Enrique Krauze | La iglesia y la libertad

Screen Shot 2016-02-21 at 11.12.53 AMFebrero 15, 2016

Hoy que México ha abierto un paréntesis de alegría y esperanza para recibir al Papa Francisco, importa recordar el legado de Lord Acton. Historiador y conciencia crítica de su tiempo, vivió desgarrado entre sus dos identidades –el catolicismo y el liberalismo– que asumía con igual profundidad, pasión y compromiso. Sus predicamentos no son ajenos a nuestro tiempo.

Hijo de un barón inglés y una dama de la nobleza alemana, John E. E. Dalberg-Acton (1834-1902) no fue admitido en Cambridge por motivo de su religión. Se formó en Múnich con el teólogo Ignaz von Döllinger, quien lo inspiró a escribir una ambiciosa historia de la libertad. Políglota, viajero, diplomático, bibliófilo, erudito, miembro del Parlamento, amigo y consejero áulico de Gladstone (el más liberal de los primeros ministros británicos), entre 1859 y 1872 editó en Londres importantes revistas de pensamiento católico liberal. Nada en este recuento sugiere heterodoxia alguna, salvo su circunstancia: la batalla liberal de Acton fue el contrapunto directo al papado más ortodoxo y antiliberal del siglo XIX: el de Pío IX.

El largo pontificado de Pío IX (1846 a 1878) comenzó con una franca apertura a las corrientes liberales, pero las revoluciones de 1848 (que revivieron las furias jacobinas de la Revolución francesa y Napoleón) lo llevaron a un repliegue de sus posiciones doctrinales y políticas. En 1864, la encíclica Quanta cura se acompañó con un Syllabus de ochenta errores, el último de los cuales era pretender que el Romano Pontífice pueda y deba reconciliarse y transigir con el progreso, con el liberalismo y con la moderna civilización. En 1870 el Concilio Vaticano I decretó el dogma de la Infalibilidad del Papa.

Algunos creemos que el liberalismo (la vocación de limitar el poder, la defensa de la conciencia individual, el derecho y la tolerancia) es hijo de la modernidad y que sus padres fundadores fueron Spinoza, Locke, Constant, Burke, Stuart Mill. Para Acton el liberalismo (o al menos el valor supremo de la libertad individual) proviene del medioevo cristiano: “Desde San Atanasio a San Ambrosio hasta Erasmo y Moro -apuntó en Libertad en el cristianismo– cada etapa escuchó la protesta de un hombre honrado en defensa de la libertad de conciencia”. Acton veneraba el legado de la Carta Magna inglesa, la obra de Marsilio de Padua (crítico de la teocracia, precursor de la tolerancia religiosa), el derecho a la insurrección contra el tirano y el Habeas Corpus. La voluntad de acotar el poder de los monarcas -explicó- también fue religiosa: “en 1246 el Papa Inocencio IV declaró su perplejidad ante una nación que toleraba en silencio el poder tiránico del rey”.

Acton abominaba lo que sobrevino después: las alianzas de monarcas y prelados características del Renacimiento y sus avatares en los siglos siguientes. “Se cometían hechos atroces en los que la pasión religiosa era el instrumento de las pasiones políticas”. Sin renunciar un ápice a su fe católica (aunque hubo intentos de excomulgarlo), Acton justificó las objeciones de Lutero, repudió la Inquisición y lamentó la persecución de la Iglesia a la libre investigación científica y la crítica histórica. Por largos meses cabildeó en Roma contra la proclama de Infalibilidad. Su lucha fue infructuosa pero trascendente.

En 1868, Acton escribió un texto sobre México donde hizo la crítica del poder terrenal de la Iglesia y mostró comprensión ante la Reforma (obra, por cierto, de católicos liberales). Su famosa frase sobre el poder y la corrupción se refiere también a los Papas.

Han pasado casi 150 años desde aquellos hechos. La Iglesia ha impulsado cambios formidables en el ámbito de la justicia social, sobre todo en los papados de León XIII y Juan XXIII. Pero fue cómplice del totalitarismo hitleriano. En términos políticos, sólo Juan Pablo II se ajusta al legado católico liberal que predicaba Lord Acton: su defensa de la libertad individual y política fue un factor clave en la derrota del totalitarismo soviético. Y sin embargo, fue antiliberal en temas como la prohibición del aborto y el uso de anticonceptivos.

El popular Papa Francisco ha dado un aire de apertura a su pontificado pero no es liberal. Admirablemente, ha seguido la senda de la justicia social predicada por sus grandes predecesores y ha alzado la voz en el Capitolio americano contra la avaricia del mercado. Pero ha guardado silencio ante las tiranías de su propio continente: la dictadura cubana –la más antigua del continente– y el despótico gobierno venezolano, que inflige a su pueblo una tragedia humanitaria. Un Papa que cree en la libertad cristiana (de cada individuo, de cada conciencia, de cada alma) debería al menos criticar a esos regímenes.

Por fortuna, en su valiente mensaje mexicano se escuchó un eco inconfundible de Lord Acton: tanto en la vida política como en la eclesiástica, el poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente.

(Publicado previamente en el periódico Reforma)