Entrevista de Poleo a Pérez Jiménez | El dictador se confiesa antes de morir

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23 enero, 2017

Esta entrevista a Marcos Pérez Jiménez, en el exilio del dictador en Madrid, es un capítulo del libro Testigo de mi tiempo, del cual Rafael Poleo afina los últimos detalles.

Veamos:

Pérez Jiménez era un hombre inflexible y tenso, que podía desatar una discusión a partir del menor detalle. Había temas que le sacaban de sus casillas, como todo lo que se refiriera a Betancourt. Aprendí a conversar con él sin permitirle que nos atascáramos en alguna nimiedad irritante. Nuestra conversación más distendida fue en diciembre de 1991, cuando llegué a Madrid exiliado por el segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez. El general me invitó a cenar en su casa. “Ahora sí podemos decir que somos amigos, porque tenemos algo importante en común, que los dos somos perseguidos de los adecos”, me dijo en son de burla. Antes me mostró las dependencias de su enorme palacio en La Moraleja. Tenía hasta refugio antiatómico. “Es que cuando hice esta casa la zona era peligrosa, porque cerca estaba la base americana de Torrejón”. En el gimnasio me sorprendió con una demostración de agilidad y fuerza pateando el saco cual luchador profesional. Después tomamos un trago y cenamos con personas de su familia.

De nuestra primera conversación ya hacían veinte años. Había sido en 1971, cuando le hice la primera entrevista que concedía desde su salida al exilio. Antes de dejarse entrevistar estuvimos hablando durante una semana, varias horas todos los días, en presencia de Pedro Estrada. La entrevista la pasamos en horario estelar en Radio Caracas Televisión. Después lo visité cada vez que iba a España, hasta dos veces al año. En octubre de 1997, faltando semanas para cumplirse los 40 años de su derrocamiento, lo visité por última vez. Después hablamos varias veces por teléfono, una de ellas cuando en 1998 me llamó para que le aclarara dudas sobre Chávez.

En nuestra entrevista final, la de 1997, lo encontré reducido a la condición de un débil anciano solitario. Apenas hacían seis años de la demostración de capacidad atlética en su gimnasio. Le habían hecho todo lo que la medicina contemporánea puede hacer para mantener vivo y activo un hombre. Se declaraba disminuido, pero la inteligencia y las ganas de hablar no le habían abandonado. Le propuse hacerle una entrevista que fuera un testamento político. Aceptó. El resultado se proyectó en Televen y se publicó en la revista Zeta. Es el testimonio final de uno de los tres venezolanos que más influyó en la vida de su país durante el siglo XX —los otros dos son Gómez y Betancourt.

Este fue el diálogo:

R.P.¿Qué le induce a usted, joven oficial en 1945, a abandonar el castro para irrumpir en la Historia de un modo tan dramático en ese episodio de la Revolución de Octubre, que divide la Historia de Venezuela al punto de que todavía hoy se dice que el programa octubrista se agotó y es necesario un programa nuevo para relanzar a Venezuela?

M.P.J. –Cuando regresé del Perú después de haber hecho la Escuela de Artillería y la Escuela de Guerra, ya se habían abierto en mi mente las posibilidades que tenía Venezuela para ser una nación más jerarquizada, pues sus posibilidades no estaban siendo utilizadas racionalmente. En ese entonces estábamos a la zaga de la América del Sur.

R.P. ¿Esa idea la compartían otros oficiales jóvenes?

M.P.J. –Era idea mía. Cuando tomaron contacto conmigo oficiales para decirme que debía yo formar parte del movimiento, les dije: “Sí, pero debemos hacerlo con propósitos que no sean exclusivamente de la conveniencia de las Fuerzas Armadas”, y yo fui el autor de los cinco puntos con los cuales se juramentaron muchos oficiales. Esos cinco puntos eran (en su conjunto) hacer un gobierno de carácter nacional, que se preocupara sobre todo de los intereses específicos de la nación.

