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ESCRIBO Y COMENTO El político y sus virtudes FERNANDO MIRES
Sábado 23 de Noviembre de 2013  |  TalCual

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 A 100 años del nacimiento de Willy Brandt

Antes de hacer su entrada en la política oficial, Willy Brandt -en un país donde tantos colaboraron con la dictadura nazi- era portador de un pasado limpio. Su nombre pertenecía al pasaporte falso que le sirvió para obtener asilo en Noruega, después en Suecia. Su verdadero nombre era Herbert Karl Frahm. Después de la derrota de Alemania decidió adoptar como nombre oficial su pseudónimo, el que al ser político era para él más auténtico que su propio nombre.

No fue Brandt un héroe. Tampoco un cuadro disciplinado. Su juvenil biografía carece de orden. En sus inicios actuó como miembro de fracciones izquierdistas y en 1931 fue expulsado del SPD para después pasar a formar parte de una organización semi anarquista (SAP). En fin, inició su biografía como un rebelde, virtud y no defecto en políticos jóvenes. Quizás fueron esos inicios las razones por las cuales, durante los años sesenta, Brandt mantuvo una actitud comprensiva frente a los movimientos estudiantiles. Más aún, muchas de sus demandas las integró en su candidatura de 1966.

Brandt sabía leer en las líneas de su tiempo. Eso no significaba renegar de sus vocaciones sociales. Significaba solo encauzarlas, sin lastimar el orden democrático.

Brandt nunca estuvo dispuesto a sacrificar las luchas por las libertades en nombre de luchas por las necesidades.

Gracias a la figura de Willy Brandt diferentes corrientes de pensamiento comenzaron a fluir hacia la SPD. Nunca la Socialdemocracia fue más social y más democrática que durante los tiempos de Brandt. Como Alcalde en Berlín (1957), como Ministro del Exterior en la Gran Coalición (1966) como Canciller (1969), fue él el hombre de la unidad.

Donde mejor se muestra la línea seguida por Willy Brandt fue en su política internacional. Esa línea estuvo presente al menos en seis puntos:

1. Mantenimiento de un diálogo pragmático con la RDA, la URSS y el mundo comunista en general.

2. Fidelidad absoluta a las resoluciones de la OTAN.

3. Apoyo a los disidentes de la órbita soviética.

4. Apoyo a los movimientos democráticos del Sur de Europa (España, Portugal y Grecia).

5. Solidaridad con los movimientos de liberación, así como un repudio absoluto a todas las dictaduras del orbe.

6. Jamás perder de vista la perspectiva estratégica que alguna vez debería conducir a la unidad de las dos Alemanias.

Seis puntos difíciles de conciliar. Seis puntos que le hicieron ganar enemigos.

Seis puntos que no podían ser mantenidos al mismo nivel al mismo tiempo. Pero, a la vez, seis puntos que hicieron ganar a Alemania Occidental una indiscutida presencia internacional.

La amistad política que practicó Brandt con sus interlocutores pudo llegar a ser personal cuando los fines eran los mismos. Eso no solo lo supo su mejor amigo, Egon Bahr, también Felipe González, el líder socialista español. Lo que debe el PSOE a Brandt no es poco. Dudo que un político se haya comprometido tanto con otro país como lo hizo Brandt con respecto a España. Muy explicable: Cuando joven Brandt había sufrido con el trágico destino del fin de la República española. Como político experimentado hizo todo lo posible para que la República volviese a ser de nuevo realidad. Y lo fue.

Así como ocurrió con la república española, ocurrió con el Muro de Berlín.

En 1989, mientras el muro era demolido por las multitudes, pronunció Brandt una de sus frases legendarias: “Lo que pertenece a sí mismo, debe crecer unido”. Esa frase contenía el objetivo final de toda una estrategia política.

No fue la única vez que Brandt pronunció una frase histórica. Decirlas era su especialidad. Brandt entendía la política como lucha de ideas y sus frases cumplían la función de marcar el camino recorrido. De ahí la importancia que concedía a los signos.

Como cuando por ejemplo se arrodilló frente al monumento a las víctimas del levantamiento del Ghetto de Varsovia (1970).

La razón dada por Brandt a su arrodillamiento no pudo ser más sencilla. “Sentí que poner una corona de flores no bastaba. Había que hacer algo”. El canciller mostró así que hay momentos en que las palabras y los rituales no bastan para expresar el dolor y el arrepentimiento.

Hoy lo entendemos más que antes.

Brandt se arrodilló frente a las víctimas del nazismo, pero también mostró que el poder de la tierra no termina en sí. Que más allá del poder del mundo hay otro poder al que debemos humildad. Un poder frente al cual todos los poderes deberían inclinarse. Nunca fue más grande un estadista como cuando Willy Brandt se arrodilló frente al verdadero poder.

Pero Willy Brandt era un político y por lo mismo gustaba del poder. La diferencia es que Brandt sabía que no hay nada más efímero que el poder político. ¿Fue esa la razón por la cual, cuando se desató el vendaval originado por el caso Guillaume (secretario de Brandt, descubierto como espía de la Alemania comunista) Brandt decidió renunciar? Las verdaderas razones de la renuncia de Brandt (1974) fueron conocidas tiempo después. Ellas venían desde antes del caso Guillaume. Brandt renunció porque no se sentía apoyado en su propio partido. Sencillamente no era capaz de resistir las conspiraciones dirigidas por Herbert Wehner. Según la mayoría de los opinadores, el gran defecto de Willy Brandt era su extrema sensibilidad.

Brandt no tenía la “piel dura”. No las críticas, las intrigas acrecentaban sus tendencias depresivas que lo llevaron incluso a hundirse en el alcohol. Quienes le conocieron señalan que tampoco soportaba las ofensas. Le gustaba el poder y lo perseguía, no cabe duda. Pero no a cualquier precio.

Eso lo hacía diferente a sus colegas.

¿O quizás sabía Brandt que el verdadero poder no solo reside en su instrumentalidad? Puede que hubiera entendido que alejado del gobierno podía tener incluso más poder, como efectivamente lo tuvo. No por cierto el poder de mandar, sino otro poder inspirado en el reconocimiento, en la inteligencia y en la razón.