jane Austen y la mayor parte de la gente progresista de su entorno lograron anticipar. Era algo insólito, que iba en contra de toda la historia conocida en aquel entonces.

– Hay un momento de inflexión en este devenir, se apunta en el libro, cuando el hombre descubre que las circunstancias no son inamovibles y que el hombre puede cambiar el destino…

– Sí, descubrir que la humanidad es capaz de influir en sí misma y que no hay otra especie que pueda hacerlo es algo que precipita todo un poco. Hasta 1848, los principales teóricos de la economía -Adam Smith, Ricardo, Malthus…- eran personas progresistas y competentes y sin embargo creían que, si bien un país o una nación podían hacerse mas ricas, el 90% de la población seguiría en una situación de semihambruna y de miseria. La idea de que esto podía cambiar fue un gran avance.

– Hay una revolución en la técnica, pero también una revolución de pensamiento en la que se despierta el apetito consumista, como sostiene el historiador social Harold Perkins: «La demanda de bienes de consumo es la clave de la revolución industrial».

– La explicación convencional de la revolución industrial es: un ingeniero inglés inventa la máquina de vapor, abre una fabrica en Manchester y de repente producen todos estos tejidos y he ahí la revolución industrial. Pero esto no es lo que ocurrió. ¿Por qué iban a querer trabajar en una fabrica? Porque querían ingresos para comprar cosas. En 1800 había un millón de leyes que impedían a la gente abrir empresas, entrar en el marcado laboral, un montón de leyes que impedían todo eso. Pero el cambio en el pensamiento hizo que se desmantelaran los monopolios feudales que impedían todo eso. Pesos pesados

-Más conocido que Dickens como voz influyente en la economía fue Karl Marx. Después de haber estudiado a todos los grandes teóricos de la economía moderna, ¿qué peso atribuye a su obra magna, “El Capital”?

– Yo diría que no fue importante, que hizo perder el tiempo a muchísima gente.

– Malthus, el famoso padre de las teorías demográficas aparece como un verdadero ‘cenizo’, al que el mismo Charles Dickens se enfrentó con su ‘Cuento de Navidad’, con un Scrooge muy malthusiano…

– Sí, por eso decidí empezar con Dickens mi libro para luego darme cuenta de que todos los escritores de esa época estaban obsesionados con la economía. Estaban cansados de esa economía pesimista que decía: «No os molestéis en mejorar las cosas». Dickens tenía mucha influencia cuando escribía en revistas sobre economía; porque todo el mundo quería una nueva economía que diera más esperanza, y analizara todo lo que estaba ocurriendo. Él, en concreto, se fue a Estados Unidos para hacer una gira literaria, dio una serie de conferencias, volvió, y no le gustó nada el país, ni los políticos ni la comida ni los modales, nada… Pero sí que se dio cuenta de lo bien que vivían las clases populares, las clases trabajadoras. A pesar de que aún no se había abolido la esclavitud, se dio cuenta de que EE UU era capaz de producir una gran cantidad de bienes. Había una percepción de abundancia, que contrastaba que contrastaba con ese ambiente pesimista, lúgubre que había en Inglaterra.