R.P. Hay cierta analogía entre lo que ustedes intentaron y lo que hizo Kemal Atatürk en Turquía, después de la Primera Guerra Mundial, ese movimiento fue un modelo para juventudes militares en todo el mundo.

M.P.J. –Sí, yo el régimen de Kemal Atatürk en Turquía lo he puesto como ejemplo de un régimen autoritario realmente efectivo, y yo he sacado el ejemplo en unos de los actos de Atatürk. En la época de Atatürk la sífilis era una de las plagas más lesivas que sufría la población. Atatürk estableció dispensarios, los dotó de los medios adecuados y le dijo a la población: “Vayan ustedes a blanquearse” —como se llamaba el ser inyectados para hacer desaparecer las cruces que indicaban el grado de sífilis. Pero fue muy poca gente a blanquearse. Entonces viene el segundo decreto de Atatürk: “A las personas que no se hayan blanqueado dentro de seis meses, las fusilo”. No tuvo necesidad de fusilar ni a uno sólo, porque todo el mundo concurrió a los dispensarios y la sífilis fue erradicada.

R.P. ¿Qué les indujo a ustedes, jóvenes militares, a asociarse con Acción Democrática para hacer esa revolución?

M.P.J. –Que uno de los puntos contemplados en los cinco que presentamos era: el poder vamos a entregarlo a un concurso de venezolanos. Teníamos que buscar un partido porque no podíamos dirigirnos a una persona, de manera que llamamos a ese partido (AD) que predicaba que puede conseguir para Venezuela horizontes mejores, para que asumiera el poder. Eso sí, sin sectarismo.

R.P. Después que Acción Democrática gana por una mayoría consistente las elecciones de 1947, ¿qué les hace pensar a ustedes que hay que derrocar como derrocan en 1948 al presidente Gallegos?

M.P.J. –La incapacidad para cumplir los designios que nos habían llevado a la revolución. (Los adecos) demostraron una incapacidad notable aún para cuestiones menudas como el remiendo de las calles de Caracas.

R.P. –Hay un momento crítico en el cual ustedes van a hablar con el presidente Gallegos. Luego, en noviembre de 1948, deciden asumir a plenitud la responsabilidad de conducir el país.

M.P.J. –Sí, pero no fue tan unánime así. Comenzaron las reacciones de sectores de las Fuerzas Armadas contra el partido Acción Democrática por su sectarismo, por los males más evidentes que se percibían. Eso se fue generalizando y entonces una guarnición se levantó por aquí, otra por allá, y desde el Estado Mayor se les decía: “Tengan calma, vamos a ver cómo arreglamos esto”. Yo traté de arreglarlo, y le presenté al presidente Gallegos unos cuantos puntos que podían significar el apaciguamiento de aquello situación, pero no fueron aceptados. Uno de ellos fue que Betancourt se ausentara del país, que no estuviera influyendo puesto que había sido el primer responsable de la mala gestión de Acción Democrática.

R.P. –Eso le da a la situación una característica de rivalidad personal. ¿Cómo es eso de que usted encarnaba todo el bien y Betancourt todo el mal? Eso no es tan científico como otras cosas que me ha dicho usted en estos años.

M.P.J. –Yo me refiero a los hechos, a la incapacidad. Yo no decía: Yo soy la solución. Eso no lo dije nunca.

R.P. –Ese movimiento del 48, que derroca a Gallegos, ¿lo mueve usted o hay un grupo que lo impulsa?1.

M.P.J. –Comenzaron por sublevarse guarniciones. Primero la Guarnición de La Guaira, luego otra guarnición, luego otra guarnición y uno diciéndoles: “Aguántense, tengan calma, vamos a ver cómo solucionamos esto”.

R.P. ¿Qué pedían, además de que se fuera Betancourt?

