ELÍAS PINO ITURRIETA @eliaspino | El triunfo de la lengua

En la escena final de La hora más oscura, la película de reciente estreno sobre los primeros pasos de Churchill como primer ministro de Inglaterra en el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, hay un detalle que merece atención. Así como refleja las posibilidades de un proyecto cargado de incertidumbre, así como muestra la alternativa de cambiar el fracaso por la victoria en una situación caracterizada por los aprietos, permite descubrir una de las carencias que más destaca en las vicisitudes venezolanas de la actualidad. No se trata de hacer comparaciones debido a que un político pura sangre como sir Winston no se da todos los días, ni allá ni aquí, y porque los inicios de un conflicto como el de la Europa de entonces no admite analogías con las urgencias nacionales. Sin embargo, si uno se detiene en ese capítulo del filme, si lo observa como parte de un trance que incumbe a todos los que luchan contra una determinada opresión, lo que descubre sobre lo que falta, de bulto, a los líderes de nuestra triste comarca, no deja de impresionar.

Necesitado del respaldo total del Parlamento para lo que parece una misión condenada al fracaso, Churchill lee un discurso que levanta a los diputados de sus asientos. Todos se sienten concernidos y se llena de vítores la sala, para que después los diarios del país y del extranjero se solacen en la repetición del texto. Nada nuevo vemos en la pantalla, nada que no se supiera con antelación, pero una observación hecha por uno de los personajes sentado en los escaños altos descubre la estatura descomunal del trabajo del orador. El vizconde Halifax, su rival en el gabinete y una figura influyente del bando conservador, después de escucharlo dice frente a las cámaras: Es un triunfo de la lengua inglesa. Con esa expresión termina la película, mientras un hombre solitario hasta ese día sale a encontrarse con su epopeya.Screen Shot 2018-03-25 at 9.03.04 AM

En una escena anterior contemplamos al protagonista haciendo los borrones de una intervención pública que no acaba de satisfacerlo, pero que soluciona mediante una cita de Tácito que viene de pronto a su memoria. Corre entonces hacia la biblioteca para copiar la referencia de lo que será otra pieza importante de su carrera. De las dos secuencias se desprende un hecho fundamental: en un trance capital, la interpretación de la realidad depende de cómo se plantee ante la sociedad partiendo de contenidos que no solo se relacionan con hechos del presente, con la carga inevitable de la cotidianidad, sino también, necesariamente, con una sensibilidad proveniente de los antecedentes y capaz de crear un soporte colectivo cuyo origen, en lugar de encontrarse en la superficie de los hechos, remite a una profundidad que es su plataforma y su amalgama. Al escuchar a Churchill, Lord Halifax se inclinó ante un hecho de tal naturaleza, ante un compendio de la mentalidad británica, ante una producción mayor de la cultura a través de la cual se sustentó un proyecto primordial de la democracia contemporánea.

Pero el caso de Churchill no es insólito. Tal vez el poder de su palabra y su capacidad de escarbar en la intimidad de un pueblo hayan tenido mayor celebridad, pero se ha dado en numerosas latitudes a través de la historia para ofrecer paradigmas de orientación política capaces de terminar en salidas satisfactorias para numerosas colectividades. En los albores de la democracia venezolana, por ejemplo, las alocuciones de numerosas figuras públicas llevaron a cabo un esfuerzo de traducción de la realidad susceptible de congregar un cúmulo imponente de voluntades en torno a un designio de sociabilidad que fue exitoso y arraigado. No desembucharon palabras para que se las llevara el viento, sino pensamientos conectados con una trayectoria anterior y con el descubrimiento de un hilo conductor del republicanismo susceptible de apuntalar una sociabilidad de largo aliento. Los he recordado mientras veía La hora más oscura, he vuelto a detenerme en sus discursos memorables, para confirmar la existencia de un sonido de voces sólidas que solo se escucha desde la lejanía porque, por lo que toca a nuestros días, apenas suenan los balbuceos y las bullas sin soporte.