ELIZABETH ARAUJO @elizaraujo | ALFREDO PEÑA y sus muchas caras

Screen Shot 2016-09-16 at 8.16.05 AMEl periodismo fue su pasión

La política fue su aventura, su máxima derrota y también su perdición

 

La noticia llega, escueta y sin elogios: murió Alfredo Peña en Miami a los 72 años. Padecía de cáncer.

Tal vez sean pocos los que se atrevan a proclamar que lo conocían bien.

Yo no figuro entre ellos.

Muy difícil retratar a un hombre que pareció tener muchas facetas, aunque es justo reconocer que la actividad que más le brindó sus méritos fue la del periodista, un oficio que, para este larense de andar apresurado y voz carrasposa, fue su pasión, del mismo modo como la política terminó por extraviarlo en la aventura y la derrota.

Quienes lo han descrito, anteponen con sobrada razón su versatilidad de reportero insaciable tras la noticia política, sobre todo del tubazo, la exclusiva palaciega, asociada a escándalos que protagonizaban actores notorios de la “cuarta república”. Por ello ­y debido también a su vieja militancia comunista­ esa obsesión suya por revisar debajo de las alfombras de los gobiernos de AD y Copei, y con más énfasis en el de Carlos Andrés Pérez, con la suerte de que muchas de sus denuncias tuvieran eco en el Congreso. Esta pulsión hizo posible que en 1998 se subiera al tren embalado del chavismo, cuando Hugo Chávez optó por vender en cada plaza los espejitos de la “democracia participativa”, y que más tarde le recompensara a Peña como ministro de la Secretaría y luego Alcalde Mayor de Caracas.

En mi caso, solo me limito a evocar al compañero del equipo donde trabajé en El Nacional en los años 90 cuando en su rol de director Peña azuzaba a la redacción con correderas nerviosas y cambios de titulares infinitas veces en las horas de cierre. Yo dirigía el cuerpo Genéricos, lo cual me libró un poco de la política editorial tras los intentos de golpe de Estado del 4 de febrero de 1992, la asonada siguiente del 27N del mismo año, los eternos debates del Congreso y la caída de CAP, lo que abriría las puertas a la segunda Presidencia de Rafael Caldera y el arribo al poder de Hugo Chávez.

Ese destino de dirigir un Cuerpo descafeinado que se ocupaba de la ciudad y su gente no me alejó, sin embargo, de los avatares de la política que se cocinaban en la oficina de Peña, y de cómo El Nacional alcanzó una credibilidad inobjetable a la hora de las grandes denuncias, lo que ponía de cabeza a su archirrival y genuina competencia, El Universal. De hecho, yo pasé mes y medio bajo la dirección de Peña cuando William “Chino” Becerra tomó sus vacaciones y debí coordinar las páginas de Política, el caballito de las batallas de Peña contra la corrupción. Sudé sin descanso.

Eran los tiempos en que Pérez fue acusado por el fiscal Ramón Escovar Salom de peculado doloso y malversación de fondos, a propósito de los 250 millones de bolívares (17 mil dólares) salidos de la partida secreta presidencial a las manos de la candidata nicaragüense Violeta de Chamorro. Fue ahí donde pude ver y seguirle de cerca el celo que Peña le ponía a este caso, con llamadas telefónicas a la jefa de redacción Alba Sánchez, al editor nocturno Alfredo Sánchez (a quien Peña apodó “La Bala”) y al apacible diseñador gráfico Jorge Molina (“Pote e’ Leche”), quien apuraba cigarros uno tras otro con su tranquilidad pasmosa, mientras Peña desde su casa ordenaba quitar y poner titulares. ¿De dónde salió la ofensiva de El Nacional contra CAP? No lo podría asegurar, pero no debemos olvidar que esos tubazos fueron “el lomito” de las noticias del día siguiente.

A decir verdad, nunca recibí orden expresa de Alfredo Peña o de la directiva, pero era tácito que el tema CAP elevó el prestigio de El Nacional como diario que no se guardaba sus denuncias.

Esa era la línea editorial. Y era Peña quien se encargaba de revisar las noticias “sean buenas o malas”, según decía, porque ­y aquí levantaba el tono ronco de su voz- “a mí nunca en mis notas me han desmentido”.

Sabíamos que Peña disponía de un datero que le informaba dos veces por semana con primicias comprobadas que hacía aflorar la “mala gestión” presidencial de Pérez.

Pasó Caldera y llegó el 6 de diciembre de 1998.

Hugo Chávez se impuso con mayoría, tanto en la Presidencial como en el Congreso. Y cuando yo preparaba mis cajitas para irme a El Mundo, descubro que Alfredo Peña ha sido nombrado ministro de la Secretaría del Presidente.

Lo escuché amenazar con decomisar celulares y tarjetas de créditos a los jefes de los ministerios e iniciar una cruzada por la austeridad. No sé si llegó a cumplirlo. Pero todavía asomaba los rasgos del periodista audaz, obstinado, pugnaz que presidía las reuniones de pauta con los coordinadores cada mañana y recitaba el tema del día.

Pero ese periodista retador poco a poco se fue destiñendo en el gobierno. El hombre que comprobaba las noticias antes de vestirlas de tubazos se había ido a pernoctar al lugar de donde salen los tubazos. De golpe, pasó del ministerio de la Secretaría a la Alcaldía Mayor. Allí nacieron sus diferencias con Chávez y de un día al otro terminó asumiendo un rol de dirigente de la oposición más fervorosa que quemó parte de sus naves el 11 de abril de 2002. Cuando Chávez decidió que debía detenerlo, lo acusó a través de la Fiscalía de enriquecimiento ilícito. Dijo que tenía las pruebas pero nunca las mostró. Tras el golpe del 11 de abril, Peña desapareció. Pocos sabían de su vida en Miami, y muchos menos de su enfermedad.

Se fue en silencio y nadie sabrá las cosas que Peña descubrió de Chávez o de El Nacional. Lo veo ahora y me acuerdo de la frase que Robert Capa le repetía a su equipo: “si tus fotos no son lo bastante buenas es porque no estabas lo bastante cerca”.Screen Shot 2016-09-16 at 4.08.20 PM