M.P.J. –Pues que (el Gobierno) fuera eficaz en el cumplimiento de las más elementales funciones, que tuviera siquiera la capacidad para remendar las calles de Caracas, para utilizar los transportes racionales, porque en ese entonces hasta camiones de barandas los utilizaron como autobuses.

R.P. –Vino entonces una Junta Militar presidida por Carlos Delgado Chalbaud. ¿Cómo se entendió usted con Delgado Chalbaud?

M.P.J. –Magníficamente, porque Carlos Delgado Chalbaud fue ministro de la Defensa y fue presidente de la Junta. Después del golpe, a las 12:00 del día 24 de noviembre (1948), las tropas salieron a la calle, no hubo un tiro, todo se desarrolló sin violencia. Vino la reunión de oficiales y, al buscar el nombre para Presidente de la Junta, me miraron a mí y yo dije: “Delgado, porque él es hoy el Ministro de la Defensa”.

R.P. ¿Por qué dijo usted “Delgado”?

M.P.J. –Porque las Fuerzas Armadas debían presentarse en bloque unido, sin decapitar la cabeza de las Fuerzas Armadas, que es el Ministro de la Defensa.

R.P. ¿Funcionó ese gobierno colegiado de la Junta Militar? ¿Dónde se decidían y manejaban los planes..?

M.P.J. –Primero, eran tan evidentes las cosas por corregir que no se necesitaba una orientación filosófica de alto rango para llevar a cabo la obra que ya estaba en mente. Había que remendar los huecos de Caracas, había que darle eficacia a los cuerpos policiales —en el sentido de mantener el orden—, sembrar un poco de disciplina en la colectividad. Una serie de cosas evidentes, simples, sencillas.

R.P. –Cuando Delgado Chalbaud es asesinado es cuando usted asume la presidencia de la Junta...

M.P.J. –Yo no asumí la presidencia de la Junta.

R.P. –Ah…Verdad que no… Pero este lapsus mío refleja la memoria de lo que se decía entonces, cuando yo era muchacho, de cómo funcionaba esa Junta de Gobierno en la cual ustedes nombraron de presidente a Germán Suárez Flamerich (un civil). La gente decía que Suárez Flamerich no mandaba, que allí mandaba Pérez Jiménez.

M.P.J. –Seguimos consecuentes con las ideas iniciales de que a la cabeza del gobierno figurara un personaje diferente de las Fuerzas Armadas.

R.P. ¿El asesinato de Delgado no significó un sacudimiento?

M.P.J. –Un sacudimiento, un echarse a perder de los planes concebidos, porque yo sabía que como presidente de la Junta de Gobierno Delgado era eficaz y además gobernamos en conjunto. Las disposiciones se tomaban después de reunirnos, de discutirlas. El gobierno se llevaba admirablemente. Cuando mataron a Delgado se llamó al doctor (Arnoldo) Gabaldón. Llovera (Páez) lo contactó, pero el doctor Gabaldón puso como condición que debía tener un gabinete integrado por trujillanos. De manera que yo le dije a Llovera: “Le dices al doctor Gabaldón que le damos las gracias, pero que prescindimos de su designación como presidente de la Junta de Gobierno”.

R.P. —Después, ¿cómo eligieron a Suárez Flamerich?

M.P.J. –Porque en la búsqueda se nos ocurrió decir: “Bueno, el doctor Suárez Flamerich tiene algún prestigio”. Él era embajador en el Perú. Se le llamó y se le designó presidente de la Junta.

R.P. ¿Y él tuvo la autoridad?

M.P.J. –Sí, como no, él opinaba…

R.P. ¿Qué o quién le aconsejó a usted en 1952 darle una confirmación electoral a su gobierno y hasta montar un aparato partidista? Ése es un momento crítico en la vida de Pérez Jiménez.

M.P.J. –Yo no estaba dirigiendo las elecciones esas.

R.P. –Se las engalletaron…

M.P.J. –Sí. Las elecciones las engalletaron, las tergiversaron, las desviaron, gente de nuestro mismo gobierno.

R.P. –Usted parece que fue víctima de un grupo de rábulas, de mixtificadores, que lo llevaron por un camino político equivocado. Se vio de repente frente a la posibilidad de una derrota, y tuvo que corregir, tuvo que rehacerse.

M.P.J. –Yo lo que patrociné fue que se llamara a elecciones. Eso de que Pérez Jiménez era el candidato, yo nunca lo manifesté. [Las elecciones se convocaron para nombrar una Asamblea Constituyente. N. de R.]. Que se presente en cualquier momento algo que evidencie que Pérez Jiménez dijo: “Yo soy el candidato”. Pero, cuando vi que las elecciones habían sido manipuladas (usted sabe que hay habilidades especiales en Venezuela para manipular votaciones), y que tenían determinado propósito, entonces opté por desconocerlas y se constituyó la Asamblea Nacional Constituyente, con gente también de URD, que era el partido que aparentemente había ganado las elecciones.

R.P. –Y de COPEI.

M.P.J. –Y de COPEI.

R.P. –En esa hora usted asume una responsabilidad política al ver que la cosa no funcionó como le dijeron sus asesores…

M.P.J. [Interrumpiendo]. –Yo prácticamente no era el encargado de las elecciones. Había un ministro del Interior, que era Llovera (Luis Felipe Llovera Párez). Yo seguía ocupándome de las Fuerzas Armadas. Ahora, cuando resolví asumir el poder y desconocer las elecciones, yo vuelvo otra vez a lo que es mi manía: los resultados. ¿Fue provechoso o no para la nación venezolana el hecho de haber yo desconocido esas elecciones y haber asumido el poder? Yo creo que sí.

R.P. –En el año 1952, usted asumió la responsabilidad total de conducir personalmente al país. ¿Cómo enfoca usted, en ese momento, esos factores que ya ha mencionado, los cuales se deben considerar a la hora de orientar un país hacia el progreso?

M.P.J. –Primero, erradicar los males que predominan en el país. Hay cosas de urgencia que están presentes todavía. Uno de los grandes males que nosotros encontramos fueron los ranchos. En el área metropolitana había 60 mil. En el recinto del rancho, el padre está con las hijas, las hijas están con los hermanos, los varones están con la madre. De los ranchos hay clientela para los cementerios, para las cárceles, para los hospitales, para los prostíbulos. Es una lacra social de primerísima importancia y su extirpación impone el primer lugar. Nosotros vimos eso, y de los 60 mil ranchos existentes en el área metropolitana, extirpamos 58 mil sustituyéndolos por viviendas adecuadas, donde ya se vivía más humanamente.

Mire, nosotros realizamos obras que no las ha realizado ningún gobierno de carácter socialista. Primero creando fuentes de trabajo, no creando puestos de trabajo, porque para crear puestos de trabajo ahí está la Administración Pública en Venezuela que los puede crear por millares o por millardos. Nosotros creamos fuentes de trabajo, y tan es así que hubo necesidad de llevar trabajadores desde Europa a Venezuela. En nuestra época fueron (los inmigrantes europeos) más de 200 mil personas que contribuyeron notablemente al progreso material y moral que hubo durante mi mandato. Progreso moral, porque al eliminar los ranchos, la gente vivía en condiciones mejores. Progreso material porque se transitaba por mejores vías, se tenían mejores hospitales, etc.

R.P. –Voy a insistir en el proceso político, no porque desdeñe las realizaciones físicas, y en particular las de su gobierno, que son innegables. Usted acometió la transformación física del país, que era necesaria y que tuvo un efecto determinante sobre el ser humano a quien tenía como sujeto esa transformación. Pero, volviendo al proceso político, ¿qué es lo que hace que aquel gobierno que luce tan sólido, aquel régimen que parece inconmovible en diciembre de 1957 caiga en los primeros días de 1958?

M.P.J. –El régimen no se desmoronó. La institución sobre la cual se basó la solidez del régimen, que fue la institución armada, como yo no podía estar al frente de ella cuidando de su orientación ideológica y de su orientación profesional, desafortunadamente no tuvo una conducción apropiada y se dejó desviar. Se habían arbitrado los fondos necesarios para una serie de obras trascendentes. Para arbitrar esos fondos se hicieron concesiones petroleras en tal forma que Venezuela obtuvo lo que hasta ese momento ninguna nación había obtenido, esos 2 mil 384 millones de bolívares que estaban en el Tesoro Nacional cuando yo me salí del poder y que [tono irónico] a pesar de mis tendencias al ladronismo no me los pude llevar.

R.P. –Pero usted no pudo resolver la coyuntura política, no encontró la manera de permanecer en el poder.

M.P.J. –No se me entendió. Sucedió un poco lo que sucede en las corridas de toros con los maletillas. Usted ve un diestro que se pasa al toro suavemente, y dice, eso es muy fácil. Pero, métase al circo, a la primera de cambio el toro se lo lleva por delante.

R.P. –¿A Pérez Jiménez lo cogió el toro aquel año 58?

M.P.J. –Sí, a mí me cogió el toro. Cuando vi que la institución en la cual yo quería apoyarme, que era la institución armada, no me entendía —y quienes irrumpieron no fueron los oficiales más capaces sino mediocridades dentro de las Fuerzas Armadas—, yo dije: “Si me esfuerzo por sostenerme voy a tener que fusilar a unos cuantos, dirán que voy a ensangrentar el país por el capricho de sostenerme en el poder”. Como yo estaba convencido de que lo estaba haciendo bien y no se me entendía, dije: “Preparen el avión, que me voy”. Y me fui. Es la mejor decisión que he tomado en mi vida.

R.P. –En lo personal sí. Pero, según su propio enfoque, no para el país.

M.P.J. –Según mi propio enfoque no, en este caso, según los resultados.

R.P. –Me llama la atención que los dos cambios importantes ocurridos en Venezuela hasta ahora (1997), en este siglo XX, que son el de 1945 y el de 1958, son el derrocamiento de gobiernos presididos en cada caso por un general, y a los dos generales cuando se les ha preguntado (al general Medina Angarita y al general Pérez Jiménez): ¿Por qué usted se dejó derrocar cuando podía luchar?, la respuesta ha sido: “Para evitar derramamiento de sangre”.

M.P.J. –Yo no he dicho por no derramar sangre. Yo he manifestado que cuando vi que no se entendía la labor que estaba realizando, resolví irme. El 21 de enero ya no había peligro de un derramamiento de sangre, pero sí antes, el 1º de enero, cuando se sublevó la guarnición de Maracay. La Aviación ametralló y bombardeó Miraflores y hubo derramamiento de sangre de civiles que no tenían nada que ver en el asunto.

R.P. –A usted se le volteó el santo político en ese momento.

M.P.J. –A mí no se me volteó el santo político y yo sigo pensando que tomé la mejor decisión. Hoy día me siento realizado. Me siento tranquilo. Sé que me queda poca vida, por desgaste orgánico natural de mi edad, pero de lo que sí tengo conciencia es de que Venezuela, mi patria, mi país, se está desgastando a un ritmo impresionante. Eso sí me duele. Esa es la única preocupación que tengo y lo que más me alarma es que no hay un sentimiento claro y completo de cuáles son los males que están deteriorando al país, y sin un buen diagnóstico mal se puede establecer un tratamiento adecuado.

R.P. –Yo lo entrevisté hace 25 años para Radio Caracas Televisión. Esa entrevista marcó el comienzo en Venezuela de los noticieros de media hora y con varios narradores en el estudio. Yo dirigía El Observador Creole y ese cambio lo marcamos con una entrevista a Marcos Pérez Jiménez, quien en aquel momento, 1971, tenía el 40% en las encuestas, que era lo que Acción Democrática y COPEI juntos. ¿Por qué usted no capitalizó ese momento político del año 71?

M.P.J. –En el primer gobierno del doctor Caldera, fui a Venezuela y me recibieron admirablemente, tuve manifestaciones favorables. Antes me había lanzado como candidato a senador por el Distrito Federal y saqué una caudalosa votación que fue escamoteada. Pero eso fue a raíz de mi salida de la cárcel. Pero cuando regresé al país en época del doctor Caldera (su primer gobierno, 1969-1974) las manifestaciones populares alarmaron al gobierno, y entonces me establecieron un juicio como autor intelectual de la muerte de Droz Blanco, un hecho que según el convenio de extradición no podía imputárseme, porque a mí me habían imputado varias muertes y el gobierno de los Estados Unidos no concedió la extradición por esas muertes.

R. P. –Aquello (el juicio por la muerte de Droz Blanco) fue una medida política. 

M.P.J. –Si no hubiera levantado calor popular cuando volví a Venezuela, seguro que no me hubieran establecido ese juicio. Me dejaron salir y enseguida me dictaron un auto de detención, de manera que si yo volvía a Venezuela me encarcelaban, y como yo no tengo el respaldo del gobierno de los Estados Unidos, porque dentro de mi incapacidad política está que no he quedado bien ni con el pueblo venezolano al comienzo, ni con los Estados Unidos, ni con Colombia, me sentí desprovisto de respaldo y no podía regresar, porque si regresaba me metían a la cárcel y se olvidaban de mí.

R. P. –Usted en un momento contó con el apoyo de los Estados Unidos. ¿Cómo perdió ese apoyo?

M.P.J. –Todo empezó cuando en el Congreso de Estados Unidos comenzó a gestionarse una medida restriccionista al petróleo venezolano. Iban a reducir la cuota del petróleo que exportábamos a los Estados Unidos. Me llegó la noticia y me fui al Congreso de Venezuela y dije: “El nuevo presupuesto está basado en ingresos asegurados del petróleo, pero si alguien nos restringe el mercado a nuestro petróleo, nosotros restringimos la exportación de hierro (a Estados Unidos)”. Si restringíamos la exportación de hierro las industrias siderúrgicas de las Costa Atlántica (de EE.UU.) se paralizaban. No habían pasado 24 horas cuando (en el Congreso de EE.UU.) se derrotó la moción restriccionista (contra el petróleo venezolano). Pero ahí no para la cosa. Viene la reunión de presidentes en Panamá. A esas reuniones de presidentes se va a hablar mucho y a hacer nada. Al presidente Eisenhower le manifesté que yo no iría. Me mandó un enviado especial a decirme que yo no podía prescindir de ir allá puesto que esta reunión se hacía invocando la figura del Libertador y que el presidente de la cuna del Libertador no podía faltar. Dije yo: “Bueno, vamos a ir”. Mi discurso fue el más corto de todos, cinco minutos. ¿Qué dije en ese discurso? Dije: “Venezuela contribuyó más que nadie a la liberación política de muchas repúblicas latinoamericanas. Ahora Venezuela quiere contribuir a la liberación económica de estas repúblicas y de hecho Venezuela ofrece ya 100 millones de bolívares con tal de que todos y cada uno ofrezca a ese fondo común un porcentaje correspondiente al porcentaje que Venezuela ofrece”. En ese momento el presupuesto de los Estados Unidos era alrededor de 80.000 millones de dólares. Y habíamos estudiado el problema. Estados Unidos tendría que contribuir con 3.000 millones de dólares para hacer obras que beneficiaron al conjunto de la América Latina. Entonces los Estados Unidos desarrollaron una campaña diciendo que eso era inadmisible puesto que la proposición procedía de un dictador. No les gustó que alguien les metiera la mano en el bolsillo.

R.P. –Ahí descubrieron que usted era un dictador.

M.P.J. –Ahí en ese momento descubrieron que yo era un dictador y quedaba descalificado para hacer proposiciones que beneficiaran a toda la América Latina.

R.P. –Usted retó al gran poder imperial.

M.P.J. –Yo no reté. No me llevó el propósito de retar.

R.P. –No lo llevaría, pero de hecho se volvió incómodo.

M.P.J. –Si para defender los intereses venezolanos me volví incómodo, lo haría otra vez. No estoy en condiciones de hacerlo, esa es una hipótesis irrealizable, pero lo volvería a hacer.

R.P. –Y lo volverían a tumbar.

M.P.J. –Y me volverían a tumbar.

Nota

1. En octubre de 1987, Pérez Jiménez me dio una curiosa pauta de cómo se desarrollan estos procesos de descontento militar. Yo regresaba de Europa Oriental, a donde fui integrando una comisión de intercambio parlamentario. Fue mi pretexto para estudiar la rebelión que una bizarra alianza de católicos y comunistas preparaba para sacudirse el yugo colonial ruso. Me quedé en París diez días para diarias conversaciones rememorativas con Pedro Estrada, jefe que había sido de la policía política de Pérez Jiménez. Cenábamos en la casa de Estrada cuando de Caracas lo llamó su amigo el ministro del Interior, Alejandro Izaguirre, adeco, para informarle que un destacamento de blindados salido de Fuerte Tiuna estaba tratando de tomar el Ministerio del Interior, donde se encontraba Simón Alberto Consalvi, encargado de la Presidencia de la República por viaje del titular Jaime Lusinchi. Estrada decidió que llamáramos a Pérez Jiménez a su residencia en Madrid para comentar lo que ocurría. Me pasó a Pérez Jiménez al teléfono y el exdictador me dijo lo siguiente: “Como viejo conspirador le voy a decir cómo se desarrollan estas situaciones. Lo primero son las murmuraciones, que es un ruido sordo, que uno no entiende lo que se dice pero siente que hay un tono de disgusto. Después las murmuraciones se convierten en rumores, generalmente sobre preparativos de golpe que no existen, pero indican lo que mucha gente quiere que pase. Entonces se producen los conatos, que son pequeñas explosiones aisladas, que se resuelven fácilmente pero que indican que hay jóvenes con ganas de echar una vaina. Y ahí vienen las asonadas, que ya son golpes pero que no se dan porque muchos de los conjurados a última hora no se deciden, pero quedan a la expectativa de una mejor oportunidad. Y después de todo eso es cuando viene el gran carajazo.”

(Del incidente de los tanques que dio lugar a esta rápida clase magistral del golpista más exitoso que ha tenido Venezuela, luego supe que fue el acto equivocado de un oficial comprometido quien malinterpretó una señal dentro del proceso conspirativo que adelantaban los oficiales encabezados por el mayor Hugo Chávez Frías. Las autoridades civiles de entonces, ya perdido su control sobre las Fuerzas Armadas, aceptaron las absurdas explicaciones que la alta jerarquía del Ejército les dio sobre el incidente.)

 

 

Por treinta años, a partir de 1971 y hasta su muerte el 20 de septiembre de 2001, sostuve largas y cada vez más francas conversaciones con Marcos Pérez Jiménez. A estas dos fotos con el exdictador les separa un cuarto de siglo.

La primera es en su apartamento de la Glorieta de Rubén Darío, Madrid, donde Pérez Jiménez, un hombre de 57 años, vivía en 1971.

La segunda, de 1997, muestra al exdictador a los 83 años en su casa del Paseo de Los Gaitanes, en La Moraleja, Madrid. En ambos casos es testigo de palo la misma talla de Don Quijote, siempre vigilante en su despacho privado.

A continuación, la transmisión de la mencionada entrevista.